La versión de Nora 5. Aprender a desaparecer
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5. Aprender a desaparecer

A la mañana siguiente, la puerta del supuesto trastero seguía cerrada, pero Inés había dejado la llave puesta por el lado del pasillo.

Nora la vio nada más salir de la habitación.

Del ojo de la cerradura sobresalían la cabeza oscura de la llave y una anilla sencilla, sin llavero ni adorno.

No se parecía a ninguna de las que Inés le había entregado.

Se quedó unos segundos en el umbral mirándola, intentando decidir si la noche anterior había oído de verdad que Inés hizo girar esa llave o si el cansancio había mezclado aquel sonido con alguno de los muchos que todavía no conocía en el piso.

Inés estaba en la cocina, inclinada sobre una tostada demasiado quemada, raspando la superficie con un cuchillo. Llevaba el pelo recogido en un moño medio desecho y una camiseta vieja con una mancha de lejía cerca del cuello. Cuando vio a Nora, apartó un plato y señaló la cafetera.

—He hecho suficiente para dos, aunque no puedo garantizar que sea legalmente café.

Nora se sentó en la silla desde la que podía ver el pasillo.

Inés ni miró hacia la puerta cerrada ni pareció tener prisa por retirar la llave.

Untó mermelada sobre la parte menos negra de la tostada y desplegó junto a la taza una página arrancada de un periódico.

Había rodeado tres anuncios con bolígrafo azul.

—Ayer dijiste que buscabas trabajo.

—Dije que buscaba una habitación.

—Y para que alguien te alquile una necesitas dinero. Puede que incluso te pidan tener una nómina, si aspiras a una puerta que cierre y a una ventana que dé a algo más alegre que una pared.

Nora leyó los anuncios sin tocarlos. Uno pedía personal para descargar cajas de madrugada; otro ofrecía trabajo doméstico a cambio de alojamiento; el tercero buscaba una ayudante para una cafetería junto al mercado municipal. Ninguno indicaba salario ni horario.

—No te he pedido que me busques nada.

—Lo sé. También he subrayado el cine y una exposición de fotografía. Puedes ignorarlo todo con la misma libertad.

Inés dio el asunto por zanjado y volvió a la tostada.

A Nora empezaba a resultarle menos incómoda aquella manera de ofrecer ayuda sin exigir que la aceptara, aunque seguía preguntándose cuándo había comprado el periódico y por qué se había fijado precisamente en trabajos que no pedían experiencia.

Cogió la página y dobló hacia atrás los dos anuncios que no le interesaban.

—¿Cómo llego al mercado?

Inés fue hasta el mueble del recibidor, sacó un plano doblado de uno de los cajones y le enseñó dos trayectos: uno en autobús y otro a pie, más largo, pero sin transbordos ni calles solitarias.

Marcó también la farmacia de guardia, una comisaría y un bar abierto hasta tarde donde, según dijo, la dueña no toleraba que ningún hombre molestara a una mujer sola.

Su dedo se movía por la ciudad con tanta seguridad que las líneas del plano empezaban a parecer distancias salvables para recorrer a pie.

—No dependas de un solo recorrido —le aconsejó—. Así nadie podrá saber por dónde vas a pasar y no podrán esperarte en ningún sitio.

Nora levantó la vista.

—Hablas como si lo hubieras hecho muchas veces.

—He conocido a gente que necesitaba hacerlo.

Esa respuesta no le aclaró si Inés era una de esas personas.

Guardó el bolígrafo y llevó los platos al fregadero.

Al pasar junto al pasillo, Inés reparó en la llave y la retiró de la cerradura con un movimiento rápido antes de guardársela en el bolsillo.

Nora no dijo nada, pero la forma en que Inés lo hizo tuvo más de corrección apresurada que de gesto distraído.

La cafetería ocupaba una esquina estrecha frente a la entrada de proveedores del mercado.

A media mañana, el olor a café molido competía con el de las cajas de fruta mojadas y el pescado descargado en la acera.

Nora observó el local desde la otra calle antes de decidirse a entrar.

Había seis mesas, una barra de madera castigada por los años y una pizarra donde alguien había escrito el menú con rotulador negro.

Dos camareros iban y venían entre las mesas y la barra, recogiendo tazas, sirviendo cafés y abriéndose paso entre los clientes.

La mujer de la caja se llamaba Aurora. Tendría poco más de cincuenta años, llevaba el pelo corto y unas gafas colgadas al cuello con un cordón rojo. Escuchó a Nora mientras contaba monedas, sin dejar de vigilar el salón.

—¿Has trabajado en hostelería?

—Dos veranos en un bar.

No tuvo que inventarlo. Había llevado bandejas durante dos veranos en el bar de la plaza y sabía moverse entre mesas, recoger vasos y atender pedidos sencillos.

Aquella cafetería, sin embargo, funcionaba a una velocidad muy distinta, entre los cafés, los encargos cruzados y el mercado empujando clientes hacia la barra.

Aurora señaló tres tazas abandonadas al final del mostrador.

—Pues recoge eso, limpia la mesa cuatro y lleva dos cafés a los hombres de la ventana. Si rompes algo, procura que no sea caro.

No le dio delantal ni más instrucciones.

Nora dejó la chaqueta detrás de una caja de refrescos y empezó.

Durante la primera hora confundió dos pedidos, se quemó los dedos con el portafiltro y estuvo a punto de derramar leche sobre un cliente que hablaba por teléfono apoyado en la barra.

En la segunda empezó a entender los movimientos de Aurora: un golpe de barbilla significaba que alguien esperaba para pagar; dos dedos levantados, que faltaban vasos limpios.

Al mediodía ya atravesaba el local con cuatro tazas sin necesidad de mirar la bandeja.

Cuando bajó la afluencia, Aurora le puso delante un plato de lentejas.

—Tienes veinte minutos.

—¿Eso significa que me quedo?

—Significa que hoy comes. Mañana vienes a las siete y hacemos una semana de prueba. De siete a tres, seis días. Si funcionas, hablamos de contrato. Si no, te pago las horas y cada una sigue con su vida.

El horario era agotador y la promesa todavía lejana e incierta, pero era la primera cosa que Nora había conseguido en la ciudad sin que Inés interviniera delante de ella.

Aurora le pidió el documento de identidad para anotar sus datos.

Al leerlo, no comentó ni el apellido ni el lugar de nacimiento; se limitó a comprobar la fotografía y se lo devolvió.

—¿Tienes familia aquí?

Nora guardó el documento en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Una prima.

—¿En qué barrio?

—Al otro lado del río.

Había visto el río desde el autobús y eligió la zona más alejada que recordaba del plano.

Aurora aceptó la respuesta porque ya atendía a otro cliente.

Durante el camino de vuelta, Nora repitió varias veces la mentira para asegurarse de no cambiarla si volvían a preguntarle.

Venía de una ciudad mediana, había vivido con una prima y había llegado buscando trabajo.

En esa versión no existían el pueblo, la casa en la que había aprendido a vivir con miedo ni una madre reuniendo a escondidas el dinero que le permitió marcharse.

Tomás tampoco existía. Y, de todo lo que Nora acababa de inventar, esa era la única mentira que habría querido convertir en verdad.

Inés estaba sentada en el suelo del salón, cambiando de maceta una de las plantas moribundas, cuando Nora regresó. Había extendido periódicos sobre la alfombra y tenía tierra en una mejilla. Al oír que empezaba al día siguiente, levantó la planta como si esperara que Nora emitiera un diagnóstico.

—¿Ves? A veces una sobrevive a pesar de mis cuidados.

—Es una semana de prueba.

—Entonces hazlo bien para que sea más tiempo.

Nora dejó sobre la mesa el pan, los huevos y el detergente que había comprado con una parte del dinero de Elena.

No cubría para pagar todo lo que Inés les estaba ofreciendo, pero Nora se sintió mejor dejando algo sobre la mesa.

Miró el precio del detergente y se quejó de la facilidad con la que la tienda de la esquina robaba a su clientela.

Después se lavó las manos y preparó una tortilla que se rompió al darle la vuelta.

—Mañana empiezas a las siete —dijo mientras recogía del suelo un trozo de patata—. Tendrás que salir antes de las seis y media.

Nora se quedó quieta con dos platos en las manos.

—No te he dicho el horario.

Inés tardó apenas un instante en contestar. Fue poco, pero Nora lo percibió.

—Lo pone en el anuncio.

Nora recordó la hoja. El anuncio decía jornada de mañana; no daba ninguna hora.

—Entendí que era el turno habitual del mercado —añadió Inés antes de que Nora la corrigiera—. Abren muy pronto.

Podía haberlo deducido. Inés conocía la ciudad y quizá también aquella cafetería. Nora dejó los platos sobre la mesa y no insistió, aunque guardó el detalle junto al café de la visita inesperada y a la llave retirada del trastero.

A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, Inés la acompañó hasta un quiosco próximo a la estación de metro.

Vendían periódicos, cargadores, tarjetas de transporte y líneas de teléfono de prepago.

Nora había encendido el móvil al levantarse y había encontrado otras once llamadas de número oculto, separadas por intervalos irregulares. De Elena no había ningún mensaje.

—Cambiar de número no hará que deje de buscarte —dijo Inés cuando Nora le enseñó la pantalla—, pero evitará que pueda entrar en tu día cada vez que le apetezca.

—No sabes quién llama.

—No. Pero he visto cómo miras la pantalla.

Nora compró una tarjeta nueva con su documentación y pagó una recarga pequeña.

Guardó la antigua dentro de un sobre que llevaba en la cartera.

No fue capaz de tirarla: aquel número seguía siendo el único que conocía Elena.

Al introducir la nueva tarjeta, el teléfono conservó los nombres, el historial de llamadas y la fotografía de su madre junto al contacto de casa, pero la línea que acababa de activar aún no pertenecía a nadie más que a ella.

Sintió alivio durante un momento; la culpa llegó justo después.

—No se lo des a nadie que pueda dárselo a él —dijo Inés—. En el trabajo, solo a quien lo necesite de verdad. Y no inventes demasiadas cosas sobre ti. Las mentiras grandes se recuerdan; las pequeñas se contradicen.

—¿Tú qué cuentas cuando no quieres que te encuentren?

Inés miró hacia la boca del metro. En la acera de enfrente, un coche oscuro llevaba varios minutos parado con el motor encendido. Cuando cambió el semáforo, arrancó y desapareció entre el tráfico.

—Lo justo para que dejen de preguntar.

Durante los días siguientes, Nora fue descubriendo la vida de la ciudad por fragmentos que se ordenaban alrededor del horario de la cafetería.

Descubrió qué vagón la dejaba más cerca de la salida, dónde comprar fruta al final de la mañana y qué calles se vaciaban cuando cerraba el mercado.

Aurora la corregía sin suavidad, aunque nunca la humillaba.

Al tercer día dejó de vigilar cada taza que Nora cargaba; al sexto le entregó una llave del cierre metálico para que ayudara a abrir y le dijo que la semana siguiente llevara los datos necesarios para formalizar el empleo.

El primer dinero que cobró lo repartió sobre la cama en montones pequeños: transporte, comida, una futura fianza y una cantidad que no tocaría salvo que tuviera que marcharse otra vez.

Esa tarde compró una toalla propia y una taza azul para reemplazar una que se le había resbalado a Inés.

También dejó varios billetes bajo el azucarero.

Inés los encontró durante la cena y devolvió la mitad.

—Esto cubre comida y gastos. El resto lo guardas.

—No quiero vivir de ti.

—Entonces no lo hagas. Vive conmigo hasta que puedas elegir algo que no te obligue a cerrar una puerta con una silla.

Nora nunca le había contado lo de la silla. Inés podía haber visto las marcas del suelo o haber intentado entrar mientras ella dormía; la sola posibilidad de que hubiera ocurrido le provocó un escalofrío. Inés notó el cambio y dejó el dinero sobre la mesa, sin acercarse.

—No he entrado en tu cuarto —dijo—. La silla se ve desde el pasillo cuando abres por la mañana.

Era verdad. Nora recogió los billetes y aceptó quedarse una semana más.

Después otra. La cinta roja fue dejando de parecer una llave prestada y empezó a ocupar un lugar propio en el cuenco de la entrada.

Algunas noches Nora seguía encajando la silla bajo el picaporte; otras se dormía antes de acordarse de ponerla.

Inés le enseñó a leer el plano sin girarlo, a combinar dos líneas de metro y a reconocer las avenidas por los edificios.

A cambio, Nora rescató dos plantas, aprendió a preparar café mejor que ella y llenó la nevera con recipientes donde anotaba la fecha para evitar que Inés cenara cualquier cosa olvidada al fondo de un estante.

Una tarde, mientras calculaban el trayecto más barato hasta una habitación que Nora quería visitar, Inés tachó una línea de autobús.

—Esa no. Pasa por la terminal interurbana y tarda el doble. Además, es la que continúa hacia los pueblos del oeste.

—¿Y qué importa eso?

—Que no necesitas acercarte a la misma ruta por la que llegaste.

Nora dejó el lápiz sobre el plano.

—Nunca te he dicho de dónde venía.

—Te vi bajar del último autobús de esa línea.

—Dijiste que habías acompañado a una amiga.

—Una cosa no impide la otra.

La explicación podía sostenerse, pero Inés evitó mirarla.

Doblando el plano, escondió bajo una solapa el círculo azul que marcaba la terminal y se levantó para recoger las tazas.

Nora volvió a pensar en el café frío del primer día, en el paraguas que ya había formado un charco antes de que se sentaran y en la rapidez con que Inés había entendido que nadie la estaba esperando.

—¿Sabías que yo venía en ese autobús? —preguntó.

Inés se quedó de espaldas, con una taza en cada mano.

—No sabía quién eras.

Nora la vio entrar en la cocina, dejar las tazas en el fregadero y abrir el agua para limpiarlas.

La frase no respondía del todo a lo que había preguntado.

Sobre la mesa quedaron el plano doblado, el teléfono nuevo y la lista de documentos que Aurora le había pedido para formalizar el empleo.

En menos de dos semanas había conseguido un trabajo, una ruta y una llave; había cambiado de número, de horarios y de historia.

Poco a poco aprendía a desaparecer de la vida que Tomás había construido para ella.

Pero el círculo azul seguía oculto bajo el pliegue del papel. Al mirarlo, Nora tuvo la impresión incómoda de que Inés había sabido dónde encontrarla antes incluso de que ella supiera adónde iba.