Capítulo 15
Sofía
Me llaman a la sala pequeña a las nueve y diez de la mañana, y solo con ese dato ya sé que algo anda mal.
En esta firma las salas grandes son para cerrar los tratos y dar las buenas noticias. La sala pequeña es para lo otro. Llevo doce años aprendiéndome ese tipo de cosas y nunca me había tocado sentarme de este lado de la mesa.
Edward preside. A su derecha, el consejero general, con una carpeta azul cerrada. Al fondo, en una silla algo retirada, sin papeles delante y sin abrir la boca, Charlie. Que Charlie esté aquí y que no esté presidiendo la reunión es lo que más miedo me da.
Edward pone el tema sobre la mesa con cautela.
—Conflicto de intereses —dice, clavándome la mirada.
Y a partir de ahí lo escucho todo desde un poco lejos, como si estuviese en el fondo de una piscina.
Philip Soto ha presentado una queja formal.
Me informan de que ha protestado diciendo que utilicé la información que tenía sobre su grupo de empresas en beneficio propio, para favorecer el restaurante de mi esposa.
—De momento, quedas fuera del cliente desde este mismo instante —anuncia Edward—. Y tu candidatura a socia queda en suspenso hasta que el comité de ética revise todo este asunto —añade, haciendo una pausa que se me hace eterna.
Me lo dice sin levantar la voz y sin disfrutarlo, al menos de forma aparente, aunque le conozco bien. Lleva rondando esto desde que estuvimos en Aspen, olfateándolo. Y ahora que Soto se lo ha servido en bandeja, no lo va a soltar.
Podría defenderme. Tengo la cabeza entrenada para esto, para encontrarle el fallo a cualquier acusación y meterle el dedo en un pequeño agujero hasta que se haga más grande.
Pero el problema es que esta vez es verdad.
Lo hice sabiendo lo que hacía. Y lo hice por mi mujer, porque lo que empezó siendo un matrimonio de conveniencia para ambas, se ha ido convirtiendo en algo real.
Observo a Charlie, busco en su cara algo que me dé una pista, lo que sea.
Pero no me da nada de nada. Ochenta y un años le han enseñado a no soltar absolutamente ni un dato que no quiera soltar.
“No lo estropees”, me dijo en la montaña.
Pues ya está. Lo he estropeado yo sola, y él lo veía venir antes que yo.
Busco el medallón por debajo de la blusa y aprieto.
Salgo de la sala con las piernas haciendo el paripé de que me sostienen, aunque estoy a punto de ceder y caerme al suelo.
Recojo el abrigo, actúo digna y me alejo.
Doce años levantando un prestigio profesional para mandarlo todo a la mierda en un abrir y cerrar de ojos.
Sin querer, pienso en Vivienne Park. En cómo la firma la tachó de “volátil” y la dejó caer, y en cómo me juré a los veintidós que a mí no me iba a ocurrir eso, que iba a ser tan impecable que no tendrían nunca por dónde cogerme.
Y aquí estoy. Al final me cogen por el único sitio por el que jamás se me ocurrió blindarme. Por querer a Itzel.
Cuando llego a casa de noche, estoy vacía por dentro.
Itzel me espera levantada y se pone de pie en cuanto oye la llave.
—Tienes una cara horrible —suspira, alzando las cejas—. Siéntate, anda, que tengo que contarte una cosa, y no puede esperar más, ya no.
—Ahora no, de verdad. —Me sale seco, como un portazo—. Ahora no, Itzel. Hoy no. Por favor.
Se le apaga la mirada y da un paso atrás. Y yo ni me detengo, porque tengo la cabeza puesta en una sola cosa: salvarme el culo del modo que sea. Si voy a pelear esto ante el comité de ética, necesito reconstruirlo entero. Cada papel, cada fecha.
Guardo las cuentas de su restaurante en el cuarto de invitados. Al sacar el archivador, tropiezo con su maleta y cae al suelo. Se abre y asoman dos sobres marrones con el membrete de un despacho de abogados. En uno de ellos asoma un visado EB-1A del departamento de inmigración.
La curiosidad me puede, aunque me gustaría no haber mirado más.
En cinco minutos me entero de que su visado caduca en enero y, por los informes de su abogado, la única vía que le queda es la del matrimonio.
Incluso hay un formulario con mi nombre en él, con todos los datos preparados para presentarse, sin firmar.
Se me hiela la sangre, porque la carta que lo acompaña está fechada en febrero.
Y de pronto, todas las ideas se ordenan en mi cabeza con una claridad que da asco. Lo fácil que resultó que aceptase mi oferta de un matrimonio de conveniencia. No estaba solo salvando su restaurante, estaba salvando su estancia en este país y ni siquiera lo mencionó.
Me enamoré de ella, luché por su restaurante mandando a la mierda mi carrera profesional y ahora me entero de que este papel lleva meses preparado, esperando solamente por mi firma.
Me quedo sentada en el suelo, sin apenas ser consciente del lugar en el que me encuentro, con los papeles del visado sobre el regazo. Levanto la vista y me la encuentro en la puerta, mirándome, sin decir nada.