Capítulo 20
Itzel
Soto desaparece de mi vida de golpe y noto su ausencia, pero en el buen sentido.
He ganado mucha tranquilidad sin él. Un tipo que ha estado demasiado tiempo intentando hacerse con mi restaurante no viene a despedirse.
Solo deja de estar. Aun así, sigo mirando la puerta cada vez que entra un hombre con canas y traje caro.
Un jueves de septiembre Sofía llega más tarde de lo habitual. Oigo la llave, los tacones en la madera, el ruido de dejar el bolso a la entrada.
—Soy socia —anuncia, corriendo hacia mí y saltándome encima.
Me lo cuenta a trozos, recostada en el sofá, con las piernas sobre mis muslos.
Que ha salido por los pelos, con una decisión muy dividida.
Que la han dejado fuera de la división de Comida y Bebidas, que es su especialidad, y que lo de Singapur ha quedado aplazado sin fecha.
Me cuenta orgullosa que Charlie la ha apoyado al final de la reunión y todo el mundo se ha callado, porque cuando Charlie habla, todos escuchan.
Me asegura que Edward ha salido tocado con todo esto, pero no hundido; los tíos como Edward no se hunden, solo esperan a la próxima oportunidad para clavarte un cuchillo por la espalda.
—O sea que has ganado —digo, apretando uno de sus pies.
—He ganado con un agujero en medio. Soy socia, pero a partir de ahora tendré que construir mi carrera profesional en un departamento que no es el que yo quería. Costará empezar de nuevo y tendré que ganarme el respeto de los demás. Va a ser duro —admite.
***
Por la mañana entro en la cocina antes que ella y abro la nevera por costumbre.
Y me detengo.
Hace meses, todo lo que había en esa nevera eran dos cajas de comida para llevar y una botella de agua con gas.
Ahora está llena. Llena del todo. Hay verduras frescas que compré ayer en el mercado, los huevos de gallinas criadas en libertad que le gustan a ella, mantequilla buena, un trozo de queso francés empezado. Comida de la de verdad.
Preparo unos huevos revueltos y unas tostadas mientras escucho a Sofía levantarse, luego el agua de la ducha, sus veinte minutos de siempre. Casco un huevo en el cuenco y pienso que tenemos pendiente lo de mi visado y que, si me lo deniegan, todo lo que hemos construido se nos va a la mierda.
Pero la cocina huele a desayuno para dos, así que bato los huevos, pongo dos platos en la mesa y espero a que salga.