La versión de Nora 7. La marca en el brazo
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7. La marca en el brazo

El miércoles siguiente, Inés dejó caer una cuchara, derramó el café y pasó varios minutos buscando unas llaves que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.

Por separado, ninguno de aquellos descuidos tenía importancia; juntos bastaban para desordenar el ritmo de una cocina donde incluso sus despistes solían tener una lógica reconocible.

Nora la observó secar la mesa con un paño ya empapado, empujando sin darse cuenta el café hacia el borde.

—Vas a llegar tarde —dijo Inés.

—Entro a las siete. Me sobran diez minutos.

Inés miró el reloj del horno, que adelantaba casi un cuarto de hora desde que Nora vivía allí. Después comprobó el de su muñeca y dejó otra vez la taza sobre la mancha que acababa de limpiar.

—Entonces soy yo la que ha perdido la noción del tiempo.

Llevaba el pelo recogido y una camisa blanca abotonada hasta el cuello.

El maquillaje cubría casi por completo la sombra que aún conservaba en el brazo, aunque el borde amarillento del hematoma aparecía bajo la manga cada vez que levantaba la mano.

Desde la visita del hombre, no había vuelto a mencionar el golpe ni la petición de que Nora evitara fotografiarlo.

Se comportaba como si aquella conversación hubiera terminado por cansancio, sin que ninguna de las dos hubiese aceptado realmente la respuesta de la otra.

—¿Tienes que ir a algún sitio? —preguntó Nora.

—Esta noche he quedado para cenar.

Inés lo dijo con una naturalidad ensayada.. A Nora le volvió la voz que había oído al otro lado de la puerta: el miércoles estarás allí. Miró el calendario pequeño sujeto a la nevera con un imán. Inés siguió la dirección de sus ojos y se entretuvo doblando el paño.

—¿Con él?

—Con gente que conozco.

—Eso tampoco responde.

—No pretendía que respondiera.

El tono salió más brusco de lo habitual. Inés apoyó las dos manos en la encimera y cerró los ojos un momento. Cuando volvió a hablar, la irritación había cedido y solo quedaba un cansancio que la hacía parecer mayor.

—Perdona. No tienes por qué pagar el precio de mi mal humor. Llegaré tarde, eso es todo. No me esperes despierta.

Nora se colgó la bolsa. Podía recordarle que había sido Inés quien le había enseñado a desconfiar de las rutas únicas, de las personas que sabían demasiado y de las habitaciones sin cerradura.

También podía preguntarle por qué esas reglas dejaban de servir cuando se trataba de su propia vida.

Pero reconoció la tensión de quien ya ha tenido que defender una decisión que no siente como propia, y supo que insistir solo añadiría otra presión.

—Llévate las llaves —dijo, señalando el bolsillo de la chaqueta.

Inés palpó la tela y soltó una risa breve.

—Eso pensaba hacer.

La risa había desaparecido cuando Nora cerró la puerta.

En la cafetería, el miércoles se llenó de repartidores que llegaban tarde, clientes impacientes y una avería intermitente en la máquina de café.

Aurora tuvo que enseñarle dos veces la misma factura porque Nora seguía confundiendo las cifras.

A la tercera, le quitó el papel de las manos y señaló el reloj con el bolígrafo.

—Si esperas que las agujas se muevan más deprisa, te aviso de que nunca funciona.

—No espero nada.

—Mucho peor. La gente que no espera nada mira la puerta, no la hora.

Nora dijo que había dormido poco y volvió a las mesas.

No quería explicar una preocupación que ni siquiera sabía cómo describir.

Inés era una mujer adulta y no le debía un itinerario ni la lista de las personas con las que cenaba.

En otras circunstancias, habría bastado con eso.

Pero estaban el hematoma, las visitas calculadas según los turnos de Nora y aquella orden pronunciada detrás de una puerta cerrada.

Cuando regresó al piso, poco después de las cuatro, encontró la camisa blanca extendida sobre la cama de Inés y la puerta del armario abierta.

La oyó moverse en el baño. Sobre la mesa del salón había tres pendientes distintos, un pintalabios sin tapa y una copa vacía con dos marcas de color diferentes en el borde.

Nora dejó la compra en la cocina y no tocó nada.

Inés salió con un pantalón oscuro, una blusa de seda verde y unos zapatos de tacón bajo que Nora no le había visto nunca. Se había soltado el pelo y había cubierto otra vez el moratón. El conjunto no la hacía parecer más elegante, sino menos reconocible.

—¿Qué tal estoy? —preguntó.

Nora entendió que no esperaba un elogio. Quería saber si el miedo se veía.

—Como si no quisieras ir.

Inés recogió el pintalabios y lo guardó en el bolso.

—No era la respuesta prevista.

—Tampoco era una pregunta de verdad.

Durante unos segundos pareció a punto de sentarse y desabrocharse los zapatos. Entonces el teléfono se iluminó sobre la mesa. Inés lo miró y el cuerpo se le tensó con aquella rigidez cuidadosa que Nora ya asociaba al hombre cuya cara todavía no conocía.

—Hay comida en la nevera —dijo—. Y no abras si llaman al portero automático.

—¿Esperas que llame alguien?

—No. Por eso no tienes que abrir.

Se puso el abrigo y comprobó dos veces lo que llevaba en el bolso. Ya con la mano sobre el picaporte, se volvió hacia Nora.

—Si mañana estoy insoportable, recuérdame que ya no tengo edad para cenar fuera entre semana.

A Nora le dejó mal cuerpo. Inés parecía llevar la explicación preparada de antemano.

Nora escuchó sus pasos bajar por la escalera hasta que oyó cerrarse el portal.

Se acercó a la ventana, pero desde el cuarto piso sólo alcanzó a ver el techo de un coche oscuro detenido en doble fila.

Cuando se inclinó para intentar distinguir al conductor, el vehículo arrancó y desapareció de su campo de visión.

Calentó la cena, repasó las cuentas de la semana y preparó la ropa para el trabajo.

A las once se llevó un libro a la cama; a medianoche continuaba en la misma página.

Llegó a escribir «¿Todo bien?», pero borró el mensaje antes de enviarlo.

Se negó a convertirse en otra persona que exigía saber dónde estaba Inés a cada momento.

A la una y veinte oyó un coche detenerse frente al edificio.

Se incorporó, apartó la cortina y vio bajar a una pareja con bolsas de viaje.

A las dos menos cuarto, una sirena recorrió la avenida sin detenerse.

Después, la ciudad quedó reducida al rumor de la lluvia en el patio y al ruido ocasional de las tuberías.

Nora dejó la lámpara encendida y terminó dormida sobre la colcha.

La despertó un roce de metal.

Al principio creyó que venía de la habitación cerrada.

Permaneció inmóvil, con el corazón golpeándole en la garganta, hasta que el sonido volvió a repetirse al otro lado de la puerta principal: una llave raspaba la placa de la cerradura, se retiraba y fallaba otra vez.

Nora miró el teléfono. Eran las cuatro y veintiséis.

Se acercó sin encender la luz del recibidor.

—¿Inés?

El metal cayó al suelo. Oyó un murmullo y luego la voz de Inés, mucho más baja de lo habitual.

—Se ha movido la puerta.

Nora descorrió el pestillo y abrió.

Inés estaba apoyada contra la pared del rellano.

El bolso le colgaba abierto del hombro y las llaves yacían junto a un escalón, a menos de medio metro de sus zapatos.

No llevaba el abrigo. A la blusa verde le faltaba un botón a la altura del vientre y una de las mangas se había descosido desde el puño; en la rodilla derecha, la tela del pantalón estaba húmeda y manchada de polvo.

Uno de los zapatos había perdido la tira trasera y solo seguía en su pie porque Inés encogía los dedos para sostenerlo.

Alzó la cabeza. Miró a Nora durante un instante con una extrañeza que le borró cualquier expresión. Luego parpadeó y sonrió.

—Has cambiado la cerradura.

—No.

—Entonces la llave está mal.

Nora recogió el llavero. Inés había intentado abrir con la llave pequeña de la habitación del fondo.

—Esta no es la de la entrada.

—Ya lo sé.

Un segundo antes era evidente que no lo sabía.

Intentó separarse de la pared y el cuerpo se le venció hacia el hueco de la escalera.

El zapato de Inés se le salió del pie y cayó junto a las llaves.

Nora la sujetó por la cintura; notó el frío de la ropa, la falta de equilibrio y un temblor fino que le recorría los brazos.

Inés olía a humo, a perfume ajeno y a lluvia.

Había también alcohol en su aliento, un rastro leve y dulzón que no se parecía al olor espeso que Nora recordaba en Tomás cuando bebía hasta perder la medida.

—¿Dónde está tu abrigo?

Inés se miró los hombros desnudos y tardó un instante en responder.

—En el guardarropa.

—¿De qué sitio?

—Del restaurante.

—¿Cómo se llama?

Inés se quedó mirando el tramo de escaleras, buscando allí una respuesta que no aparecía.

—No empieces, Nora. He bebido demasiado.

—¿Has venido sola?

—Claro.

—¿En taxi? ¿Andando? ¿Te ha traído alguien?

Se llevó una mano a la frente. La sonrisa desapareció.

—No me acuerdo del trayecto.

Decirlo pareció asustarla más que el estado de su ropa.

Bajó la mirada hacia los pisos que acababa de subir y apretó el bolso contra el cuerpo.

Nora recogió el zapato y la hizo entrar.

Antes de cerrar, comprobó el rellano y el hueco de la escalera.

No había nadie. En la calle, sin embargo, oyó alejarse un motor justo cuando se asomó a la ventana del descansillo.

Inés llegó hasta la cocina apoyando una mano en la pared. No quiso sentarse y se sirvió agua, aunque parte cayó fuera del vaso. Nora cerró el grifo que ella había dejado abierto.

—Voy a llamar a urgencias.

—No.

La respuesta fue tan rápida que durante un segundo Inés pareció completamente lúcida. Cogió el teléfono de Nora antes de que pudiera desbloquearlo y lo dejó boca abajo sobre la mesa.

—No llames a nadie.

—No sabes dónde has estado ni cómo has vuelto.

—He salido a cenar, he bebido y he hecho el ridículo. No hace falta convertirlo en una catástrofe.

—Te falta el abrigo, tienes la ropa rota y casi te caes por las escaleras.

—Me habré caído antes.

—¿Dónde?

Inés abrió la boca, pero no contestó. Le temblaban tanto las manos que casi derrama el agua del vaso.

—No lo sé.

Nora recuperó el teléfono.

—Entonces necesito que te vea alguien.

—Y yo necesito que no quede mi nombre en ningún sitio esta noche.

Lo dijo en voz baja, sin intentar imponerse. El miedo de aquella frase resultaba más difícil de ignorar que todas las excusas anteriores. Nora podía pedir ayuda contra su voluntad o quedarse allí sin saber si Inés corría peligro; pero no quería hacer ninguna de las dos cosas.

—Si pierdes el conocimiento o empeoras, llamaré —dijo—. Aunque te enfades.

Inés asintió. No tenía aspecto de estar cediendo, sino de haberse quedado sin fuerzas para seguir discutiendo.

En el baño se dejó caer sobre la tapa cerrada del inodoro mientras Nora humedecía una toalla.

Bajo la luz blanca se veían mejor los desperfectos de la ropa y una pequeña herida en la barbilla que Inés no parecía haber advertido.

Nora le entregó la toalla para que se limpiara sola.

Estar desorientada no significaba que hubiese perdido el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

—¿Con quién estabas? —preguntó.

—Con unas amigas.

—Dime una.

Inés apretó la tela húmeda contra la cara.

—No las conoces.

—No te he preguntado si las conozco.

El silencio se alargó. Inés retiró la toalla y se quedó mirando la mancha de maquillaje en el tejido, como si pudiera pertenecer a otra mujer.

—Recuerdo una mesa —dijo por fin—. Había vasos azules. O luces azules. Alguien hablaba muy cerca de mí y yo no entendía lo que decía. Después estaba en la calle.

—¿Estaba él?

—No.

Si hubiera estado en mejores condiciones, seguro que no habría respondido así de rápido, sin pensarlo. Inés quiso levantarse y tuvo que sentarse de nuevo. Cuando apoyó una mano en el lavabo, la manga descosida retrocedió hasta el pliegue del brazo.

Nora vio entonces el punto oscuro cerca de la cara interior del codo. Era diminuto, rodeado por un halo rojizo, pero la piel limpia de alrededor impedía confundirlo con cualquier arañazo o el roce de una costura. Inés siguió la dirección de su mirada.

Apenas reaccionó: dejó de respirar, bajó los ojos y pasó el pulgar junto a la marca sin llegar a tocarla. El desconcierto apareció antes de que tuviera tiempo de ocultarlo.

—¿Qué es eso? —preguntó Nora.

Inés se cubrió el brazo.

—Nada.

—Parece una marca de aguja.

—Tú no sabes nada de eso.

—Tú tampoco sabías que estaba ahí.

Inés levantó la cara. Tenía los ojos húmedos por el esfuerzo de mantenerse consciente. Nora pensó que esta vez iba a contarle algo. Pero Inés se puso en pie agarrándose al lavabo y volvió a la misma explicación, con una obstinación que ya no conseguía hacerla creíble.

—He bebido demasiado. Eso es todo.

Nora la acompañó hasta su habitación y dejó la puerta entreabierta.

Inés se tumbó vestida, con el otro zapato todavía puesto, y se volvió hacia la pared.

Al cabo de unos minutos su respiración adquirió un ritmo más regular, aunque de vez en cuando la mano recorría la colcha con un movimiento inquieto.

En la cocina, Nora recogió el vaso, las llaves equivocadas y el teléfono de Inés, que había quedado en el fondo del bolso. No intentó abrirlo. Dejó las tres cosas sobre la mesa, a la vista, y sacó la libreta donde había anotado las amenazas de Tomás durante el viaje.

Escribió la hora, el estado de la ropa, el abrigo ausente y las pocas frases que Inés recordaba. Cuando llegó a la explicación que ella había repetido, detuvo el bolígrafo. Si escribía que Inés había vuelto borracha, convertiría su versión en un hecho. Prefirió quedarse con lo que había visto.

Anotó: «Miércoles, 4:26. No recuerda dónde estuvo ni cómo regresó. Marca junto al codo».

Cerró la libreta. Hasta entonces, el miedo de Inés estaba en los silencios, en las llamadas que no contestaba y en las puertas que cerraba.

Aquella madrugada había algo más concreto: varias horas que ella no podía reconstruir y una señal en el cuerpo que ni siquiera sabía que tenía.

Aun así, había preferido quedarse en casa en aquel estado antes que acudir a urgencias y dejar constancia de que algo le había ocurrido.