La verdad que ocultas Capítulo 10
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Capítulo 10

Itzel

Por una vez, todo cuadra.

El dinero aguantó. Cerramos la reestructuración con el banco y entró el coinversor que me presentó Sofía, uno limpio, de los suyos, alguien que pone dinero porque cree en lo que yo cocino y no para apretarme el cuello.

Soto se ha quedado sin la llave de la puerta de atrás.

El segundo restaurante abre en unas semanas.

Esta tarde he estado en la obra, entre serrín y cables colgando del techo, y por primera vez he visto el comedor terminado dentro de mi cabeza: las mesas vestidas, la luz cayendo justo donde tiene que caer, la cocina abierta respirando al fondo.

Llego a casa flotando un palmo por encima del suelo.

Sofía ya está allí, descalza, con una camiseta vieja y el pelo suelto, y ha abierto una botella de vino de esas que guarda para una ocasión especial.

—Por Cinza —dice, levantando su copa.

Bebemos. Nos quedamos apoyadas en la isla, hombro con hombro, sin prisa por irnos a ningún cuarto. Le cuento lo de la obra, le dibujo el comedor en el aire, y ella me escucha con atención, como si lo que digo fuera a caer en un examen.

Y por una noche no pienso en lo que ocurrirá en enero si no consigo el visado.

Tampoco pienso en el sobre que continúa guardado en mi maleta o en lo que va a ocurrir cuando por fin se lo diga.

Llevo meses cargando un peso que no se ve, durmiendo con él, cocinando con él, y esta noche, con el vino y la obra casi terminada, lo dejo aparcado un rato.

Solo un rato. Pero hacía tanto que no lo soltaba que se me había olvidado lo ligero que se anda sin él.

Y en algún punto dejo de hablar.

Porque la estoy mirando y ella me está mirando a mí, y entre las dos ya no hay casi distancia.

—Itzel —dice, muy bajo.

—¿Qué?

—Esto que está pasando. —Se moja los labios, y no aparta los ojos—. No estamos fingiendo, ¿verdad?

—No —admito con un suspiro—. Al menos yo no estoy fingiendo nada. Llevo doce años sin fingir contigo.

Y nos besamos, despacio y sin guion. Nos besamos porque nos da la gana, porque nos apetece a ambas.

Nos vamos a su cuarto con torpeza, que tiene gracia a nuestra edad.

Le tiemblan los dedos cuando me sube la camiseta y a mí me tiemblan cuando le toco la cintura, esa cintura que sujeté el día de la boda igual que se sostiene algo prestado, y que ahora puedo sostener porque sí.

Nos reímos de nervios en pleno beso. Nos paramos a mirarnos a media luz, comprobando que las dos queremos esto, que ninguna lo hace por el contrato ni por un capricho.

Tiene la piel más suave de lo que recordaba. Le encuentro el medallón de Santa Bárbara colgando entre los pechos, ese que no se quita ni para dormir, y lo dejo donde está, apretado entre su piel y la mía.

Doce años de rodeo para llegar aquí y ahora no hay actuación ninguna.

Después se duerme con la cabeza apoyada sobre mi brazo, y yo me quedo despierta mirándole la cara a oscuras.

Está guapa dormida, sin el ceño con el que negocia con el mundo.

Le aparto un mechón de la cara con la mano que tengo libre.

La quiero. Lo sé desde la universidad, pero esta noche lo sé con el cuerpo entero, no solo con la memoria.

Pero tengo un sobre marrón en el fondo de una maleta a unos metros de aquí que dice que todo esto empezó con una mentira que nunca le he contado.

Y ahora el secreto ya no es lo único que pesa. Esta noche se ha entregado entera, sin reservas, fiándose de mí como no se ha fiado de nadie en años, y yo la he recibido con un secreto. Ocultarle algo a alguien que se duerme así sobre tu brazo cuesta mucho más que ocultárselo a una desconocida.

Así que hago un trato conmigo misma, en silencio, con su pelo entre mis dedos.

Después de la apertura del nuevo restaurante, cuando ya no parezca que se lo cuento para que me rescate, me siento con ella y se lo digo todo.

El visado. Enero. La EB-1A muerta. Su nombre en un formulario que ella no sabe que existe.

Todo. Aguanto unas semanas más y luego le abro la maleta y dejo de mentirle.

Me lo prometo como se prometen las cosas a las tres de la mañana, convencida de que esta vez será así.