La verdad que ocultas Capítulo 13
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Capítulo 13

Sofía

En Aspen el aire se respira a medias porque estamos a más de dos mil metros y los pulmones no se llenan por mucho que lo intentes; metes una bocanada entera y te quedas con la idea de que algo se ha quedado fuera.

El retiro de socios es el mismo de todos los veranos.

Una casa enorme de troncos y cristal en la falda de la montaña, vistas que parecen sacadas de una postal, y cuarenta personas que se lo juegan todo fingiendo que han venido a caminar por el monte.

Hartwell esto se come, esto no, esto en Oaxaca se lo echan al caldo, y el socio principal, que no habla con casi nadie, parece encantado.

Me acerco a ellos en una curva y pillo al socio a media frase:

—¿Y por qué cocinas, Itzel?

Ella no se lo piensa.

—Porque es la única manera que tengo de cuidar a mucha gente a la vez sin hablar con nadie.

El socio suelta una risa seca, de esas que ese hombre reparte una vez al año como mucho.

Esa noche, en la cena, el sumiller saca una botella con mucha ceremonia y empieza a servirla.

—Esto es un Vega Sicilia Único, ¿verdad? —pregunta Itzel, ladeando la copa hacia la luz—. ¿Diez años?

El sumiller se queda con la etiqueta a medio enseñar.

—Doce, señora.

—Pues es un maridaje perfecto para la cena —añade con una sonrisa, y el hombre se va feliz de que alguien en la mesa sepa lo que tiene entre las manos.

La mesa se ríe, alguien aplaude bajito.

—¿De dónde la has sacado? —me pregunta una socia.

Yo me encojo de hombros como si no fuese para tanto, pero por dentro estoy que reviento.

Y entonces, en mitad de ese subidón, un socio mayor, de los de despacho grande y con ventanas, de los que votan en septiembre, se vuelve hacia mí con la copa en la mano.

—Sofía, tu mujer es la de Cinza, ¿verdad? Ese sitio de Brooklyn. Tengo entendido que Soto lleva una buena temporada detrás de ese restaurante. Con muchas ganas. Es curioso, ahora que te tenga a ti en su equipo.

Sé que lo dice más o menos por hablar. Por rellenar el hueco entre dos platos, pero no tiene ni idea de lo que acaba de poner sobre el mantel.

Sonrío con la cara que tengo entrenada para las malas noticias y digo una tontería.

—El mundo de la restauración es un pañuelo —murmuro, y me escondo un instante detrás de la copa. Pero la casa de troncos, que era enorme, se me queda pequeña.

Porque yo sé lo que ese socio no sabe: que adelanté la apertura del segundo restaurante con lo que leí en los papeles de Soto.

Sé que cobro del cazador por un lado y le escondo la presa por el otro.

Basta que alguien lo diga en voz alta en una cena como esta, una sola vez, para que se vea con claridad.

Busco a Edward sin querer, por la costumbre de saber siempre dónde está el peligro en una sala.

Está dos sillas más allá. Y está mirándome.

No la cara: las manos y el segundo de más que he tardado en contestar.

Cuando ve que lo he pillado, me levanta la copa con una sonrisa fácil y vuelve a su conversación. Pero ya lo ha notado. Lo conozco.

Con disimulo, busco el medallón de Santa Bárbara y aprieto, como cuando era cría y mi padre levantaba la voz en casa.

Cuando salgo al porche a por aire, antes de subir, Charlie está allí, solo, con su whisky y el frío de la noche de montaña.

—Es muy simpática tu mujer —dice sin girarse, mirando los picos negros contra el cielo—. Y auténtica, de las que ha tenido que ganarse todo en la vida a base de esfuerzo. Eso no abunda en esta casa. Llevo cincuenta años viendo subir gente a esta montaña, Sofía. No lo estropees.

No sé si habla de la lista, del matrimonio o de algo que ha visto y no piensa decir. Charlie suelta las frases así, peladas, y te deja a ti decidiendo de qué tienes que tener miedo.

—No pienso hacerlo —le aseguro.

—Eso decís todos —responde sin más, y vuelve a sus montañas.

Cuando subo a la habitación, Itzel está ya en la cama, con un libro que no lee. Me conoce. Sabe que algo me ha pasado entre el postre y el final de la cena.

—¿Qué ha sido? —pregunta—. En la cena. Se te ha apagado la cara de golpe.

Abre la puerta para que se lo cuente, y debería hacerlo. Debería sentarme en el borde del colchón y decirle: he hecho una cosa por ti que me puede costar muy caro, y esta noche he entendido lo cerca que está de salir a la luz.

Pero no lo hago, porque desde pequeña tengo ese miedo de que si las cosas se dicen en voz alta se vuelven reales, y esta noche no me quedan fuerzas para que sea real.

—Nada —miento—. Política de la casa. Gente midiéndose antes de la votación. Vamos a dormir, estoy cansada.

Itzel alza las cejas, no se lo cree, pero lo deja pasar. Cierra el libro y aparta el edredón de mi lado.

—Ven aquí, anda —dice, haciendo un gesto con la cabeza.