La versión de Nora 3. Una desconocida bajo la lluvia #2
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3. Una desconocida bajo la lluvia #2

—Deberíamos movernos antes de que nos cobren también la mesa.

No era una frase especialmente graciosa, pero el tono aflojó algo en el pecho de Nora. No llegó a sonreír, pero tampoco se fue. Se quedó con la bolsa pegada al cuerpo, todavía preparada para levantarse si la situación cambiaba.

La mujer recogió de la mesa su propio café, que había quedado intacto durante el forcejeo, y eligió otra mesa, cerca del mostrador y a la vista de un vigilante que acababa de entrar en la cafetería.

Compró otro café para Nora y un bocadillo.

Nora intentó pagar el suyo, pero ella dejó las monedas sobre la barra antes de que pudiera abrir la cartera.

—Puedes invitarme cuando seas millonaria —dijo—. No tengo prisa.

—No necesito que me invites.

—El bocadillo es mío. Tú decides si me ayudas a terminarlo.

Lo partió por la mitad y empezó a comer sin mirar qué hacía Nora con su porción. Aquel empeño en fingir que no la estaba cuidando resultó más difícil de rechazar que la insistencia sutil que mostraba. Nora dio un bocado y sólo entonces advirtió cuánto le dolía el estómago.

—Me llamo Inés Robles —dijo la mujer cuando se sentaron—. Para que al menos una de las dos sepa con quién está hablando.

Nora repitió el nombre en silencio. Inés miraba de frente, aunque sin invadir; cuando hacía una pregunta, sabía esperar la respuesta sin apresurarse a llenar el hueco. Aun así, Nora decidió darle solo una parte de la verdad.

—Nora. Gracias por lo de antes.

—No me debes nada.

—Todo el mundo quiere algo.

Inés bajó los ojos hacia el café. Pareció pensar una respuesta y desecharla antes de hablar.

—Puede ser. Pero no siempre lo quieren en ese instante.

El teléfono vibró dentro de su bolsillo. Inés lo sacó, leyó la pantalla y lo dejó boca abajo sobre la mesa. Durante un segundo, la seguridad de hacía unos minutos se tensó en su cara y desapareció tan deprisa que Nora no estuvo segura de haberlo visto.

—¿Te espera alguien? —preguntó Inés.

—No.

—¿Tienes dónde dormir?

Nora miró el panel de anuncios. Podía mentir otra vez, pasar el día visitando habitaciones y gastar aquella noche una cantidad que no sabía cuándo recuperaría.

También podía ir a la policía, contar que había huido de una casa donde Tomás golpeaba a Elena y confiar en que nadie llamara al pueblo antes de que su madre estuviera preparada.

Ninguna de las dos posibilidades era suficientemente buena para ser elegida; las dos exigían confiar en alguien antes de saber qué podía costarle esa confianza.

—Encontraré algo.

Inés asintió despacio.

—Puedo acompañarte a preguntar en una pensión. O hablar con el vigilante para que ese hombre no vuelva a acercarse. Si prefieres que me vaya, también puedo hacerlo.

Nora la observó. No estaba acostumbrada a que alguien incluyera marcharse entre las maneras de ayudar.

—¿Por qué estabas aquí?

—He acompañado a una amiga al primer autobús. —Inés envolvió los restos del bocadillo en la servilleta—. Y ahora estoy intentando decidir si cruzo la ciudad bajo este diluvio o espero a que el agua desarrolle transporte público propio.

La explicación era sencilla. Aun así, el café que Inés había recogido de la primera mesa ya estaba frío y el paraguas seguía dejando un pequeño charco bajo la silla.

Nora no supo por qué reparó en esos detalles.

Quizá llevaba allí más tiempo del que decía.

Una sospecha no bastaba para convertirla en peligrosa, del mismo modo que una voz amable no bastaba para volverla segura.

Nora no se decidió por ninguna de las dos posibilidades.

—Vivo sola —continuó Inés—. Tengo una habitación que no uso. Puedes pasar allí esta noche y marcharte mañana sin darme explicaciones. La puerta se cierra por dentro. Si la idea te parece tan mala como debería parecerte viniendo de una desconocida, no insistiré.

Nora sintió el peso del dinero repartido entre la ropa y el fondo de la bolsa, el dolor del hombro y el cansancio acumulado detrás de los ojos.

Pensó en Vicente, en la mano cerrada sobre el asa, y después en Elena escondiendo billetes entre paquetes de arroz para comprarle una oportunidad.

Aceptar ayuda podía ponerla en peligro. Rechazarla por principio tampoco garantizaba nada.

—Solo esta noche —dijo.

—Solo esta noche.

Inés la miró y sonrió y por una fracción de segundo esa sonrisa le resultó reconfortante. Entonces recogió el envoltorio, tiró los vasos y se colgó el bolso. Al levantarse, comprobó de nuevo el teléfono sin responder al mensaje que seguía esperando en la pantalla.

Salieron juntas de la terminal. Inés abrió el paraguas y se lo ofreció, pero Nora negó con la cabeza; prefería caminar a su lado y mantener las manos libres.

La lluvia había borrado casi por completo el otro extremo de la avenida.

Bajo el ruido del agua, la ciudad parecía no tener centro ni límites, solo calles que se prolongaban hacia lugares que Nora aún desconocía.

Nora ajustó la bolsa sobre el hombro sano y siguió a Inés hasta el paso de peatones.

Mientras esperaban, volvió a pensar en la explicación que acababa de darle y en la facilidad con que aquella mujer había aparecido justo cuando la necesitaba.

No sabía si Inés le había contado toda la verdad.

Sí sabía algo más sencillo: desde que había salido de casa, era la primera persona que había escuchado un no y lo había considerado suficiente.

Cuando el semáforo cambió, cruzó con ella bajo la lluvia.