La versión de Nora 8. Los miércoles
18%

8. Los miércoles

SEGUNDA PARTE · LA MUJER QUE TENÍA MIEDO

Al día siguiente, Inés no recordaba haber confundido la llave de la habitación cerrada con la del piso.

Tampoco recordaba el coche que se había alejado mientras Nora miraba por la ventana del descansillo ni la frase sobre el nombre que no quería dejar escrito en ningún hospital.

Escuchó el relato sentada en la mesa de la cocina, con una taza de manzanilla entre las manos y el rostro limpio de maquillaje.

A la luz de la mañana, la pequeña herida de la barbilla parecía más profunda y la piel alrededor de la marca del codo había adquirido un tono amarillento.

Nora se limitó a contar aquello que podía afirmar: la hora de llegada, el abrigo perdido, el estado de la ropa y la dificultad para mantenerse en pie.

Cada dato endurecía un poco más la expresión de Inés, aunque no parecía sorprenderla tanto como debería.

Cuando Nora terminó, ella miró hacia la libreta que había quedado junto al frutero.

—¿Lo has apuntado todo?

—Lo que vi.

—¿También lo de la aguja?

—No sé si fue una aguja. Escribí que había una marca.

Inés asintió despacio. Nora esperaba que le pidiera arrancar la página, pero solo acercó la taza a los labios y dejó que el vapor le humedeciera la cara.

—No se lo enseñes a nadie.

—Si vuelve a pasar, no voy a quedarme mirando.

—No te he pedido eso.

—Me pediste que no llamara a urgencias.

—Y me hiciste caso.

Inés no estaba agradecida ni molesta. Se quedó un momento con sus propias palabras, indecisa entre llamar prudencia o miedo a lo que había hecho la noche anterior.

Al levantarse para llevar la taza al fregadero, tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla cuando el suelo pareció moverse bajo sus pies.

—Hoy no vas a trabajar —dijo Nora.

—Trabajo en casa.

—Hoy tampoco.

Inés la miró con ese resto de humor que todavía utilizaba cuando quería impedir que la preocupación de los demás terminara pareciéndose a la lástima.

—Unas semanas en la ciudad y ya repartes órdenes.

—He tenido un buen profesor.

La sonrisa desapareció. Nora lamentó la respuesta al ver cómo Inés se cerraba, aunque no la retiró.

Durante años, Tomás había usado el cuidado como excusa para decidir dónde podían ir Elena y ella, con quién hablar y qué riesgos tenían derecho a asumir.

Nora no quería repetir aquella forma de control, ni siquiera frente a alguien que esa mañana parecía incapaz de cuidarse.

Dejó sobre la mesa un vaso de agua, pan tostado y el número de un servicio de atención sanitaria que había encontrado en el teléfono. Después se puso la chaqueta.

—No voy a obligarte a llamar —dijo—. Pero tampoco voy a fingir que esto es una resaca.

Inés mantuvo los ojos en el papel hasta que Nora salió de la cocina.

Durante los seis días siguientes no hubo otra madrugada perdida, pero la rutina de casa había dejado de ser la misma.

Inés dormía a horas extrañas y se despertaba con cualquier ruido del portal.

Si oía un motor detenerse en la avenida, abandonaba el ordenador, se acercaba a la ventana sin apartar del todo la cortina y esperaba hasta que el vehículo arrancaba.

A veces regresaba al sofá con una explicación preparada —un taxi, el repartidor del supermercado, alguien buscando aparcamiento—.

Otras veces volvía a sentarse como si nunca se hubiera levantado.

El deterioro apareció en cosas pequeñas: unas negras ojeras bajo los ojos, el temblor de los dedos al encender la cafetera, dos cenas intactas que acabaron en la basura, el pestillo comprobado incluso después de haberlo echado ella misma.

Seguía trabajando con la puerta del salón cerrada y atendía algunas llamadas en la habitación del fondo, pero había dejado de bromear sobre sus plantas y ya no corregía la manera en que Nora doblaba el plano.

Cuando Nora le preguntaba si ocurría algo, Inés tardaba cada vez más en responder.

El domingo, la puerta de un coche se cerró de golpe bajo las ventanas mientras las dos preparaban la cena.

Inés dejó caer el plato que estaba secando.

Nora consiguió sujetarlo contra la encimera antes de que llegara al suelo, pero el ruido de la porcelana al chocar con el mármol las mantuvo inmóviles unos segundos.

Inés se quedó inmóvil, aferrada a la encimera y con la respiración entrecortada.

—Ha sido en la calle —dijo Nora.

—Ya lo sé.

La respuesta salió áspera. Inés recuperó el plato y comprobó que no se hubiera agrietado; luego respiró varias veces, despacio, sin molestarse en disimularlo.

—No me digas que no pasa nada —añadió—. Lo odio.

Nora recordó todas las veces que aquella frase había servido para tapar un golpe, una amenaza o una noche de la que nadie debía hablar al día siguiente.

—No iba a decírtelo.

Inés la miró todavía pálida. Algo parecido a la gratitud le atravesó el rostro y desapareció enseguida. Terminaron de preparar la cena con la radio un poco más alta de lo habitual. No volvieron a mencionar el coche. Antes de sentarse, Inés cerró las cortinas.

El miércoles siguiente, no fingió que iba a cenar con amigas.

A las siete de la tarde se duchó, se vistió de negro y dejó sobre la cama tres blusas antes de elegir la más discreta.

Nora la observó desde el pasillo. Había decidido no preguntarle adónde iba; la decisión le duró hasta que vio que Inés comprobaba por tercera vez la hora y cerraba el bolso con manos inseguras.

—Puedes quedarte —dijo Nora.

—Ya lo sé.

—Entonces quédate.

Inés se sentó para abrocharse los zapatos. Había adelgazado lo suficiente para que el pantalón formara un pliegue nuevo en la cintura.

—Que pueda quedarme no significa que vayan a desaparecer las consecuencias.

—¿Qué consecuencias?

—Las que intento mantener fuera de esta casa.

—¿Por qué los miércoles?

Inés pasó el pulgar por la cremallera del bolso. Dudó. Esta vez, en lugar de recurrir a otra mentira, pareció decidir cuánto podía decir sin abrir del todo aquello que llevaba semanas protegiendo.

—Porque conseguí que fuera un día —dijo—. Antes podía ser cualquiera.

Nora entendió entonces que los miércoles no eran una costumbre aceptada dócilmente. Haber logrado reducirlo a un solo día era, dentro de aquella obediencia forzada, el poco terreno que Inés todavía había conseguido conservar.

Nora recordó cómo había vuelto Inés el miércoles anterior: desorientada, sin abrigo, con el hematoma en el brazo y aquella pequeña marca junto al codo. Se apoyó en el marco sin bloquear la salida.

—Voy contigo.

—No.

—Puedo esperar cerca. No tienes que presentarme a nadie.

—Precisamente por eso no puedes venir.

Inés respondió con firmeza. Pero al levantarse, recoger las llaves y consultar otra vez la hora, Nora comprendió que aquella seguridad era solo apariencia. Inés quería marcharse sola y mantenerla al margen.

—Escríbeme cuando vuelvas —dijo Nora.

—Estarás durmiendo.

—Escríbeme de todos modos.

Inés prometió hacerlo. El mensaje llegó a las dos y diecisiete: «Ya estoy abajo».

Nora abrió antes de que pudiera utilizar la llave.

Aquella vez Inés caminaba sin ayuda, llevaba el abrigo y decía recordar dónde había estado, aunque se negó a contarlo.

Tenía el pelo húmedo por la niebla, los labios sin color y una línea rojiza alrededor de la muñeca izquierda, la marca de algo que había permanecido demasiado ajustado durante horas.

—No me mires así —murmuró al entrar.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras contando lo que falta.

Nora cerró la puerta y echó el pestillo.

—Hoy no falta nada.

—Siempre falta algo.

Inés se quitó los zapatos en el recibidor y fue directamente al baño.

Poco después, Nora oyó correr la ducha y, por debajo del agua, una arcada ahogada.

No llamó a la puerta. Dejó una botella de agua y una toalla limpia en el suelo del pasillo, al alcance de Inés cuando saliera, y regresó a su habitación.

A la mañana siguiente encontró la toalla doblada y una nota sobre la botella: «No conviertas los miércoles en tu problema».

Nora guardó el papel dentro de la libreta, junto a la primera anotación.

Los coches comenzaron a inquietar a Inés antes del tercer miércoles.

El lunes por la tarde, un turismo gris permaneció cerca del portal durante casi una hora.

No estaba en doble fila ni ocupaba un vado; había espacio suficiente para apagar el motor y esperar sin llamar la atención.

Inés lo descubrió al cerrar las cortinas y dejó la mano suspendida sobre la tela.

—¿Conoces ese coche? —preguntó Nora.

—No.

Respondió sin dejar de mirar hacia abajo.

—Ni siquiera te he dicho cuál.

Inés soltó la cortina. La tela se cerró de golpe y dejó el salón a oscuras pese a que aún no había anochecido.

—Hay tres coches ahí abajo.

—Tú estabas mirando uno.

—Estaba mirando la calle.

Encendió una lámpara y cogió una taza que no tenía ningún motivo para mover. Al pasar junto a Nora derramó unas gotas sobre la alfombra. Doce minutos después, el turismo arrancó. Nora oyó el motor, separó apenas la cortina y alcanzó a ver las tres letras finales de la matrícula: LKM.

El martes volvió a verlo en la avenida, veinte metros más abajo y orientado en sentido contrario.

Podía ser otro vehículo del mismo modelo, pero la matrícula terminaba en las mismas letras.

En el asiento del conductor había un hombre de pelo corto inclinado sobre el teléfono.

No levantó la cabeza cuando Nora entró en el portal.

Al llegar al primer tramo de escaleras, ella oyó arrancar el motor.

No se lo contó a Inés. Anotó las letras y la hora y, al día siguiente, cambió el trayecto de regreso tal como Inés le había enseñado.

Salió de la cafetería por la puerta de proveedores, tomó una línea de autobús distinta y bajó dos paradas después de la suya.

Se acercó al edificio por la acera contraria, sin mirar directamente hacia el portal.

El turismo gris estaba allí.

Nora continuó hasta la tienda de pan de la esquina.

Compró una barra que no necesitaba y permaneció junto al escaparate fingiendo buscar monedas mientras observaba el reflejo de la calle en el cristal.

El conductor no miraba el teléfono. Tenía la cabeza ligeramente girada hacia la entrada del edificio y una mano apoyada en la parte superior del volante.

Pasaron casi veinte minutos sin nada que confirmara sus sospechas.

Entró una mujer con un carrito, salió el vecino del perro y un repartidor dejó dos cajas junto a los buzones.

El hombre no reaccionó. Nora empezó a preguntarse si estaba convirtiendo coincidencias en un patrón porque necesitaba darle una forma comprensible al miedo de Inés.

Entonces el portal se abrió.

Inés apareció con una bolsa de basura en una mano y las llaves en la otra.

Apenas había dado dos pasos hacia los contenedores cuando vio el coche y se detuvo de golpe; la bolsa le chocó contra la pierna.

El hombre alzó el teléfono, dijo unas palabras y no apartó la vista de ella.

Inés dejó la basura en el contenedor más próximo y volvió al portal sin comprobar siquiera si la tapa había quedado cerrada.

El coche permaneció allí.

Nora esperó cinco minutos más. El conductor hizo una llamada breve, miró dos veces las ventanas del cuarto piso y escribió algo en un papel apoyado contra el volante.

A esas alturas, reunir todos aquellos movimientos bajo una explicación inocente empezaba a exigir más esfuerzo que admitir lo evidente.

Nora salió de la tienda y siguió caminando en dirección contraria a su casa.

Al pasar por detrás del turismo bajó la vista lo justo para leer la matrícula completa.

No sacó el teléfono. Si el hombre estaba vigilando el portal, no quería que la viera fotografiando el coche.

Repitió los números hasta alcanzar la esquina siguiente y allí los escribió en la palma con el bolígrafo que llevaba en el bolsillo del abrigo.

Cuando regresó por una calle lateral, el coche se había marchado.

Inés la esperaba detrás de la puerta del piso. La abrió antes de que Nora introdujera la llave y la hizo entrar con una mano en el antebrazo.

—¿Dónde estabas?

—Comprobando quién mira el portal.

Inés soltó su brazo. En su cara no hubo sorpresa. El miedo se asentó con la familiaridad de algo que llevaba tiempo esperando.

—Dime que no te has acercado.

Nora abrió la mano. La tinta se había extendido con el sudor, pero la matrícula aún podía leerse.

—Lleva tres días aquí. Ayer arrancó cuando entré. Hoy ha llamado a alguien en cuanto te ha visto.

—Borra eso.

—No.

—Nora, no sabes quién es.

—Tú sí.

Inés se quedó mirando los números escritos en la piel de Nora, atrapada entre pedirle toda la verdad y seguir protegiendo lo que aún ocultaba. Al final cerró la puerta con dos vueltas de llave, echó el pestillo y comprobó el cierre.

—No vuelvas a cambiar de ruta sin decírmelo —dijo.

—Me enseñaste tú.

—Te enseñé a que no pudieran seguirte.

—Pues alguien lleva tres días vigilando esta casa.

El teléfono de Inés vibró dentro del bolsillo. Ella no lo sacó. La llamada se apagó y volvió a empezar mientras, detrás de las cortinas, un coche se detenía frente al edificio.

Esta vez Inés no se acercó a mirar.

—No es a mí a quien vigilan —dijo Nora.

Inés bajó la vista hacia la matrícula escrita en su mano.

—Ahora ya no estoy segura.