Capítulo 16
Itzel
Me la encuentro sentada en el suelo de la habitación de invitados, con la espalda pegada a la pared y los dos sobres abiertos en el regazo. La maleta está volcada y a Sofía está a punto de darle un ataque de ansiedad.
No necesito que me diga que lo ha leído. Me basta con ver su cara.
Llevo meses con esta confesión montada y sin atreverme a decir nada, dejándolo enfriar, sin encontrar nunca el momento adecuado. Anoche lo intenté. Hace un rato también. Y al final no ha hecho falta confesar nada porque ella misma lo ha visto.
En estos momentos me doy asco a mí misma.
—Sofía —suspiro.
Levanta la cabeza. No me grita, pero es mucho peor que si lo hiciera. Frente a mí hay una mujer reventada por dentro, sin la armadura profesional que se pone para trabajar.
Se levanta despacio, a duras penas. Recoge los dos sobres del regazo y camina hasta la cocina a trompicones. Allí, los va dejando sobre el mármol de la isla, uno al lado del otro, alineados. Yo camino detrás de ella y me quedo al otro lado, con la piedra fría entre las dos.
—Desde febrero —resopla—. Lo tenías preparado desde febrero. Con mi nombre puesto y todo, solo faltaba mi firma.
—Sí —admito.
—No me mientas más, por favor. Hoy no me mientas en nada. He tenido un día de mierda y no lo puedo soportar más.
—No voy a mentirte. Pregúntame lo que quieras —le aseguro.
Y se lo cuento todo, sin intentar suavizarlo.
Le cuento que mi visado O-1B caduca en enero.
Que la EB-1A, la del talento, me la denegaron hace tiempo y que por eso la última oportunidad de quedarme en el país de manera legal pasa por ella.
Le relato que fui a ver a un abogado especializado en este tipo de cosas y que me senté frente a él con las manos sudando.
Sus palabras fueron claras: matrimonio o el avión de vuelta al Reino Unido.
—Pero, ahora mismo, tú estás por delante del visado —confieso con un hilo de voz—. Puedes creerme o no, y espero que me creas, porque ahora mismo, lo más importante eres tú. Me he enamorado de verdad, no estoy fingiendo.
Sofía mira el formulario sobre el mármol. Pone un dedo encima, en la casilla del nombre, y lo deja ahí.
—¿Me juras que cada vez que hemos hecho el amor ha sido de verdad y no fingido? ¿Puedes prometerme que no lo has hecho para poder quedarte en el país?
—Te lo juro, de verdad, Sofía. No podría hacer algo así. Te quiero de verdad y fui una idiota por no decírtelo antes. Lo intenté alguna vez, pero siempre pasaba algo que me llevaba a posponerlo.
—Está bien, te creo —dice de pronto, y es casi peor que si me llamara mentirosa—. Esa es la putada, que te creo. Sé que me quieres y yo a ti. Hace meses que lo sé. Por eso esto me destroza por dentro, que no me lo hayas dicho cuando empezamos a ir en serio y dejamos de fingir.
—Entonces...
—No. —Levanta la mano—. No digas nada más, por favor. Hoy no estoy de humor.
Coge el formulario de la solicitud del visado I-130 y lo gira para que lo vea yo, como si no me supiera de memoria cada línea.
—¿Tú crees que esto es por tu visado? —pregunta, clavándome la mirada—.
Me importa una mierda el visado. ¿Me oyes?
Te habría firmado esto en febrero, en marzo, el día que me lo hubieras puesto delante con la verdad encima.
Si me dices desde el principio: “Sofía, me echan del país si no nos casamos y firmas este papel”.
Te habría dicho que sí antes de que terminaras la frase. Sin pensarlo.
—Lo sé —murmuro.
—No, no lo sabes, porque no me dejaste. Lo decidiste tú.
Un día. Y al siguiente otra vez, y al otro.
Decidiste tú sola qué parte de tu vida me dejabas conocer.
Decidiste cuánto peligro corría yo poniendo mi nombre en una petición federal sin que nadie me explicara qué demonios estaba firmando. Eso lo elegiste por las dos.
Aprieto el borde de la encimera y mis manos tiemblan.
—No te lo conté porque tenía miedo —admito—. Una vez que empecé a enamorarme de ti, estaba aterrorizada de que pensases que lo hacía solo por el visado.
—¿Y eso te parece quererme? —Niega con la cabeza, despacio—.
¿Decidir tú sola lo que yo puedo saber? ¿Enseñarme una parte y guardarte el resto?
Yo me he pasado la vida peleando para que nadie elija por mí, Itzel.
Para sentarme en mesas donde nadie me quería.
Y llego a casa, al único sitio del mundo donde bajo la guardia, y resulta que aquí también hay alguien decidiendo lo que puedo saber.
Tú. La última persona de la que me lo esperaba.
Se me cierra la garganta. Quiero defenderme y no tengo con qué. Todo lo que dice es cierto y es como si me clavaran un puñal en el pecho.
—Dime qué quieres que haga —se me escapa—. Si no quieres firmarlo llamo al abogado y me vuelvo al Reino Unido si hace falta. Lo entiendo, lo que tú me...
—¡Para! —murmura, cerrando los ojos un segundo—. ¿Lo ves? Otra vez. Tú decidiendo. No quiero que arregles nada esta noche. No puedo ni siquiera mirarte a la cara sin ver ese sobre. Necesito que te vayas.
Lo dice en un tono muy bajo, casi susurrando, sin un grito. Ojalá me gritara.
Me levanto temblando y me voy al cuarto de invitados a por la maleta.
A continuación, regreso a nuestro dormitorio y recojo algo de ropa en el armario.
Cuando salgo, desvío la mirada hacia la cocina.
Sofía sigue ahí, de pie, con los papeles delante y las manos planas sobre el mármol.
No me mira salir de la habitación. Yo tampoco le digo nada.
Todo lo que había que decir se ha dicho ya.
Cierro con cuidado, sujetando el pomo hasta el final para que no haga ruido. Como si quedara algo durmiendo dentro que no quisiera despertar.
En la calle es de madrugada y hace ese fresco de finales de verano. Me siento en el borde de la acera con la maleta entre las rodillas y saco el móvil para pedir un Uber, y me doy cuenta de que no tengo adónde decir que me lleven.