La verdad que ocultas Capítulo 19
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Capítulo 19

Sofía

Solicito una cita con Charlie Hartwell para un martes a primera hora, pero no aviso a nadie de a qué voy, porque si lo hago, alguien intentará pararme, y esta vez no quiero que nadie me pare.

A sus ochenta y un años, sigue siendo de los primeros en entrar y eso que es el gran jefe.

—Vengo a contarte lo que hice —anuncio nada más entrar—. Quiero que lo sepas tú antes de presentarme ante el comité de ética.

Así que se lo cuento todo, sin suavizar.

Que usé lo que sabía de nuestro cliente para blindar el restaurante de mi mujer y que no se hiciese con él.

Le aseguro que no copié ningún documento confidencial ni filtré nada, aunque lo llevaba todo en la cabeza.

Admito que crucé la raya sabiendo lo que hacía y que entiendo perfectamente cualquier consecuencia que decida el comité, mi despido incluido, porque con el ascenso a socia ya no cuento.

Charlie me deja terminar. No toma notas, solamente asiente con las manos cruzadas sobre la mesa.

—¿Sabes lo que no veo nunca en esta firma?

—dice al fin, muy despacio—. Que alguien entre por su propio pie a mi despacho y me cuente lo que ha hecho mal.

Aquí la gente espera a que la pillen, eso cuando tenemos suerte, pero nadie confiesa nada —añade, haciendo una pausa que se me hace eterna—.

Eso no te va a salvar, como es lógico, pero la sinceridad es algo que valoro mucho.

Si se comete un error, es bueno que se admita.

Es lo único que me ofrece, buenas palabras. Ningún paracaídas, tampoco una promesa de que todo va a salir bien.

Salgo al pasillo temblando, pero más que de miedo es de alivio. Durante doce años, toda mi vida ha sido mi trabajo. Ahora resulta que puedo entrar en el despacho del gran jefe, soltarlo todo, y pesa menos de lo que yo me pensaba.

***

Itzel llama al telefonillo esa noche. No usa su llave y se me hace extraño verla sin nada en las manos, durante los meses que hemos vivido juntas, siempre que le abría la puerta traía algún táper con comida o al menos ingredientes para cocinar aquí.

—Solo vengo a decirte que lo siento mucho —suspira—.

La cagué contigo de la peor manera posible y quiero que sepas que entiendo perfectamente que no quieras ni verme.

Solo… solo espero que no te haya causado demasiados problemas en el trabajo.

Le he dicho a mi abogado que renuncio a presentar los papeles para el visado.

Me voy en enero. Lo que sí te puedo asegurar es que para mí, nuestro matrimonio ha sido real.

Empezó siendo solo un acuerdo, pero nunca he dejado de estar enamorada de ti, y creo que lo estaré siempre, aunque haya miles de kilómetros de distancia entre nosotras y no te vuelva a ver.

—Itzel, las dos hemos pasado meses callándonos cosas. Y fíjate cómo hemos acabado.

Da un paso hacia mí.

—Lo del visado. No lo hagas, quiero que lo presentes porque por mi parte, también hay un matrimonio de verdad, puede que no sea perfecto y admito que te costará que vuelva a confiar en ti del mismo modo, pero los matrimonios tienen sus puntos altos y bajos.

Me gustaría intentarlo, sin mentiras esta vez, sin esconder cosas.

Estos días sin ti han sido los peores de mi vida y no ha sido porque me pueda quedar sin trabajo, ha sido porque me quedaba sin ti.

—Sofía, si el funcionario piensa que todo esto es un montaje…

—Me lo ha dicho mi abogada, pero es que es un matrimonio de verdad. Al principio fue una farsa que nos ayudaba a las dos, ahora sí lo es.

Es la primera vez que veo a Itzel llorar.

—Pasa, por favor, no te quedes ahí, es tu casa —le recuerdo.

***

Una semana más tarde, su abogado nos sienta a las dos en su despacho y nos dispara preguntas como si fuese un funcionario con muy mala leche.

—¿De qué lado de la cama duerme cada una?

—Yo, del derecho —digo—. Ella, del izquierdo, pegada a la pared.

—¿Orden de la ducha por las mañanas?

—Ella primero —contesta Itzel—, porque Sofía tarda veinte minutos largos y yo aprovecho para preparar el desayuno.

—Bueno, salvo que sea fin de semana y nos duchemos juntas —interrumpo.

Respondemos sin problema, no solo porque llevamos meses haciendo vida real de pareja, sino porque en los años de universidad aprendimos un montón de cosas de la vida de la otra que son muy difíciles de fingir.

—Vais a estar bien —nos asegura el abogado—. Parecéis un matrimonio de verdad.

—¡Somos un matrimonio de verdad! —decimos casi al unísono.