La versión de Nora
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1. La casa en silencio
PRIMERA PARTE · LA HUIDA
La casa no se quedaba en silencio cuando Tomás dejaba de gritar.
Entonces empezaba el momento de una falsa calma en la que los ruidos pequeños adquirían una presencia desmesurada: el zumbido del frigorífico, el goteo irregular del grifo de la cocina, la madera del pasillo que cedía bajo el peso de alguien al caminar.
Nora conocía aquella clase de quietud desde niña y sabía que presagiaba la continuación de nada bueno.
La tormenta seguía allí; solo estaba decidiendo hacia dónde moverse.
Aquella tarde, el primer golpe sonó mientras se quitaba los zapatos en la entrada.
Pero antes hubo un arrastre de patas sobre las baldosas, luego algo chocó contra la encimera y, al final, una respiración cortada que reconoció como la de su madre.
Nora se quedó inmóvil, con una zapatilla en la mano y la otra todavía puesta.
La puerta de la cocina estaba casi cerrada.
—Te he hecho una pregunta —dijo Tomás.
Hablaba bajo, como casi siempre al principio; nunca necesitaba levantar la voz.
Nora dejó las zapatillas junto al perchero y avanzó por el pasillo sin encender la luz.
Por la abertura vio una silla volcada y una bolsa de la compra desparramada por el suelo.
Elena, su madre, estaba junto al fregadero, apoyada con una mano en el mármol y echando el cuerpo hacia atrás, mientras su padre Tomás la sujetaba por la parte alta del brazo.
A sus pies, una taza rota dejaba escapar un hilillo de café.
—No lo sé —respondió Elena—. Ya te lo he dicho.
—Y yo te he dicho que no me mientas.
Los dedos de Tomás se cerraron un poco más.
Elena cerró los ojos apenas un instante, intentando negar lo que estaba ocurriendo.
Nora conocía bien esa manera de resistir: la barbilla baja, los hombros flojos, ninguna palabra que pudiera utilizarse después como provocación.
Durante años había confundido esa inmovilidad con resignación.
—Suéltala —se atrevió a decir Nora.
Tomás giró la cabeza despacio hacia la puerta. No pareció sorprendido al verla. Más bien parecía haber esperado que apareciera. Soltó a Elena, aunque siguió a su lado, y bajo la manga remangada empezó a dibujarse la marca de sus dedos.
—Mira quién ha decidido llegar a casa.
Nora no apartó la mirada. Tenía veintiún años, pero frente a él regresaba con una facilidad humillante a la niña que calculaba la distancia hasta una puerta y sabía, por la forma en que su padre dejaba las llaves, si aquella noche habría cena o convenía esperar a que se durmiera. Quiso retroceder. Consiguió no hacerlo.
—He salido a dar una vuelta.
—Has salido a dar una vuelta —repitió Tomás, demorándose en las palabras como si ya hubiera encontrado la mentira que buscaba—. ¿Con la mochila?
Nora miró hacia el recibidor. La mochila pequeña que utilizaba casi a diario colgaba del perchero, donde acababa de dejarla.
Dentro no había más que una botella de agua, una libreta y un jersey fino.
Aun así, la pregunta le secó la boca. Desde hacía dos semanas escondía otra bolsa, una vieja de deporte, al fondo del armario.
Había metido ropa y la había vuelto a sacar tres veces.
Ni siquiera ella sabía si estaba preparando una huida o tenía la misma sumisión que su madre.
—Siempre la llevo.
—Últimamente haces muchas cosas que antes no hacías.
Elena levantó la cara.
—Tomás, la cena está casi lista. Siéntate y te sirvo algo.
Él no respondió. Avanzó un paso hacia Nora y, con ese movimiento, la cocina pareció hacerse más pequeña.
A ella le costó respirar. Olía a tabaco negro y al licor que Tomás intentaba disimular con caramelos de menta.
Él levantó una mano y le apartó un mechón de la frente.
La delicadeza del gesto resultó ser peor que si le hubiera dado un puñetazo.
—Tú también estás aprendiendo a ocultarme cosas.
La yema del pulgar le rozó la sien. Nora contuvo el aire.
En los ojos de su padre no vio rabia, sino la seguridad de quien cree que puede atravesar cualquier límite y esperar a que sean los demás quienes pierdan el control.
Entendió que aquello ya no iba a terminar en Elena.
Tal vez no iba a ser esa tarde la del primer golpe, o quizá la agresión no fuera de la misma manera que con su madre, pero Tomás había empezado a mirarla a ella y no volvería a apartarla.
—No te oculto nada.
—Mírame cuando me hables.
Nora ya lo estaba mirando.
Elena cogió la sartén del fogón sin guante.
El metal le quemó la palma y la dejó caer en el fregadero con un estrépito que hizo vibrar los vasos del armario.
Tomás se volvió de inmediato. Durante un segundo pareció no comprender qué había pasado; después cruzó la cocina y empujó a Elena contra la encimera.
—¿No sabes hacer nada sin montar un espectáculo?
Nora se movió antes de pensarlo, le agarró la muñeca con ambas manos y tiró.
Tomás se liberó con un gesto rápido y la apartó de un revés con el antebrazo.
No llegó a darle en la cara, pero la lanzó contra el marco de la puerta.
El latigazo del golpe le recorrió el hombro y, durante un instante, pensó en cuántas veces habría sentido algo parecido su madre. La cocina quedó inmóvil.
Tomás la miró con una expresión extraña, sorprendido por lo que acababa de hacer.
Nora se llevó una mano al hombro y notó el latido bajo la piel.
Había imaginado muchas veces cómo sería ese primer golpe dirigido contra ella: violento, definitivo, imposible de explicar como un accidente.
Había resultado casi insignificante, un movimiento rápido que cualquiera podría minimizar al contarlo.
Eso fue precisamente lo que la asustó. No había necesitado furia.
A Tomás le había salido con naturalidad.
Elena se colocó entre los dos.
—Déjala.
—Apártate.
—La cena se ha quemado. Te prepararé otra cosa.
Tomás pasó la mirada de una a otra. La tensión le endureció la boca, aunque el cansancio y el alcohol parecieron pesar más que sus ganas de continuar. Recogió una de las naranjas del suelo, la dejó sobre la mesa con un golpe y se quitó la chaqueta.
—No quiero veros cuando me levante —dijo—. Y recoge esto.
Salió de la cocina sin prisas; sus pasos subieron por la escalera, recorrieron el piso de arriba y se detuvieron justo sobre sus cabezas.
Poco después se cerró la puerta del dormitorio.
Nora esperó el chirrido del somier, luego el golpe sordo de una bota contra el suelo y, después, el de la segunda.
Solo entonces el aire volvió a entrarle con normalidad.
Elena enderezó la silla usando la mano que no se había quemado y empezó a recoger los trozos de la taza.
—Déjalo —dijo Nora—. Mamá, déjalo.
—Si baja y lo ve así…
—Que lo vea.
Elena siguió sin responder. Puso los fragmentos sobre una hoja de periódico y secó el café con un paño.
Tenía el labio inferior abierto por dentro; cada vez que pasaba la lengua por la herida aparecía una sombra rojiza en la comisura.
Nora percibió el olor tenue del metal antes de ver la sangre y el estómago se le cerró.
Durante una fracción de segundo, la cocina perdió luz y la madera del marco pareció hincharse por la humedad.
Oyó una respiración que no pertenecía a ninguna de las dos.
Parpadeó hasta que todo volvió a su sitio, aunque le quedó un frío pegajoso en la nuca.
—Tenemos que llamar a alguien.
Elena dobló el periódico alrededor de los restos de cerámica.
—¿A quién?
—A la policía. A una vecina. A quien sea. No puedes seguir aquí.
—Habla más bajo.
—Siempre me dices lo mismo.
El reproche salió más duro de lo que Nora pretendía.
Elena se quedó quieta con el paquete de cristales en las manos.
No intentó defenderse ni recordó en voz alta todas las veces que Tomás había convertido los moratones en caídas y los gritos en una discusión doméstica.
Se limitó a mirarla. Y Nora encontró en su rostro algo que quizá no había sabido reconocer: una decisión agotada, aplazada hasta que apenas quedaba margen para seguir posponiéndola.
—Tú sí puedes marcharte —dijo Elena.
Nora tardó un momento en entenderla.
—¿Qué?
—Ahora. Antes de que despierte.
Elena tiró los cristales a la basura, se secó las manos en el delantal y salió al pasillo.
Nora la siguió hasta la despensa, un hueco estrecho bajo la escalera donde guardaban conservas, productos de limpieza y todo aquello que Tomás no utilizaba porque consideraba que no le correspondía.
Su madre cerró la puerta detrás de ellas, encendió la bombilla y el olor a jabón, patatas y humedad llenó el espacio.
De la caja donde guardaban las pinzas de tender, Elena sacó una llave pequeña.
Se arrodilló ante un armario bajo, retiró dos paquetes de arroz y abrió una chapa interior que Nora siempre había creído fija.
Detrás había un sobre doblado, un cargador de teléfono que Nora no reconoció y una bolsita de tela.
—Llevo guardándolo desde el invierno —explicó.
Nora abrió el sobre. Encontró billetes de veinte y de diez, algunos tan usados que casi habían perdido la rigidez, y varias monedas envueltas para impedir que sonaran al moverlas. No era una gran cantidad, pero sí mucho más de lo que Elena podía retirar sin que Tomás acabara notándolo.
—¿Cómo…?
—De la compra. De lo que me daba tu tía en Navidad. Vendí la pulsera de la abuela.
Nora cerró los dedos sobre el sobre.
—No voy a irme sin ti.
—Sí vas a hacerlo.
—Podemos salir las dos. Hay tiempo.
Elena negó con la cabeza. No había vacilación en el gesto. Era la negativa de alguien que había repetido aquella conversación a solas muchas noches.
—Si desaparecemos las dos, nos encontrará antes de que lleguemos a la carretera. A ti todavía te dejará llegar lejos porque pensará que volverás, que no sabes vivir sin esta casa. Yo me encargaré de que siga creyéndolo unas horas.
—Puede hacerte daño.
—También puede hacérmelo si te quedas.