1. La casa en silencio #2
La sencillez de la respuesta hizo más daño que cualquier promesa.
Nora quiso enfadarse, decirle que aquello no era protegerla, sino obligarla a marcharse cargando con lo que le sucediera a ella.
Pero vio el enrojecimiento alrededor de la muñeca de Elena y la ampolla que empezaba a levantarse en su palma.
Su madre no le estaba pidiendo que la abandonara.
Le estaba ofreciendo la única salida que había conseguido preparar.
—Ven mañana —insistió Nora—. Cuando yo esté lejos, denúncialo y ven. Te llamaré desde otro número.
—No me llames hasta que yo te mande un mensaje.
—Mamá…
—No uses tu tarjeta. No le digas a nadie dónde estás. Y no vayas a casa de tu tía; es el primer sitio al que irá.
Cada instrucción demostraba cuánto llevaba Elena pensando en aquello sin que Nora lo advirtiera. De la bolsita de tela sacó el documento de identidad de su hija y la tarjeta sanitaria. Nora llevaba meses convencida de que Tomás los guardaba en el cajón de su escritorio.
—Los cogí esta mañana —dijo Elena—. Creo que sospecha que querías marcharte. Por eso ha preguntado por la mochila.
Arriba crujió el somier. Las dos levantaron la cabeza y esperaron. Luego llegó la tos de Tomás, áspera y profunda, seguida de un murmullo que ninguna de las dos entendió. Elena apagó la luz de la despensa. En la oscuridad buscó la mano de Nora y le cerró los dedos alrededor de los documentos.
—Prepara la bolsa. Yo vigilo.
Nora subió a su habitación pisando cerca de la pared, donde la madera gemía menos.
La puerta del dormitorio de sus padres estaba cerrada.
Detrás se oía la respiración irregular de Tomás, interrumpida de vez en cuando por un carraspeo.
Al pasar sintió el mismo miedo que ante un animal dormido: el silencio no lo volvía inofensivo, solo hacía más difícil saber cuándo iba a moverse.
Sacó la bolsa de deporte del armario. Metió dos pantalones, ropa interior, tres camisetas, un jersey, el cepillo de dientes y la libreta donde apuntaba sus gastos.
Al llegar a la fotografía del escritorio dudó.
En ella aparecían los tres durante una fiesta del pueblo, con las manos de Tomás apoyadas sobre los hombros de Elena y de Nora.
Cualquiera habría pensado que las abrazaba. Dejó la foto donde estaba.
Veintiún años cabían en una bolsa que apenas pesaba.
Se cambió la camiseta para tapar el enrojecimiento del hombro y guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta.
Antes de marcharse abrió el cajón de la mesilla, donde había una llave de casa, unas entradas viejas y un papel con contraseñas que Tomás no conocía.
Se llevó el papel. La llave se quedó sobre la madera.
No quería cargar con nada que pudiera hacerle pensar, ni siquiera por costumbre, que aquella salida era temporal.
Cuando bajó, Elena había limpiado la cocina y dejado un plato cubierto sobre la mesa, como si todavía fuera posible devolver la tarde a su sitio antes de que Tomás despertara.
Llevaba el pelo recogido y se había puesto crema en la comisura del labio.
A Nora le dolió más esa normalidad que el desorden que había visto al llegar.
—El último autobús sale dentro de poco —susurró Elena—. Ve por el camino de detrás de las huertas. No pases por la plaza hasta el final.
—Dime que vendrás.
Elena le sostuvo la mirada, pero no quiso mentirle.
—Te diré que salgas por esa puerta.
Nora dejó la bolsa en el suelo y la abrazó.
Su madre mantuvo al principio los brazos junto al cuerpo, rígidos por tantos años de aprender a no hacer ruido.
Después los levantó y la estrechó con una fuerza que Nora no le conocía.
Ninguna se despidió. Pronunciarlo habría convertido la marcha en algo definitivo y ninguna estaba preparada para hacerlo.
Quedaron el olor a jabón de la ropa de Elena, su respiración contra el cuello de Nora y una frase dicha tan bajo que casi desapareció bajo el zumbido del frigorífico.
—No vuelvas porque él te lo ordene.
Un golpe sonó arriba.
—¡Elena!
La voz de Tomás bajó por la escalera y llenó la casa. Elena separó a Nora, recogió la bolsa y se la puso entre las manos.
—Ahora.
Nora abrió la puerta trasera. El aire frío le golpeó la cara y le trajo olor a tierra húmeda y humo de chimeneas.
Se quedó un instante en el umbral, con un pie dentro de la casa y el otro sobre la losa del patio.
Toda su vida estaba al otro lado de aquella puerta.
También estaban allí todos los motivos por los que tenía que cruzarla.
—¿Dónde está tu hija? —oyó preguntar a Tomás.
—En su habitación —respondió Elena.
La mentira sonó serena, y Nora salió cerrando con cuidado para que el pestillo no golpeara.
Atravesó las huertas por el sendero que su madre le había indicado.
No llevaba paraguas y, cuando empezó a caer una llovizna fina que le mojaba el pelo, aceleró el paso.
Cada vez que una rama crujía imaginaba la puerta abriéndose a su espalda, los faros del coche barriendo el camino o la voz de Tomás pronunciando su nombre con aquella calma que siempre anunciaba algo peor. Nadie salió detrás de ella.
Desde la última curva volvió a ver la casa.
La ventana de la cocina formaba un rectángulo amarillo en mitad de la oscuridad; en el piso de arriba acababa de encenderse una luz.
Nora imaginó a Elena recogiendo el plato, respondiendo preguntas, calculando cuánto tiempo podría regalarle todavía.
Quiso regresar. El impulso fue tan fuerte que tuvo que detenerse y apretar los documentos contra el pecho para recordar que su madre no había guardado dinero durante meses para verla volver diez minutos después.
Siguió hasta la carretera. A lo lejos aparecieron las luces del autobús.
Nora echó a correr con la bolsa golpeándole la cadera.
No se despidió del pueblo, ni de la casa, ni de la vida que dejaba allí.
Si miraba demasiado tiempo hacia atrás, temía acabar confundiendo el miedo con la obligación de volver.