Capítulo 18
Itzel
Llevo cinco noches durmiendo en el catre del cuartito de descanso de mi restaurante, con el zumbido de la cámara metiéndoseme por la pared. Debería alquilar un apartamento, pero una parte de mí se niega a aceptar que lo nuestro se ha acabado para siempre.
Así que me paso las noches repasando lo que ha ocurrido, buscando el momento exacto en que esto se torció, tratando de entender el motivo por el que no le dije lo de mi visado.
Y siempre acabo en el mismo punto. En todas las tardes en que decidí, yo solita, que Sofía estaba mejor sin conocer la verdad.
Y lo peor de todo es que mientras yo le escondía cosas, ella se jugaba su carrera por mi restaurante. Lo que más me revienta no es que me haya echado de su casa ahora que nuestro matrimonio era real, lo que me destroza es que me lo merezco.
***
Visito a mi abogado al día siguiente y su mirada cuando le cuento mi decisión ya me lo dice todo.
—No voy a presentar los documentos para el visado —anuncio, sentándome frente a él.
Alza las cejas sorprendido.
—¿Cómo que no?
—No pienso presentar nada que la salpique a ella. Ahora mismo es muy peligroso y no quiero que se vea metida en problemas por mi culpa, bastantes tiene ya por salvar mi restaurante —insisto.
Mi abogado aprieta los labios y se queda pensativo.
—Itzel —dice, bajando la voz—. Si no presentamos nada, la O-1B caduca en enero y no te puedes quedar en el país. Hablamos de empezar desde cero otra vez. ¿Eres consciente?
—Soy consciente.
—Te recuerdo que tienes dos restaurantes que empiezan a ir de maravilla —añade.
—Les buscaré una solución. Dejaré a Bruno al cargo, hablaremos cada noche por videollamada.
Mis últimos dieciséis años en el país pasan por mi mente como una película. Regresar al Reino Unido con las manos vacías, mis dos restaurantes, la vida entera que he levantado en esta ciudad. Todo cuelga de un visado que se acaba en enero.
Es raro. Llevo años con el miedo a que me echen si no consigo arreglar lo del visado y ahora que lo tengo casi encima me asusta menos que la idea de hacerle daño a Sofía.
—Déjalo caducar —zanjo—. Lo que venga, lo afronto yo sola como pueda, pero no voy a permitir que Sofía pueda meterse en más problemas por mi culpa.
—Es la peor decisión legal que te he visto tomar —dice mi abogado—. Y la más honesta de todas.
***
A las cuatro de la tarde, Cinza está en ese silencio bueno de antes del servicio, con los manteles puestos y el suelo recién fregado.
—Bruno. Deja eso un momento, por favor —murmuro, haciéndole una seña para que salga de la cocina y se siente en la barra conmigo.
Posa el cuchillo y se limpia las manos en el mandil.
—Te tengo que contar la verdad sobre Sofía y yo, porque no es justo para ti conocer solo la versión falsa y eres la persona en la que más confío.
Me mira con los ojos muy abiertos mientras le cuento que lo nuestro empezó como un trato.
Que yo necesitaba un matrimonio para no perder los papeles ni el restaurante y ella tenía sus motivos, y que firmamos un matrimonio de conveniencia, aunque llevábamos doce años sin vernos, desde la universidad.
Relato que por el camino nos enamoramos en serio, como en las películas, y que eso no solo no arregló nada, sino que lo estropeó todo.
Que fui una imbécil que le escondió información a la persona que la quería y que ahora a ella le ha costado su carrera y a mí el visado.
Que a partir de enero cuento con él para que se encargue de los dos restaurantes ya que yo tendré que irme del país.
Bruno no me interrumpe. Cuando termino, suelta el aire muy despacio.
—Joder, Itzel. Todo este tiempo. ¿Y por qué no me dijiste nada? Pensé que dormías en el catre porque habíais discutido.
—No sé por qué no te lo dije, supongo que por lo mismo que no se lo dije a ella. Porque soy idiota —admito, encogiéndome de hombros.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —pregunta.
—No lo sé —confieso con un soplido.
Y como no lo sé, me planto en el loft con las manos vacías.
Sin un gran gesto, sin un plato de comida o unas flores que es lo que hubiese hecho hace tan solo una semana.
Voy a decirle que lo siento, a secas, y voy a pedirle que me perdone y que sea mi esposa de verdad, al menos hasta el día que me echen del país.