La versión de Nora 3. Una desconocida bajo la lluvia
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3. Una desconocida bajo la lluvia

El autobús entró en la terminal cuando el día apenas se había levantado.

Bajo la cubierta de hormigón, las luces seguían encendidas y, más allá de los andenes, la lluvia borraba los edificios de enfrente hasta dejar los taxis reducidos a manchas amarillas que aparecían y desaparecían detrás del agua.

Nora esperó a que bajaran los otros tres pasajeros antes de levantarse.

Tenía una pierna dormida, el hombro dolorido por el golpe y el pañuelo de papel de los nudillos convertido en una tira húmeda y rosada.

El conductor abrió el compartimento lateral.

Nora estuvo a punto de decirle que su bolsa viajaba con ella, pero él ya se había inclinado para sacar dos maletas que nadie parecía reclamar.

Bajó despacio y, apenas tocó el suelo, comprendió que la ciudad no iba a darle tiempo para acostumbrarse.

Un altavoz anunció una salida desde un andén lejano, una persiana metálica se levantó con estrépito y varias personas pasaron a su lado sin mirarla, abriendo los paraguas antes de abandonar la cubierta. Todas parecían saber adónde iban.

Nora se apartó de la puerta del autobús.

Durante la última hora había imaginado la terminal como un lugar donde podría sentarse, orientarse y decidir qué hacer después.

No había previsto que también allí tendría la sensación de estorbar, como si incluso quedarse quieta unos minutos necesitara una justificación que no tenía.

Las señales indicaban aseos, cafetería, consignas y salidas en direcciones opuestas.

Eligió los aseos porque era el único destino que no exigía interactuar con nadie.

En el espejo, el corte de los nudillos parecía menos importante que durante la parada.

Se lavó con agua fría, retiró los restos del papel y comprobó que la herida ya no sangraba.

El hombro, en cambio, empezaba a teñirse de violeta alrededor del punto donde había golpeado contra el marco de la puerta de la cocina.

Bajó la manga antes de que la escena de la cocina volviera a aparecer en su cabeza.

No quería recorrer su propio cuerpo como un inventario de lo que Tomás podía seguir haciéndole incluso desde lejos.

Sacó el teléfono de la bolsa. Al encenderlo aparecieron cinco llamadas de número oculto, ninguna de Elena y un aviso de batería baja.

Sostuvo el aparato unos segundos, con el impulso de llamar a casa creciendo casi al mismo tiempo que el miedo.

Imaginó el teléfono de su madre sobre la mesa de la cocina, al alcance de Tomás, y volvió a apagarlo.

Después contó el dinero dentro de un cubículo cerrado: quinientos ochenta y tres euros y algunas monedas.

Separó treinta para aquel día y escondió el resto en tres lugares distintos, como había visto hacer a Elena durante años con cantidades mucho más pequeñas.

Cuando salió, la cafetería acababa de abrir.

Compró el café más barato y se instaló en una mesa desde la que veía las dos entradas.

El vaso de cartón le calentaba las manos, aunque el líquido sabía amargo y aguado.

En la pared había un plano de la ciudad lleno de líneas, nombres de barrios y símbolos que Nora no sabía interpretar en distancias reales.

Junto a las máquinas expendedoras, un panel de anuncios ofrecía habitaciones, empleos de limpieza, mudanzas económicas y préstamos inmediatos.

Copió tres números en la libreta. El alquiler más bajo se llevaba casi la mitad de lo que tenía y, además, exigía un mes de fianza, una cantidad que convertía tres líneas prometedoras en algo totalmente inalcanzable.

—No aceptan animales —dijo una voz a su espalda—, pero a las cucarachas no les cobran suplemento.

Nora cerró la libreta y se volvió. El hombre que había hablado rondaría los cincuenta.

Llevaba una cazadora impermeable demasiado fina para el frío, el pelo pegado a la frente y un manojo de llaves sujeto al cinturón.

Sonreía como si entre ellos existiera una confianza que Nora no recordaba haberle concedido.

—Conozco ese edificio —añadió, señalando el anuncio que acababa de copiar—. Lo reformaron deprisa. Las tuberías se rompen cada dos meses.

—Gracias.

Nora guardó la libreta dentro de la bolsa. El hombre, sin embargo, siguió allí. Miró el vaso casi vacío, después el equipaje, y ocupó la silla de enfrente sin pedir permiso.

—¿Acabas de llegar?

Ella no contestó. La cafetería empezaba a llenarse de pasajeros somnolientos, pero nadie prestaba atención a su mesa. El dependiente apilaba las tazas de café sobre la cafetera y una mujer arrastraba a dos niños hacia los andenes.

—No tienes que asustarte —dijo él—. Trabajo por aquí. Veo a mucha gente que llega sin saber dónde meterse. Mi hermana alquila una habitación. Limpia, cerca del centro y sin fianza. Veinte euros la noche hasta que encuentres algo.

La cifra resultaba lo bastante baja para que resultara tentadora y lo bastante alta para no parecer absurda.

Nora miró el manojo de llaves. Había siete u ocho, todas diferentes, además de una tarjeta de plástico sin nombre.

Se preguntó qué hacía un hombre que trabajaba en la terminal llevando las llaves de la casa de su hermana.

—Ya tengo alojamiento.

—Entonces no estarías mirando anuncios a estas horas.

Lo dijo con calma, casi con paciencia, y precisamente por eso Nora notó cómo la mentira se deshacía entre los dos. El hombre apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Cómo te llamas?

—No importa.

—Claro que importa. Yo soy Vicente.

Nora miró hacia el mostrador. El dependiente había desaparecido en la trastienda. Afuera, la lluvia golpeaba la cubierta con tanta fuerza que las voces de los avisos apenas se distinguían. Cogió la bolsa y se levantó.

—Tengo que irme.

—Espera, mujer. Solo intento ayudarte.

Vicente se levantó al mismo tiempo. No llegó a tocarla, pero se colocó entre ella y el pasillo de las mesas, dejando la salida más fácil a su espalda.

Le explicó que la habitación estaba a diez minutos, que podía verla sin compromiso y que tenía el coche al otro lado de la avenida.

Mientras hablaba, acortaba la distancia.

Olía a ropa mojada y a un perfume rancio que a Nora le recordó habitaciones cerradas.

—No voy a subir a ningún coche.

La sonrisa de Vicente se estrechó.

—No he dicho nada de subir. Primero la ves y luego decides.

—Ha dicho que el coche está al otro lado.

Vicente inclinó la cabeza. La precisión de Nora pareció decepcionarlo; había esperado que aceptara la versión nueva sin recordar la anterior.

—Tienes que aprender a dejarte ayudar. Una chica sola no puede ir desconfiando de todo el mundo.

Ella rodeó la mesa por el lado de la pared. Vicente le agarró el asa de la bolsa con un movimiento rápido que quiso hacer pasar por cortesía.

—Déjame, que vas cargada.

Nora tiró hacia sí. El hombro respondió con una punzada y, durante un instante, perdió fuerza suficiente para que él se quedara con parte del peso.

Desde fuera podía parecer cualquier cosa menos un ataque: una mano sujetando una bolsa, un hombre diciendo que se tranquilizara.

Pero ella le había pedido que la soltara y en cambio su mano seguía allí.

La manera en que Vicente pronunció aquella palabra le devolvió a la memoria la cocina de su casa. Tomás también ordenaba calma cuando necesitaba que la resistencia de los demás pareciera el verdadero problema.

—Suéltala.

La voz llegó desde detrás de Vicente. Él aflojó los dedos y Nora recuperó la bolsa de inmediato.

Una mujer se había detenido junto a la mesa con un paraguas cerrado en una mano y el teléfono en la otra.

Tendría unos treinta años. El cabello mojado se le pegaba a las mejillas y el bajo del abrigo estaba salpicado de agua, pero su postura no vacilaba.

Antes de mirar al hombre, comprobó que Nora seguía allí.

—Perdona el retraso —dijo—. La avenida está imposible.

Nora tardó un segundo en entender que la mujer fingía conocerla. No supo qué era peor: seguirle el juego o desconfiar de una desconocida que acababa de inventar una relación entre ambas sin preguntarle.

—Estábamos hablando —protestó Vicente.

—Ya. Desde fuera se veía una conversación preciosa.

La mujer levantó el teléfono. En la pantalla aparecía la parte trasera de un coche oscuro y una matrícula ampliada.

—También he fotografiado esto. Por si necesitamos pedirle a seguridad que compruebe quién lleva media hora acercándose a chicas que llegan solas.

El rostro de Vicente cambió. La sonrisa, sin embargo, no desapareció del todo.

—Estás confundida.

—Entonces no te importará explicárselo al vigilante.

La mujer señaló con la barbilla hacia el interior de la terminal. Vicente siguió el gesto y retrocedió un paso. Antes de marcharse, miró a Nora con una mezcla de desprecio y reproche, como si ella hubiera incumplido un acuerdo por permitir que otra persona interviniera.

—Luego no digas que nadie quiso ayudarte.

Se alejó bajo la cubierta y desapareció por la salida lateral. La mujer esperó hasta que el coche de la fotografía abandonó la fila de estacionamiento. Solo entonces guardó el teléfono.

—No te conozco —dijo—, pero me pareció un poco tarde para pedirte permiso cuando él ya tenía tu bolsa.

Nora apretó la bolsa contra el cuerpo.

—¿Cuánto tiempo llevabas escuchando?

—Lo suficiente para saber que no era su hermana la que alquilaba una habitación.

—No sabes eso.

—No. Tienes razón. —Aceptó la corrección sin molestarse—. Sé que intentó llevarte a un coche después de que le dijeras que no y que te quitó la bolsa de las manos. Con eso me basta.

Nora desconfiaba por naturaleza de cualquiera e intentó descifrar qué debía de haber detrás de aquella ayuda, intentó encontrar alguna explicación para que una desconocida se hubiera detenido cuando todos los demás habían seguido de largo.

La mujer no se acercó ni intentó tocarla.

Se limitó a señalar la mesa. El vaso de café se había volcado durante el forcejeo y un hilo oscuro caía ya hacia el suelo.