La verdad que ocultas Capítulo 14
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Capítulo 14

Itzel

El restaurante nuevo lleva tres semanas con la sala llena y todavía tengo que pellizcarme al verla para convencerme a mí misma de que no estoy soñando.

El comedor que me imaginé entre serrín y cables colgando ahora tiene vida. Hay lista de espera y cientos de reseñas positivas. Lo que monté hace meses con miedo y dinero prestado aguanta de pie. Soto se quedó sin el restaurante, es mío y ya no se compra.

Esta misma mañana le he tenido que decir que no había sitio a un crítico que el año pasado no me habría cogido ni el teléfono.

Por una vez en mucho tiempo, respiro hondo y duermo bien por las noches.

Por desgracia, dura poco.

El jueves, al final del servicio, cuando solo quedan dos mesas terminando los postres, entra él.

Philip Soto cruza mi comedor como si lo hubiera pagado con su propio dinero, y se sienta en la barra sin que nadie lo invite. Bruno me busca con la mirada y yo le hago una seña con la barbilla: tú tranquilo.

Me seco las manos en el delantal y salgo. No le voy a dar el gusto de que me monte su numerito en mi propia casa sin tenerme delante.

—Señor Soto. ¡Cuánto honor! —saludo con ironía.

—Está muy bonito esto —murmura, estudiando con la mirada cada detalle—. De verdad, te ha quedado un restaurante precioso, Itzel. Una pena.

—¿Una pena por qué?

—Porque llevo dos años queriendo tu otro restaurante.

Y hace unos meses estaba a punto de conseguirlo.

Tenía localizada la deuda, tenía al banco de mi parte.

Y de un día para otro, todo cerrado. La deuda reestructurada.

Un inversor que sale de debajo de las piedras.

Una defensa de manual. De mi manual, para ser exactos.

Me sube el calor por el cuello y me arde la cara, pero no muevo un músculo, porque no pienso darle ese gusto.

—No tengo ni idea de qué hablas.

—Claro que lo sabes. La firma que me asesora puso una consultora nueva en mi cuenta esta primavera. Muy brillante, según dicen. Sofía Castellano. Seguro que te suena, porque me he enterado de que casualmente estás casada con ella.

Me quedo sin palabras, aunque trato de disimular lo mejor que puedo.

—Mi mujer no tiene nada que ver con que no te hayas podido quedar con mi local —gruño sin estar muy segura.

—Tu mujer se sentó en mis reuniones y leyó mis informes.

Aprendió cómo me muevo y dónde aprieto cuando quiero algo.

Y con eso, justo con eso, blindó este sitio para que yo no pudiera ni rozarlo.

—Se inclina sobre la barra de acero, bajando la voz de manera peligrosa—.

Eso tiene un nombre. Conflicto de intereses.

Y es robar a quien paga tu sueldo. Estoy seguro de que a sus jefes les va a encantar.

Quiero decir algo y no me sale. Cierro los puños sobre el delantal en un intento por calmarme, pero estoy temblando y creo que se me nota.

—Podía haberme olvidado de este restaurante —continúa—.

Un local más, un local menos, al fin y al cabo, qué más me da a mí.

—Se pone de pie, abrochándose la chaqueta sin prisa—.

Pero lo que no llevo nada bien es que me roben, así que esta mañana he tenido una charla muy larga con Edward Hartwell.

Le he llevado los papeles, le he mostrado las fechas.

Todo encaja solo, no he tenido ni que ayudar a que sacase sus conclusiones.

—¿Qué le va a pasar? —suspiro, porque ahora mismo ya no consigo ni pensar.

—¿A tu mujer? —pregunta mientras hace como que se lo piensa—. En su mundo, a quien hace lo que ha hecho ella se lo quitan de en medio. Doce años de carrera tirados a la basura. El ascenso que tenía al alcance de la mano —añade, chasqueando la lengua con desdén—. No le veo un buen otoño, la verdad.

Sonríe y me mira de arriba abajo con superioridad.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo? —dice, ya de salida—.

Que ella sabía perfectamente lo que se jugaba.

Lo sabía de sobra. Y lo hizo igual, por ti, para que conservaras todo esto —agrega mientras señala la sala con la cabeza—.

Eso es amor y lo demás cuentos. Ahora, se quedará sin trabajo y sin posibilidad de que ninguna otra firma de consultoría la contrate.

Me pregunto si ha valido la pena, seguro que ganaba un buen dinero y, desde luego, tenía un futuro prometedor según me han confirmado. Cuídate, Itzel.

Y se va, dejándome de pie en mitad de mi restaurante, temblando de la cabeza a los pies.

Me meto en la cámara, donde nadie me ve, y saco el móvil para llamar a Sofía. Buzón de voz. Lo intento de nuevo. Buzón de voz otra vez. Así que le dejo un mensaje.

Itzel: ¿Dónde estás? Llámame, por favor, es muy importante.

Empiezo a ver el panorama entero, y cada trazo me hace más daño que el anterior.

El dinero que apareció de la nada, el inversor “limpio, de los suyos”.

Lo fácil que fue todo, de un mes para otro, volver a respirar.

Yo me colgué la medalla. Mi cocina, la ciudad haciendo cola para cenar.

Y resulta que debajo de todo, callada, estaba ella.

Prendiéndole fuego a doce años de carrera y a su futuro para que yo abriese mi restaurante.

La he oído contar lo difícil que fue. Lo de Vivienne Park, la mujer que la apadrinó y a la que esa misma firma escupió por ser “volátil”. Las mil veces que llegó la primera al trabajo y se fue la última. Y ahora lo ha volado por los aires por mí.

Y no me dijo nada. Ni una palabra, ni una mísera pista.

Igual que yo no le he dicho lo que todavía guardo en mi maleta.

Me quedo sin aire. Tanto que debo apoyarme en la pared para no caer. Las dos hemos estado escondiendo cosas, solo que ella lo hizo por mí y yo no lo hice solo por ella, sino también por mí.

Y lo mío es mucho peor.

Cierro el restaurante yo misma y cojo un taxi. Durante el trayecto miro pasar la ciudad por la ventanilla sin llegar a verla, limpiando las lágrimas que ruedan por mis mejillas todo el camino.

Cuando llego al loft, no hay nadie. Sofía no ha vuelto.

En cuanto entre por la puerta, hecha trizas por lo que le ha caído encima por mi culpa, me siento con ella y se lo cuento todo. El visado. Enero. El formulario con su nombre esperando en una maleta.

Me lo prometo a mí misma sentada en la cocina a oscuras, y esta vez no es como las otras. Esta vez sé que, si vuelvo a callar después de lo que ella ha hecho por mí, ya no soy una cobarde con miedo. Soy algo mucho peor.