La verdad que ocultas Capítulo 11
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Capítulo 11

Sofía

La inauguración del nuevo restaurante sale casi perfecta.

Cuarenta cubiertos, ni uno más. Prensa amiga, gente del oficio, dos mesas de vecinos de Boerum Hill que Itzel ha querido sentar delante porque dice que el cariño del barrio es más importante que un crítico culinario. La cocina abierta al fondo echa vapor y ruido del bueno.

El problema era el calendario.

Lo leí en el plan de medios de Soto hace diez días: una apertura por todo lo alto en Brooklyn para uno de sus locales nuevos, la misma semana, con media prensa gastronómica de la ciudad reservada en exclusiva para taparle la boca a cualquiera que abriera cerca.

El nuevo restaurante de Itzel queda justo a tiro.

Soto ya no necesitaba comprarle la deuda si puede enterrarla el día que asoma la cabeza.

Así que moví la fecha. Adelanté la inauguración, llamé a mis contactos antes de que él cerrara los suyos, le abrí a Itzel la única noche que él no tenía preparada.

Y ha funcionado. La sala está llena, los móviles disparan fotos, mañana se hablará del restaurante en los sitios que importan y Soto abrirá su circo el jueves para unos periodistas que ya habrán escrito sobre este.

Crucé una línea sin ceremonia, casi sin darme cuenta. Me digo a mí misma que es algo manejable, que adelantar una apertura no es delito y que la nueva fecha podría haber sido simplemente una casualidad.

Pero me dedico justo a esto. Mi trabajo es encontrar el cabo que parecía suelto y tirar hasta que se desmonta una empresa entera. Si yo puedo verlo, hay otros que pueden verlo también.

Itzel sale de la cocina secándose las manos en el delantal y me busca con la mirada por encima de la sala. Cuando me encuentra, sonríe. Levanta dos dedos un poco manchados de salsa: dos minutos y soy tuya.

Y yo, que acabo de dejar mi carrera al borde de la mesa sin que ella lo sepa, levanto la copa en su dirección y le sonrío como si esta noche no me costara nada. Por ella lo volvería a hacer mañana y cualquier otro día.

—¿Qué te parece? —pregunta cuando llega a mi mesa.

—Que están todos comiendo callados y eso es que les gusta la comida —le aseguro.

Besa mi cabeza y se ríe contra mi pelo.

—Ponte a trabajar —le digo—. Ya hablamos en casa.

Llegamos al loft pasadas las dos de la madrugada, las dos molidas, oliendo a comida de la buena. Suelto los tacones junto a sus zuecos y hoy los dejo donde caen, ya sin pararme a pensar de quién es cada par o cuál es su lugar.

Me llevo las manos a la nuca para soltarme el moño e Itzel me detiene.

—Espera —dice, apartando mis dedos con los suyos—. Ya lo hago yo.

Me sienta en el borde de la cama. Se coloca detrás de mí, y empieza a sacarme las horquillas una a una, despacio, con esas manos que pican una cebolla en seis segundos y que ahora se mueven como si tuvieran toda la noche por delante.

—Quieta —murmura, cuando hago el amago de ayudarla—. Por una vez no hagas tú nada.

Y no hago nada. Solo cierro los ojos y noto salir cada horquilla. El pelo me cae por la espalda de golpe, libre. Ella me lo recoge con los dedos y lo va peinando hacia atrás, sin prisa, deshaciéndome despacio los nudos que el día me ha ido apretando en la cabeza.

—Con esos moños no sé cómo no te duele la cabeza —dice bajito, hundiéndome los pulgares en la nuca.

Me gira la cara con dos dedos en la barbilla y me besa lento, y ahí el mundo entero parece detenerse.

Esta vez no hay nervios, ni la risa floja de la primera noche. Hay otra cosa, más despacio y más segura. Esta noche sé que va a estar ahí cuando abra los ojos.

Y me dejo cuidar. Yo, que hasta en la cama quiero llevar el timón, que hasta queriendo a alguien lo hago con un plan.

Esta vez suelto el plan. Dejo que sus manos vayan por delante de las mías, que me bajen la cremallera del vestido, que sepan antes que yo dónde he ido amontonando el cansancio.

No voy un paso por delante de nada y no se me cae el mundo por no hacerlo.

Y en algún momento, con el peso de su cuerpo encima del mío y el pelo suelto desparramado por la almohada, me doy cuenta de que no me estoy reservando ni un rincón para mí sola. Y eso, en mí, no había ocurrido nunca.

Después se duerme con la cara en mi pecho y yo me quedo despierta a oscuras, por algún motivo mirando la mancha de luz que la farola de la calle deja en el techo.

Pienso en el calendario. En que el jueves Soto abrirá su restaurante medio vacío y alguien, en algún despacho, con tiempo y mala leche, podría preguntarse por qué el nuevo restaurante de Itzel se le adelantó justo el tiempo necesario.

Itzel mueve un pie dormida, frío, siempre tiene los pies fríos y lo engancha entre los míos, y yo me quedo quieta, sin moverme un milímetro para no despertarla.