4. La habitación vacía
El edificio de Inés estaba a seis calles de la terminal, en una avenida donde la lluvia había vaciado las aceras y vuelto opacos los escaparates cerrados.
Caminaron casi todo el trayecto sin hablar.
Nora llevaba la bolsa pegada al costado, descargando el peso sobre el hombro sano, y procuraba no situarse nunca delante de Inés.
Prefería mantenerla dentro de su campo de visión, comprobar que no cambiaba de dirección sin avisar y memorizar cada giro por si al día siguiente tenía que rehacer sola aquel camino.
Inés tampoco intentó llenar el silencio.
Se limitó a señalar una farmacia abierta toda la noche, un supermercado y la entrada del metro.
Al llegar a un portal de piedra oscurecida por el agua, sacó un llavero del bolso, abrió y sostuvo la puerta desde dentro, dejando espacio suficiente para que Nora decidiera por sí misma si quería cruzarla.
—Es un cuarto piso y el ascensor lleva meses averiado —advirtió—. Aún estás a tiempo de preferir la pensión.
—Dijiste que vivías sola.
—Y vivo sola.
Contestó deprisa, demasiado para su gusto, y pensó que viviera sola no impedía que alguien más tuviera llaves. Nora cruzó el portal.
El vestíbulo olía a lejía y a humedad antigua.
Sobre los buzones había un rectángulo más claro, la huella de un espejo o una placa que habían retirado tiempo atrás; la escalera subía alrededor de una barandilla de hierro, y en cada rellano una ventana estrecha dejaba entrar una claridad escasa.
Inés avanzó sin prisa. En el segundo piso encontró una bufanda caída, la dobló sobre el pasamanos y siguió subiendo con la naturalidad de quien conoce la manera en que sus vecinos van dejando cosas atrás.
El piso era más pequeño de lo que Nora había imaginado y bastante más cálido que la escalera.
Tras el recibidor se abría un pasillo, con la cocina a la izquierda y el salón al fondo.
Inés dejó las llaves en un cuenco de cerámica sobre una consola, colgó el abrigo y encendió dos lámparas antes de apartar las cortinas.
No había lujo ni tampoco un orden pensado para recibir visitas: una taza descansaba sobre una pila de revistas, tres plantas se inclinaban hacia la ventana con distinta fortuna y una manta color mostaza se había quedado medio tirada bajo el sofá.
A Nora aquella imperfección le hizo el lugar más creíble.
—La cerradura de fuera tiene dos vueltas —explicó Inés—. Desde dentro puedes echar también el pestillo. El baño está ahí y la habitación es esta.
Abrió la primera puerta del pasillo. El cuarto contenía una cama estrecha, una mesilla y un armario sin tiradores.
No había fotografías, libros ni adornos; tampoco marcas en la pared que indicaran que alguien hubiese vivido allí antes.
La ventana daba a un patio interior donde colgaban sábanas protegidas bajo pequeños techos de uralita.
Sobre una repisa, el polvo conservaba el contorno limpio de un objeto rectangular que ya no estaba.
—Te dije que no la usaba —añadió Inés al notar hacia dónde miraba—. Las sábanas están limpias. Creo.
—¿Crees?
—Las cambié hace dos semanas. Desde entonces no ha dormido nadie, salvo una planta que no superó la experiencia.
Nora dejó la bolsa en el suelo sin soltar el asa. Desde la puerta podía ver una parte del salón, la entrada y otra habitación al final del pasillo. Aquella puerta estaba cerrada y tenía una cerradura diferente, antigua, colocada bajo el picaporte.
—¿Y esa?
Inés siguió la dirección de su mirada.
—Un trastero. Si buscas algo y no aparece en el resto de la casa, seguramente está ahí dentro y yo he decidido que no lo necesito.
No se acercó a la puerta ni explicó por qué un trastero necesitaba una llave propia, cuando se suponía que vivía sola. Fue hasta un armario del pasillo, sacó dos toallas y las dejó sobre la cama.
—Puedes ducharte. ¿Llevas ropa seca en la bolsa?
Nora miró dentro. La lluvia había calado la tela y parte de la ropa del interior estaba húmeda.
—Algo habrá quedado seco.
—No hace falta que lo averigües ahora. Voy a dejarte algo.
Nora bajó la vista hacia sus manos. Inés tenía razón, pero seguía incomodándola que alguien dijera lo que le ocurría sin que ella lo hubiera dicho.
—Dijiste una noche.
—Y el día sigue teniendo la mala costumbre de ir antes que la noche. No voy a descontarte las horas.
La dejó sola y cerró sin encajar la puerta del todo.
Nora esperó hasta oírla moverse en la cocina.
Después comprobó el pestillo de la ventana, abrió el armario y miró debajo de la cama.
Solo encontró dos perchas de madera y una caja vacía de zapatos.
Colocó una silla bajo el picaporte, más por costumbre que porque temiera a Inés, y se duchó sin conseguir quitarse del todo la sensación de estar ocupando el lugar de otra persona.
Cuando salió de la ducha envuelta en una toalla, retiró la silla y abrió la puerta.
Junto al umbral encontró un pantalón de algodón y una camiseta que Inés había dejado cuidadosamente doblados.
Le quedaban holgados, pero estaban secos y olían a jabón.
Inés había preparado una tortilla y peleaba con una cafetera italiana que se negaba a cerrar.
—No esperes grandes cosas —dijo—. Tengo tres platos sencillos que sé cocinar sin que causen una indigestión. Este es el más rápido.
Comieron junto a la ventana del salón. Inés habló de asuntos pequeños: la vecina del tercero que regaba las plantas de todo el rellano, el radiador que golpeaba las tuberías al enfriarse y el pan de la tienda de la esquina, que solo merecía la pena antes de las diez.
No preguntó por el pueblo, por la familia de Nora ni por el motivo de su viaje.
Al principio, aquella falta de curiosidad le alivió.
A medida que pasaban los minutos empezó a parecerle demasiado deliberada, casi tanto como habría sido un interrogatorio.
El teléfono de Inés vibró dos veces sobre la mesa. La primera, ella lo puso boca abajo. Cuando volvió a sonar, se levantó con el aparato en la mano y se fue a la cocina.
—Ahora no puedo —dijo en voz baja—. Te he dicho que hoy no.
Escuchó durante unos segundos. Lo que oyó al otro lado le tensó el rostro.
—No estoy sola.
Cortó la llamada y se quedó de espaldas a Nora mientras dejaba el teléfono junto al fregadero. Al volver a la mesa empezó a recoger los platos aunque quedaba media tortilla sin tocar.
—¿Hay algún problema? —preguntó Nora.
—Ninguno que tengas que solucionar tú.
—No he dicho que fuera a solucionarlo.
Inés la miró. Por primera vez desde que se habían conocido en la terminal, una sonrisa cansada le suavizó la cara.
—Eso ha sonado bastante sensato. Procura no contagiarme.
Nora durmió hasta media tarde. Al despertar necesitó unos segundos para entender por qué el techo no tenía la grieta que atravesaba su habitación en el pueblo.
Se incorporó con el corazón acelerado y buscó la silla con la mirada: seguía encajada bajo el picaporte.
Nadie había entrado. Desde el salón llegaban el roce de hojas de papel y el golpeteo rápido de unas teclas.
Inés trabajaba con un ordenador sobre las rodillas. A su lado había una carpeta gris abierta y varias fotografías colocadas boca abajo. En cuanto vio aparecer a Nora, cerró la pantalla y reunió los papeles con una rapidez que trató de disimular.
—Has dormido cinco horas.
—Podías haberme despertado.
—Podía. No vi ninguna necesidad.
Nora recogió su ropa, ya seca sobre un tendedero plegable, se cambió en el baño y rehizo la bolsa. Inés la observó desde la puerta de la cocina sin intentar detenerla.
—He dicho una noche —recordó Nora.
—Y aún puedes quedarte hasta mañana.
—Prefiero buscar algo antes de que oscurezca.
—Con lluvia, sin nómina y sin conocer los barrios, lo que vas a encontrar hoy se parecerá bastante al hombre de la terminal.
Nora cerró la cremallera con más fuerza de la necesaria.
—Entonces será decisión mía equivocarme.
—Sí.
La conformidad de Inés dejó sin uso la respuesta que Nora ya tenía preparada. No intentó asustarla ni convertir la ayuda en una deuda. Fue hasta la consola, abrió el cajón central y sacó un juego de llaves sujeto a una cinta roja.
—Puedes quedarte cuatro días. No es ninguna obligación ni un contrato y no necesito saber de dónde vienes. Si encuentras algo antes, te marchas. Si quieres irte ahora, te acompaño al portal. Pero llévate estas direcciones y no aceptes una habitación sin verla.
Junto a las llaves dejó una hoja con cinco anuncios copiados a mano. Nora reconoció dos del panel de la terminal y otros tres con precios menos inverosímiles.
—¿Por qué cuatro días?
—Porque cinco suena a costumbre y tres a ultimátum.
—No puedo pagarte.
—Cuando puedas, compras comida. Mientras tanto, intenta no matar las plantas. Ya he perdido demasiadas.
Nora miró la cinta roja, el duplicado de la llave y la lista. Seguía siendo ayuda, pero Inés le había puesto límites que no dependían de su humor. Cuatro días podían contarse. Y podían terminarse.
—No quiero que entre nadie en mi habitación.
—Nadie entrará.
—Ni tú.
Inés sostuvo su mirada.
—Ni yo.
Nora aceptó las llaves.
Aquella tarde, al quitarse la camiseta prestada, la tela se enganchó en el hombro y le arrancó un gesto de dolor.
Inés se había detenido en el umbral con una manta limpia entre las manos y alcanzó a ver el hematoma antes de que Nora bajara la manga.
Dejó la manta junto a la puerta. No preguntó quién se lo había hecho.
Fue al congelador, envolvió una bolsa de guisantes en un paño y, al regresar, la dejó junto a la manta sin cruzar el umbral.
—Diez minutos, no más. Luego descansas y vuelves a ponértela si sigue doliendo.
Nora no tocó la bolsa.
—Me he caído.
—No te he preguntado.
Inés ya se apartaba del umbral cuando Nora la detuvo.
—¿No quieres saberlo?
—Querer saber y tener derecho a preguntar son cosas distintas.
Nora esperó un rato antes de aplicarse el frío.
Durante años había visto a Tomás exigir explicaciones para decidir luego qué versión de los hechos le convenía.
Que Inés renunciara a una respuesta produjo en ella un alivio incómodo, demasiado cercano al deseo de confiar.
Por eso mismo se obligó a recordar la habitación cerrada, la llamada en voz baja y los papeles que Inés había escondido.
Respetar un límite no impedía ocultar todo lo demás.
Al día siguiente visitó dos habitaciones de la lista.
En la primera, una mujer le pidió un contrato de trabajo y tres meses por adelantado.
En la segunda, el dormitorio no tenía ventana y el propietario explicó que la puerta no cerraba porque todos los inquilinos eran «de confianza».
Nora se marchó antes de que acabara de enseñarle la cocina.
Pasó el resto de la mañana recorriendo las calles cercanas, anotando carteles de empleo y calculando cuánto podía gastar al día si no encontraba trabajo esa semana.
No llamó a Elena. Cada cabina, cada teléfono prestado y cada número visible le parecía una cuerda tendida hasta Tomás.
Regresó al piso poco después de las dos. Había dejado a Inés preparándose para salir. El cuenco de la consola estaba vacío y en la casa no sonaba nada. Cerró con las dos vueltas, se quitó la chaqueta y entonces se detuvo.
En el recibidor flotaba un olor que no estaba allí aquella mañana: madera seca, tabaco frío y una colonia discreta.
No era de Inés. Nora podía saberlo porque había pasado la noche envuelta en su ropa y porque en el baño solo había frascos de aromas cítricos.
Junto al paragüero, varias gotas formaban una línea reciente sobre el suelo.
Fuera había dejado de llover hacía más de una hora.
—¿Inés?
No obtuvo respuesta.
La cocina estaba vacía. En el fregadero había una taza que Nora no recordaba, de porcelana blanca y borde dorado, con un resto de café todavía líquido. Acercó dos dedos sin tocarla. Seguía caliente.
Volvió al pasillo. La puerta del trastero continuaba cerrada, aunque la llave no estaba en la cerradura.
En el salón ya no estaba la carpeta gris con la que Inés había trabajado la tarde anterior.
Sin embargo, una de las fotografías que había dejado boca abajo sobresalía bajo una revista; debía de habérsele escapado al recoger los papeles.
Nora no la sacó. Se acercó sólo para buscar un bolígrafo con el que anotar la hora de la visita y entonces vio que el cajón superior del escritorio tenía un pequeño ojo de latón. Tiró una vez. Estaba cerrado con llave.
El golpe de la puerta del portal subió por el hueco de la escalera.
Nora retrocedió hasta la cocina, donde había dejado la bolsa, y cerró una mano alrededor del asa.
Los pasos ascendieron sin detenerse en los pisos inferiores, cruzaron el rellano y, tras una pausa breve, una llave entró en la cerradura.
Inés abrió con una bolsa de supermercado en cada mano.
—Has vuelto pronto.
Miró a Nora y después a la taza del fregadero. El movimiento apenas duró un instante, pero confirmó que aquella taza no estaba allí cuando se marchó.
—Ha venido alguien —dijo Nora.
Inés dejó las bolsas sobre la encimera.
—Sí.
—No me dijiste que alguien más pudiera entrar aquí.
—No esperaba que viniera.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Inés empezó a sacar leche, pan y una bolsa de manzanas, de pronto concentrada en ordenar la compra.
—¿Tiene llaves?
—Nora…
—¿Es tu pareja?
Inés se quedó quieta con una lata entre las manos. Durante unos segundos desapareció la seguridad con la que había enfrentado a Vicente. Lo que quedó no era timidez, sino cansancio y una cautela que Nora conocía demasiado bien.
—No tienes que preocuparte por esa persona —dijo al fin.
—No me has respondido.
—Es la única respuesta que puedo darte.
Nora pensó en recoger la bolsa y marcharse. Después recordó la habitación sin ventana y la puerta que no cerraba. Cuatro días. Las llaves pesaban dentro de su bolsillo. Podía aceptar un refugio sin fingir que confiaba en todo lo que había dentro.
—Si vuelve, me avisas —dijo—. Y nadie entra en mi cuarto.
—De acuerdo.
—No me digas que estoy segura. Dime la verdad.
Inés dejó la lata sobre la encimera con mucho cuidado.
—La verdad es que no esperaba que viniera hoy.
No explicó quién había bebido de la taza, por qué aquella persona tenía una llave ni qué había detrás de la puerta cerrada y del cajón del escritorio.
Nora tampoco insistió. Esa noche volvió a empujar la silla bajo el picaporte y dejó las llaves de la cinta roja sobre la mesilla, al alcance de la mano.
Antes de apagar la luz oyó a Inés recorrer el pasillo. Los pasos se detuvieron ante la habitación cerrada. Llegó un roce de metal, leve y preciso, y después el giro de una llave.
Nora contuvo la respiración. La puerta se abrió y volvió a cerrarse casi de inmediato.
Inés había llamado trastero a aquella habitación. Sin embargo, solo entraba allí cuando creía que Nora dormía.