Capítulo 17
Sofía
La abogada de inmigración de la firma para la que trabajo tiene el despacho en la planta seis. La he buscado yo, porque el abogado de Itzel no es mi abogado. He pedido cita con mi nombre, he pagado la minuta con mi tarjeta de crédito y me he sentado al otro lado de la mesa, en el lado del cliente.
Sé muy bien lo que se siente desde su lado. No tenía ni idea de lo que se sentía desde aquí.
Le suelto los hechos como un expediente mientras ella escucha y toma notas con un boli que apenas pinta.
—La buena noticia —dice al terminar— es que la petición no está presentada, así que no hay fraude. Hoy, legalmente, no habéis cometido ningún delito.
Debería notar algo parecido al alivio, pero no llega. Suena a absolución sin serlo.
—Voy a ser muy clara contigo. Que lo vuestro sea verdad o no es casi lo de menos.
No dudo de que quieras mucho a tu mujer.
El problema es el dibujo que se ve desde fuera.
Tienes un visado que se acaba en enero y una vía ya denegada.
Hay un formulario federal con tu nombre, redactado desde antes de la boda.
Y aun así, lo firmas. Si esto llega a una entrevista, el funcionario no ve a dos mujeres enamoradas.
Ve un calendario y a alguien que firmó sabiendo que estaba firmando un fraude —concluye, dejando el bolígrafo sobre la mesa.
Aprieto el medallón por debajo de la blusa sin darme cuenta.
—Vale. Me gustaría seguir adelante. ¿Hay alguna manera de arreglarlo? Documentación, declaraciones, lo que haga falta.
Me mira por encima de las gafas.
—La única defensa que sirve es que el matrimonio sea de verdad un matrimonio, y que se lo podáis demostrar al funcionario que os entreviste.
Una vida compartida, no un papel. Eso no se monta en un despacho.
Eso es lo que tenéis vosotras, solo que los tiempos del papeleo los habéis hecho mal desde el principio.
Me entran a la vez ganas de reírme y de vomitar.
***
El comité de ética me ha pedido una respuesta por escrito.
Quieren conocer mi versión de los hechos, dice el correo con una cortesía que asusta más que cualquier bronca.
Tengo el cuaderno amarillo abierto encima de la mesa, el rotulador destapado, y delante de mí dos caminos que conozco de memoria porque me he pasado doce años abriéndoselos a otros.
El primero es maquillarlo. Sé hacerlo, en eso no hay problema. Podría escribir esa carta en una hora y casi colaría. Llevo toda mi experiencia profesional cerrando ejercicios imposibles en un día. Escribo media frase, limpia y falsa. La tacho. Escribo otra. La tacho también.
El segundo camino es contar la verdad. Sentarme y poner lo que hice, por qué lo hice, y a quién protegía.
Y ahí me atasco de nuevo. Porque lo hice por mi mujer, por salvar su restaurante, para que mi cliente no se quedase con el local de la persona de la que me he enamorado.
Si lo cuento, pierdo el ascenso que llevo doce años persiguiendo y posiblemente me despidan. Si lo maquillo y cuela, sigo en la firma sabiendo que he mentido por escrito para salvar el cuello. Las dos opciones se cobran algo de mí.
Me quedo con el rotulador en la mano. La hoja sigue amarilla y vacía. La Sofía de hace un mes ya habría entregado algo, lo que fuera, con tal de no irse a casa con un asunto abierto. Hoy guardo el cuaderno en el cajón sin una línea escrita.
Llego al loft de noche y cuando entro, no tropiezo con sus zuecos.
Es extraño, he vivido sola en este loft durante años, y echo de menos sus zuecos a la entrada y la comida en una nevera que antes estaba vacía. Hasta la casa hace el ruido de las casas vacías: se escucha el zumbido de la nevera o el tic tac del reloj de pared mientras con Itzel no se escuchaba.
Me apoyo en la encimera con las dos manos. Quiero hacer lo de siempre. Quiero el cuaderno amarillo y la lista de columnas y los plazos.
No puedo porque no encuentro la manera de comprender lo que ocurrió.
Estaba enamorada de ella, quiero creer que ella también estaba enamorada de mí y en cambio me mintió, guardó una información clave sin decir nada.
Las dos nos aprovechamos de lo que un matrimonio de conveniencia podía ofrecernos, en eso somos iguales, pero yo fui de frente desde el principio.
Ella calló lo más importante y lo mantuvo callado durante meses mientras hacíamos el amor cada noche.
Y yo llevo toda la semana durmiendo a trozos. Me despierto sobre las cuatro con la mano estirada hacia su lado de la cama, buscando su cuerpo. Solo encuentro una sábana fría y ya no me vuelvo a dormir.