6. La voz al otro lado
Nora oyó la voz por primera vez un martes, poco después de las cinco de la tarde, al otro lado de la puerta del piso.
Había regresado antes de lo habitual porque una avería en la cámara frigorífica obligó a Aurora a cerrar la cafetería después del servicio de comidas.
Subió los escalones con la chaqueta doblada sobre el brazo y la cabeza todavía llena del chirrido de las bandejas.
Al alcanzar el segundo rellano advirtió que la puerta de Inés no estaba cerrada del todo: una franja de luz cruzaba el felpudo y llegaba hasta la pared. Nora se detuvo antes de sacar la llave.
Dentro hablaba un hombre. Lo hacía en un tono tan bajo y sereno que Nora necesitó unos segundos para entender que aquello no era una conversación.
La madera y la distancia deshacían parte de las frases, pero la cadencia llegaba limpia: pausas largas, preguntas formuladas como si la respuesta ya estuviera decidida y una paciencia hostil que le resultó más inquietante que un grito.
—Te pedí una cosa sencilla —dijo él.
Inés respondió demasiado bajo para que Nora pudiera entenderla.
—No conviertas esto en un problema.
Nora retrocedió un peldaño. La barandilla estaba fría bajo sus dedos y olía a metal mojado.
Era un olor corriente, pero le bastó para devolverle durante un instante la cocina de su casa: Elena encogida junto a la mesa y Tomás hablando casi en un susurro antes de golpearla.
Su padre también bajaba la voz cuando quería que el miedo hiciera el trabajo por él.
En el piso se hizo un silencio. Luego Inés dijo algo que sonó como «ella no sabe nada».
La puerta se abrió antes de que Nora decidiera si debía bajar o llamar.
Inés apareció en el umbral con una blusa verde que Nora no le había visto nunca y el cabello recogido con una precisión impropia de una tarde en casa. Al verla perdió el color durante un segundo; enseguida salió al rellano y cerró tras ella hasta dejar sólo una rendija.
—Has vuelto pronto.
—La cámara frigorífica se ha estropeado.
Inés miró la chaqueta y después la bolsa de tela donde Nora llevaba la taza azul y un libro prestado por Aurora. Solo entonces pareció creerla.
—Te he escrito.
Nora sacó el teléfono. No había ningún mensaje.
—Se habrá quedado sin enviar —dijo Inés—. Tengo visita.
Desde dentro no llegó un solo ruido. Nora miró la rendija oscura junto al marco.
—Ya lo he oído.
La mandíbula de Inés se tensó.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para saber que no quiere convertirme en un problema.
Inés bajó la vista hacia el rellano. De pronto parecía mucho más cansada que aquella mañana, cuando había salido con prisa asegurando que regresaría tarde. Acercó la puerta al marco sin llegar a cerrarla y habló con una suavidad que no disimulaba la urgencia.
—Ve a tomar algo. Te llamo cuando se haya marchado.
—También vivo aquí.
—Precisamente por eso te lo pido.
No añadió «por favor» ni dijo que Nora corriera peligro. Sin embargo, la forma en que mantenía el cuerpo entre ella y la abertura le recordó a Elena ocupando el espacio entre Tomás y una puerta para darle tiempo a subir a su habitación.
—¿Es tu pareja?
Inés tardó demasiado en contestar.
—Es alguien con quien necesito terminar una conversación.
—No parece que te deje hablar mucho.
La expresión de Inés cambió. No fue enfado, sino miedo a que el hombre pudiera haberla oído. Miró hacia el interior y entonces la voz volvió a sonar, esta vez más próxima.
—Inés.
Solo dijo su nombre. Bastó.
Ella abrió un poco más la puerta, lo justo para deslizarse dentro, y antes de desaparecer tendió a Nora un billete doblado.
—Cena fuera. Invito yo.
Nora no lo cogió. Inés dejó caer la mano y cerró. El pestillo giró desde dentro.
Nora siguió inmóvil en el rellano. Podía tocar el timbre y obligar a Inés a decidir delante de él si la dejaba entrar, o bajar a la calle y esperar junto al portal hasta descubrir quién salía.
También podía avisar a la policía, aunque no tenía nada concreto que denunciar: una voz desagradable y una puerta cerrada en una casa que todavía no sentía del todo suya.
Terminó bajando un piso, pero no salió del edificio.
Se sentó en el último escalón del tramo, oculta por la curva de la escalera para cualquiera que mirase desde arriba.
El corazón le golpeaba con una fuerza que no correspondía al silencio del inmueble.
Respiró despacio y abrió el libro sobre las rodillas.
Mantuvo la vista fija en las páginas, pero era incapaz de leer ni una sola línea.
Pasaron once minutos antes de que oyera la puerta.
Nora cerró el libro, pero se quedó sentada en el escalón, oculta por la curva de la escalera. Desde allí alcanzaba a ver una parte del tramo superior sin quedar expuesta a quien descendiera desde el piso de Inés.
Unos zapatos masculinos aparecieron primero, seguidos del bajo de un pantalón oscuro y una mano que rozó la barandilla. El hombre llevaba un abrigo gris hasta la rodilla y sostenía un teléfono en la mano izquierda. Nora se inclinó apenas, intentando verle la cara.
Entonces él se detuvo.
Nora se quedó inmóvil. No sabía si había oído algo o si simplemente estaba mirando el teléfono.
La pantalla se iluminó durante unos segundos; después, el hombre la bloqueó y continuó bajando sin volverse, de espaldas al hueco donde ella permanecía sentada.
La curva lo ocultó antes de que Nora llegara a verle la cara completa.
Esperó hasta oír cerrarse la puerta del portal.
Solo entonces volvió a subir hasta la ventana de la escalera.
Vio un coche oscuro junto a la acera y a un conductor que bajaba para abrir la puerta trasera.
El hombre entró sin mirar hacia el edificio.
El vehículo se incorporó al tráfico antes de que Nora pudiera leer la matrícula completa; memorizó las dos primeras letras y los últimos números, aunque al repetirlos descubrió que no estaba segura del segundo.
Inés seguía en el recibidor cuando Nora volvió a subir. Había abierto la puerta, pero no parecía esperarla. Miraba el cuenco de cerámica con un desconcierto que Nora no supo interpretar.
—Te dije que te llamaría.
—No me he ido.
Inés levantó la cabeza. Primero apareció la irritación; después, un alivio breve que ocultó apartándose para dejarla pasar.
El piso olía a una colonia seca, ligeramente amarga. Sobre la mesa del salón había dos vasos, uno con una marca de labios de Inés y otro casi lleno. La puerta del supuesto trastero estaba cerrada y la llave no se veía en la cerradura.
—¿Cómo se llama? —preguntó Nora.
—No importa.
—A ti sí parece importarte.
Inés recogió los vasos. La manga de la blusa le cubría la muñeca, aunque en casa ella siempre solía arremangarse hasta los codos. En lugar de llevárselos a la cocina, se quedó con ellos entre las manos.
—Hay personas que no entienden que una conversación privada sigue siéndolo cuando alguien escucha detrás de una puerta.
—La puerta estaba abierta.
—Y tú estabas en la escalera.
—Porque me has echado de la casa en la que me pediste que me quedara.
Inés dejó los vasos sobre la mesa con más cuidado del necesario.
—No te he echado.
—Me has dicho que desapareciera hasta que él se marchara.
—Quería evitar una situación incómoda.
—¿Para quién?
Inés no respondió. Fue hasta la ventana, separó la cortina y recorrió la calle en ambas direcciones antes de soltarla. El coche oscuro ya no estaba.
—No volverá a coincidir contigo —dijo.
Aquello no tranquilizó a Nora. Si Inés podía asegurar que no volverían a coincidir era porque la coincidencia de esa tarde había sido un error que alguien podía evitar.
Durante las dos semanas siguientes, el hombre respetó aquella regla con una precisión que revelaba cuánto sabía de los horarios de Nora.
Nunca estaba en el piso cuando ella regresaba, aunque dejaba rastros pequeños: la colonia en el recibidor, una segunda taza en el fregadero, la planta del salón desplazada para despejar la vista hacia la calle.
Algunas tardes Inés escribía para preguntarle a qué hora acabaría.
Si Nora decía que a las tres, aparecía la sugerencia de hacer una compra al otro lado del mercado o el recordatorio de alguna habitación anunciada.
Si contestaba que todavía no lo sabía, la visita no se producía.
Una noche Nora encontró en el suelo de la cocina un envoltorio de azúcar de la cafetería. Era uno de los sobres blancos que Aurora compraba por cajas, con una brújula azul dibujada en una esquina. Lo recogió y se lo mostró a Inés.
—¿Has venido a verme?
—No.
—Esto es del local.
Inés miró el sobre sin tocarlo.
—Hay miles iguales.
No era cierto. Aurora se quejaba del precio precisamente porque una imprenta cercana los fabricaba para el establecimiento.
—¿Él ha estado allí?
—No sé dónde toma café.
—Pero sí sabes quién es.
—Nora, no empieces.
Nora se tensó. Inés debió de notarlo, porque cerró los ojos un instante.
—Lo siento. No quería hablarte así.
Nora dejó el envoltorio sobre la mesa.
—¿Por qué nunca está cuando yo estoy?
—Porque se lo he pedido.
—¿Y por qué se lo has pedido?
Inés cogió el sobre, lo rompió por la mitad y después en cuatro pedazos que arrojó a la basura.
—Porque no quiero que forme parte de tu vida.
Nora no supo si debía entender protección, vergüenza o amenaza. Pensó en el hombre detenido en la escalera sin haberla visto y en el coche que lo esperaba con el motor encendido.
—¿Tiene una fotografía mía?
Inés palideció.
—¿Por qué preguntas eso?
—Llevaba una foto en el teléfono.
—No pudiste verla desde donde estabas.
Nora se quedó callada. Inés acababa de revelar que sabía exactamente desde dónde había observado al hombre.
A partir de entonces Nora empezó a alterar sus horarios sin avisar.
Cambiaba de línea de metro, alargaba el camino y una tarde regresó durante el descanso con el pretexto de haber olvidado la documentación.
No encontró al hombre, pero sí la puerta del trastero abierta.
Inés estaba dentro y la cerró antes de que Nora pudiera ver algo más que el borde de una mesa y varias carpetas apiladas.
—¿No era un trastero?
—También trabajo ahí.
—Nunca me has dicho en qué trabajas.
—Nunca me lo habías preguntado.
—Te lo pregunto ahora.
Inés giró la llave y se la guardó en el bolsillo.
—Hago investigaciones para clientes. Verifico datos, busco personas, ordeno documentos. Cosas aburridas.
—¿Él es un cliente?
—No.
La negativa salió inmediata. Para todo lo demás Inés había necesitado una explicación.
Aquella noche cenaron casi sin hablar. Antes de acostarse, Nora escribió en una hoja las letras y los números que recordaba de la matrícula, la hora de la visita y las frases que había oído.
Guardó el papel dentro del forro roto de la mochila.
Aún no sabía para qué podía servirle, pero había aprendido que los detalles desaparecían con facilidad cuando alguien insistía en que no tenían importancia.
Tres días después Inés le envió un mensaje poco antes de terminar el turno: «¿Puedes tardar una hora?».
Nora leyó la frase mientras secaba vasos y no contestó.
Salió a las tres y cuarto, tomó la línea directa y caminó deprisa desde la estación.
Al doblar la esquina vio el coche oscuro alejándose del portal.
Esta vez no había ningún conductor esperando fuera y los cristales traseros impedían saber cuántas personas viajaban dentro.
La puerta del piso estaba cerrada. Nora llamó, aunque llevaba las llaves. Inés tardó en abrir. Vestía una camisa ancha de manga larga y se había soltado el cabello sobre la cara. Detrás de ella, una silla del comedor yacía de costado.
—Te pedí una hora.
—No dijiste por qué.
—Porque necesitaba estar sola.
Nora miró la silla.
—¿Sola con él?
Inés la levantó antes de permitirle entrar.
—Se ha enganchado con la alfombra.
Al inclinarse, la manga se deslizó hacia el codo y dejó al descubierto un hematoma reciente en la cara interior del brazo, oscuro en el centro y rojizo en los bordes.
No tenía la forma difusa de un golpe contra un mueble: cuatro marcas ovaladas se alineaban a un lado y una quinta, más ancha, se hundía en el opuesto. Era la huella de una mano.
Inés se cubrió enseguida.
—Me he dado con la puerta del baño.
Nora sostuvo su mirada. Había oído aquella clase de explicación demasiadas veces; conocía incluso el momento en que quien mentía esperaba ser creído por compasión.
—Una puerta no tiene cinco dedos.
Inés dejó de fingir. La fatiga le venció los hombros y, durante un segundo, pareció a punto de contarle la verdad. Luego miró hacia el pasillo, hacia la habitación cerrada, y el miedo volvió a ocupar su sitio.
—No le has visto la cara —dijo.
Nora entendió que no estaba preguntando.
—No.
—Si alguna vez coincidís, no intentes averiguar quién es. No le hagas fotografías, no preguntes por él y no pronuncies mi nombre delante de nadie que pueda conocerlo.
—¿Él te ha hecho eso?
Inés apretó la tela sobre el hematoma.
—Prométeme que no vas a buscar su cara.
Nora pensó en Elena bajándose las mangas en pleno verano, en las puertas contra las que supuestamente tropezaba y en todas las veces que el silencio había servido para mantener a Tomás dentro de la casa.
Había huido para no convertirse en la siguiente, pero al mirar el brazo de Inés comprendió que aquel miedo podía cambiar de ciudad, de voz y de persona sin dejar de resultarle reconocible.
—No —dijo—. No voy a prometerte eso.
Inés la observó. La negativa de Nora acababa de empujar una puerta que llevaba mucho tiempo intentando mantener cerrada.