La versión de Nora 2. El último autobús #2
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2. El último autobús #2

No llegó a comprobar la matrícula. Su cuerpo ya había decidido.

Se volvió hacia el lateral del edificio, tropezó con el bordillo y corrió hasta ocultarse detrás de unos contenedores.

La bolsa se enganchó en una esquina de metal y tuvo que tirar con tanta fuerza que la tela crujió.

Algo afilado le rozó los nudillos. Solo notó el dolor cuando ya estaba agachada, con la espalda contra la pared y las dos manos apretadas sobre la boca para contener la respiración.

El coche avanzó unos metros.

Nora cerró los ojos y esperó el golpe de una puerta, los pasos de Tomás sobre la grava, su voz preguntando por ella con aquella educación impecable que reservaba para los desconocidos.

En vez de eso oyó un intermitente y, después, los neumáticos desplazando el agua.

Cuando se atrevió a asomarse, el vehículo se incorporaba a la carretera.

Bajo una farola alcanzó a ver una matrícula que no reconocía y, en el asiento del acompañante, el perfil de una mujer con un pañuelo rojo.

No era Tomás.

Tardó unos segundos en procesarlo. Nora continuó detrás de los contenedores, incapaz de incorporarse del todo, con el corazón golpeándole tan fuerte que cada latido parecía quitarle espacio para respirar.

Se repitió que había confundido un coche común con el de su padre, que cualquiera habría podido equivocarse bajo aquella lluvia.

Sabía que no era cierto. Otra persona quizá habría esperado a leer la matrícula.

Ella había corrido como si ya hubiese visto abrirse la puerta y a Tomás salir del coche.

Entonces le ardió la mano. Al levantarla descubrió una línea de sangre sobre los nudillos: poca cosa, un corte superficial producido por la chapa.

El olor le llegó mezclado con el aire húmedo y el calor metálico del autobús, una combinación de hierro mojado, gasóleo y ese fondo dulzón que siempre aparecía antes de que la sangre se secara.

La pared que tenía delante dejó de ser la pared.

Durante un instante vio una puerta de madera.

No era la puerta trasera de la casa ni ninguna otra que pudiera reconocer, sino una puerta oscura, hinchada por la humedad, con una mancha rojiza a la altura de sus ojos.

Tuvo la certeza de mirarla desde muy abajo.

Al otro lado, alguien respiraba con dificultad.

Una mano golpeó una vez la madera y dejó cuatro marcas incompletas.

La imagen desapareció antes de que Nora pudiera entender qué estaba viendo.

Volvió a encontrarse agachada junto a los contenedores, con el papel del baño pegado a los dedos y la lluvia salpicándole los zapatos. No sabía cuánto tiempo había pasado. Desde el aparcamiento, el conductor levantaba un brazo.

—¡Nos vamos!

Nora se incorporó demasiado rápido y tuvo que apoyarse en la pared.

Miró la puerta lateral del edificio y luego sus nudillos.

El corte era tan pequeño que no podía explicar la violencia de aquella imagen.

Sin embargo, la madera húmeda seguía en algún lugar de su memoria.

Sabía que aquello no era una invención suya, no era una jugada de su cerebro, pero era algo que su mente enseñaba y cerraba tan rápido porque sabía que no estaba preparada para mirar más allá.

Regresó al autobús. El conductor reparó en la mancha del pantalón y en la bolsa rasgada, aunque no hizo preguntas.

Nora se envolvió los nudillos con un pañuelo de papel limpio y volvió a su asiento.

Esta vez bajó la cortina de la ventana. Por la pequeña abertura comprobó que el aparcamiento quedaba atrás y que ningún coche los seguía.

El teléfono acumulaba otras dos llamadas de número oculto. No había ningún mensaje de Elena.

Nora lo apagó por primera vez desde que había salido de casa.

Sintió alivio, pero también una especie de caída.

Ya no podía llegarle la voz de Tomás, aunque tampoco el mensaje de que su madre estaba bien.

Guardó el teléfono en el fondo de la bolsa y cerró la cremallera.

Aquel silencio lo había elegido ella. Tendría que aprender a sostenerlo.

El viaje continuó durante horas. Nora durmió a intervalos breves y despertó cada vez que el autobús reducía la velocidad o algún pasajero se levantaba.

En uno de esos despertares descubrió que la mujer mayor había bajado; en otro, que los muchachos del fondo ya no se reían.

Las paradas, separadas por largos tramos de carretera, fueron vaciando el vehículo hasta dejar solo cuatro figuras dispersas bajo las luces de emergencia.

Poco antes del amanecer, el paisaje empezó a llenarse de edificios.

Primero aparecieron naves industriales, descampados y bloques de viviendas aislados; después llegaron avenidas anchas, semáforos y fachadas superpuestas hasta borrar la línea del horizonte.

La lluvia golpeaba el cristal con más fuerza que en el pueblo.

Nora levantó la cortina y contempló la ciudad acercarse sin reconocer una sola calle.

Había imaginado que la distancia produciría algún cambio inmediato, que recorrer suficientes kilómetros bastaría para aflojar el miedo.

Seguía, sin embargo, sentada con la bolsa contra el pecho, el hombro dolorido y una puerta manchada de sangre que se abría y se cerraba en su memoria sin llegar a mostrarle qué ocultaba.

El conductor anunció que la terminal era la siguiente parada.

Nora miró las luces extendidas bajo la lluvia. No tenía alojamiento, no conocía a nadie y llevaba menos de seiscientos euros para empezar una vida que aún no sabía cómo gestionar. Cuando el autobús se detuvo ante el primer semáforo de la ciudad, no pensó en regresar.