2. El último autobús
El autobús apareció al otro lado de la carretera cuando Nora todavía estaba a unos cincuenta metros de la marquesina.
Primero vio el reflejo de los faros sobre el asfalto mojado; después, el vehículo tomó la curva con una lentitud que, en aquel momento, le pareció casi deliberada.
Levantó un brazo y echó a correr. La bolsa de deporte apenas pesaba, pero el hombro lastimado protestaba con cada zancada y la llovizna se le metía en los ojos.
Aun así, siguió mirando hacia atrás hasta que las puertas se abrieron delante de ella.
—A la ciudad —dijo, inclinándose un poco para recuperar el aliento.
El conductor, un hombre de pelo gris que llevaba las mangas de la camisa remangadas pese al frío, señaló con la barbilla la máquina expendedora de billetes.
Nora sacó el sobre que le había dado Elena y lo mantuvo medio escondido entre los pliegues de la chaqueta mientras separaba el importe.
Contó mal dos veces. Le temblaban los dedos y las monedas, envueltas por su madre para que no hicieran ruido, se habían pegado unas a otras con la humedad.
—Solo ida —precisó el conductor.
Nora tardó un segundo en entender que no le estaba preguntando nada. De todos modos, respondió.
—Sí. Solo ida.
El billete salió con un chasquido. Nora lo recogió y el conductor le entregó el cambio sin volver a mirarla y cerró las puertas antes de que ella alcanzara el primer asiento.
El pueblo empezó a deslizarse al otro lado de las ventanillas: la gasolinera, el almacén de materiales, las primeras casas con las persianas ya bajadas.
Nora avanzó por el pasillo agarrándose a los respaldos.
Había siete pasajeros, todos dispersos, y nadie levantó la cabeza cuando eligió un asiento en la parte central, junto a la ventana.
Desde allí podía ver la puerta delantera y también el reflejo de cualquiera que se moviera detrás.
Se acomodó la bolsa sobre las rodillas. No quería dejarla en el maletero ni en el compartimento superior.
Dentro llevaba la ropa, los documentos, el cargador y todo lo que había conseguido sacar de la vida que acababa de abandonar.
Pensar en ella como una vida anterior le pareció exagerado mientras aún alcanzaba a distinguir, a lo lejos, la torre del campanario.
El teléfono vibró en el bolsillo interior de la chaqueta.
No hizo falta mirar la pantalla. Tomás llamaba siempre de la misma manera cuando quería que alguien entendiera que la espera también podía ser objeto de castigo: dejaba sonar hasta el final, contaba unos segundos y volvía a intentarlo.
La primera llamada se extinguió mientras el autobús cruzaba las últimas huertas.
La segunda empezó antes de que alcanzaran la rotonda de salida.
Nora sacó el teléfono. El nombre de su padre ocupaba la pantalla bajo una fotografía antigua que ella no recordaba haber elegido.
Tomás aparecía con una camisa clara y una sonrisa apenas insinuada, la expresión correcta de un hombre que sabía comportarse delante de testigos.
Nora pulsó el botón lateral para silenciar el sonido, pero no rechazó la llamada.
Se quedó mirando cómo el círculo verde insistía sobre la imagen.
Si tocaba la pantalla, incluso para colgar, tuvo la absurda sensación de que él sabría algo más: que tenía el teléfono en la mano, que estaba despierta, que había visto su nombre.
Cuando dejó de vibrar, aparecieron tres llamadas perdidas. Las dos primeras se habían producido mientras ella atravesaba las huertas. Tomás había descubierto la mentira de Elena mucho antes de lo que Nora había calculado.
Alzó la vista. El campanario ya no estaba.
El conductor apagó las luces principales y el interior del autobús quedó en una penumbra azulada.
Una mujer mayor dormía dos filas por delante, con la cabeza inclinada sobre una bolsa de tela; al fondo, dos muchachos compartían auriculares y se reían mirando un teléfono.
Nadie parecía estar huyendo de nada. A Nora le irritó aquella normalidad, aunque sabía que la rabia no iba dirigida contra ellos.
Era la facilidad con que el mundo seguía funcionando mientras Elena permanecía en casa, midiendo cada palabra para estirar una ventaja que quizá ya se había terminado.
Abrió el sobre debajo de la bolsa y contó los billetes despacio, esta vez sin equivocarse.
Después de pagar el viaje le quedaban algo menos de seiscientos euros.
Nunca había tenido tanto dinero propio y, sin embargo, ahora le pareció una cantidad frágil, capaz de desaparecer en pocos días entre una habitación, comida y un teléfono que Tomás no pudiera rastrear a través de las facturas familiares.
Necesitaba algún sitio donde dormir al llegar, aunque fuera solo aquella noche, y al día siguiente tendría que buscar trabajo.
Había llevado bandejas durante dos veranos en el bar de la plaza y limpiado habitaciones en una casa rural.
Era poco para llamar a aquello experiencia profesional, pero esperaba que bastara para que alguien la contratara sin hacer demasiadas preguntas.
El teléfono vibró una tercera vez y, casi enseguida, una cuarta.
No contestó. Tampoco lo apagó. Elena le había pedido que esperara a recibir un mensaje suyo, y esa posibilidad la mantenía unida al aparato con la misma fuerza con que quería librarse de las llamadas de Tomás.
Quitó el sonido por completo y bajó el brillo de la pantalla, como si reduciendo su luz pudiera reducir también la presencia de su padre.
El autobús dejó atrás la carretera comarcal y tomó una vía más ancha.
La lluvia arreció y las luces de los coches se estiraron sobre el cristal en líneas temblorosas.
Nora apoyó la frente en la ventanilla. El frío alivió durante unos segundos el dolor del hombro.
Al cerrar los ojos vio a Elena delante de la despensa, con la llave pequeña en la mano, y después la imaginó entrando en el dormitorio con una bandeja para convencer a Tomás de que su hija seguía arriba.
No sabía cuánto tiempo podía sostenerse una mentira dentro de aquella casa.
Allí todo terminaba apareciendo tarde o temprano: una moneda mal gastada, una llamada borrada, una mirada que había durado demasiado.
Otra vibración le recorrió el pecho. Esta vez era un mensaje.
VUELVE AHORA.
Las dos palabras estaban escritas en mayúsculas. Antes de que Nora terminara de leerlas apareció el aviso de otro mensaje.
TU MADRE VA A PAGAR ESTO.
El aire del autobús pareció volverse más espeso. Nora se incorporó y miró hacia el pasillo aun sabiendo que Tomás no podía estar allí. El conductor seguía con las dos manos sobre el volante. La mujer mayor continuaba dormida. Uno de los muchachos del fondo soltó una carcajada y Nora se sobresaltó.
El impulso de llamar a Elena fue tan inmediato que llegó a abrir la lista de contactos.
Se detuvo antes de tocar su nombre. Si su madre podía responder, ya le habría escrito; si Tomás tenía su teléfono, aquella llamada confirmaría que Nora seguía utilizando el suyo.
Recordó la instrucción exacta: no me llames hasta que yo te mande un mensaje.
Obedecerla ahora, cuando el miedo había dejado de ser una vaga amenaza y con los dos mensajes escritos en la pantalla, era mucho más difícil que haber cruzado la puerta de casa.
Hizo una captura de los mensajes sin saber todavía para qué serviría.
Después los archivó, bloqueó las llamadas de Tomás y anotó en una hoja de la libreta la hora a la que habían llegado.
El gesto era pequeño, casi ridículo frente a una amenaza, pero durante unos instantes le permitió convertir el miedo en algo registrable.
A las diez y cuarenta y siete, Tomás había amenazado a Elena por escrito.
Si algún día conseguía convencer a su madre de que lo denunciara, aquello existiría, podría ayudarla a demostrarlo.
La pantalla se encendió de nuevo. Número oculto.
Dejó que sonara hasta que volvió a quedar negra.
Más de una hora después, el conductor anunció una parada de quince minutos en un área de servicio.
Casi todos los pasajeros bajaron. Nora siguió sentada, mirando el rectángulo iluminado de la cafetería y las bombas de combustible bajo una cubierta de chapa.
Necesitaba ir al baño, pero abandonar el autobús no era una opción viable para ella.
Mientras permaneciera en su asiento, el viaje seguía avanzando.
Poner los pies en el suelo hacía que cualquier lugar pudiera parecer, de pronto, un punto desde el que regresar.
El conductor se puso la chaqueta.
—Tengo que cerrar —le dijo—. Quince minutos. No más.
Nora acabó bajando con la bolsa colgada del hombro sano.
Fuera olía a gasóleo, café recalentado y tierra mojada.
Había cuatro coches aparcados frente a la cafetería y un camión con el motor en marcha.
Caminó deprisa hacia los baños sin dejar de vigilar la carretera.
La luz blanca del interior acentuaba la suciedad de las baldosas, y el espejo le devolvió un rostro que parecía llevar varios días sin dormir: el pelo húmedo pegado a las sienes, los labios sin color, una sombra oscura bajo cada ojo.
Se lavó las manos y bebió agua del grifo.
Mientras se secaba con un papel áspero pensó que podía cambiarse de camiseta, recogerse el pelo, hacer cualquier cosa que la volviera menos reconocible.
Esa misma idea le habría parecido desproporcionada esa misma mañana.
Ahora examinaba cada detalle como si Tomás pudiera haber enviado una descripción suya a todas las estaciones de aquella carretera.
Al salir vio el coche.
Estaba parado junto a la entrada del aparcamiento, con las luces encendidas y el motor en marcha.
Era oscuro, del mismo tamaño y forma que el de su padre.
La lluvia deformaba lo que se veía a través del parabrisas, pero Nora distinguió la silueta de un hombre al volante y otra figura en el asiento del acompañante.