La verdad que ocultas Capítulo 8
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Capítulo 8

Itzel

A la mañana siguiente, la llamada me pilla con las manos en la masa madre y el móvil en altavoz sobre la encimera de acero. Es Hannah, mi contacto en el banco. Lleva tres años llevándome la deuda de Cinza y nunca me llama por teléfono; siempre me escribe, así que es mala señal.

—Itzel, esto no debería contártelo yo, pero prefiero que lo sepas por mí. Ha entrado una oferta para comprar tu préstamo. En bloque. —Hace una pausa incómoda—. No te puedo dar el nombre del comprador.

No hace falta que me lo dé. Hay un solo hombre en esta ciudad con ganas de comprar una deuda que no es suya solo para tener la mano en mi cuello y poder apretarlo.

Saco las manos de la masa y me las limpio en el delantal dedo por dedo, despacio, mientras el mundo se me viene abajo.

Si Soto se queda con la deuda, puede reclamar el préstamo al primer retraso y apretarme hasta que vender sea la única salida que me quede abierta.

Lleva dos años queriendo Cinza. Ha dejado de pedírmela y ha ido directo a por la llave de la puerta de atrás.

—¿Cuánto tiempo tengo? —pregunto.

—Si la operación se cierra, semanas.

Lo primero que hago, sin pensarlo, es desbloquear la pantalla del móvil para buscar el número de Sofía. A continuación, decido no hacerlo.

Porque Sofía lo arreglaría, por supuesto que lo arreglaría.

Lleva semanas metida en mis números por las noches; le bastaría una llamada, pedir un favor de su gente, a una de esas redes que mueve sin despeinarse.

Y yo ya le debo demasiado. No le voy a deber también lo único que levanté yo sola, años antes de que ella volviera a aparecer en mi vida.

Soto puede comprar la deuda, pero la deuda es papel. Lo que no se compra es que la gente haga cola en la acera para cenar lo que yo cocino. Eso no está en venta y nunca lo estará.

Así que hago lo que suelo hacer cuando todo se viene abajo: me ato el delantal más fuerte y me vuelvo a los fogones.

Y esa semana cocino como hacía años que no me salía.

No me pongo a inventar platos para deslumbrar a nadie. Me agarro a lo que hace que Cinza sea Cinza y no otro sitio caro de moda. El mole que me enseñó mi abuela. El pescado que llega recién sacado del muelle.

Bruno lo nota. No sabe nada del visado, ni de las deudas. Tampoco conoce mi matrimonio falso con Sofía. Pero lleva ocho años a mi lado y me lee el cuerpo mejor que yo.

—Tengo un problema y se llama Philip Soto —admito con un largo soplido.

Mi abogado me llama al día siguiente por la mañana, justo cuando acabamos de desayunar y Sofía acaba de irse al trabajo.

—Ha llegado la respuesta del visado EB-1A —anuncia, y por cómo lo dice ya sé lo que va a decir antes de que termine—. La han denegado. En firme. Esa puerta la tienes cerrada, Itzel.

Me siento en un taburete de la isla. En la calle, un camión de la basura pita mientras da marcha atrás. El mundo entero ahí fuera hace sus cosas normales mientras a mí se me cierra la oportunidad de quedarme en el país.

—Entonces solo me queda… —no termino la frase.

—Solo queda que lo hables de una vez con Sofía y presentes la petición por matrimonio para poder quedarte —me recuerda—. Tu visado O-1B caduca en enero, y esa es la única salida que te queda para no hacer la maleta y regresar a Manchester o a México con tu madre.

Cuelgo y hago círculos con los dedos en las sienes.

Es una manía que tengo cuando algo me pasa por encima.

A continuación, me voy al cuarto de invitados, saco del fondo de la maleta los dos sobres y me quedo de pie mirándolos encima de la colcha.

Toda mi vida en este país cabe en un sobre marrón y depende ahora de una firma que no me atrevo a pedir.

Esa noche, cuando Sofía llega a casa, hay una olla de hierro colado en la encimera. Naranja, pesada como un yunque. La compré camino del restaurante, en una tienda del Village, sin pararme a pensarlo. Una olla de estas dura cincuenta años, es una olla para alguien que cuenta con quedarse.

Sofía pasa un dedo por el asa y me mira extrañada.

—¿Y esto?

—Una olla —respondo sin más, mientras le doy la espalda y pico ajo—. Esas duran toda la vida. Son ideales para los guisos largos.

No pregunta nada más. Pero se queda un buen rato alternando la mirada entre la olla y yo.

—Ven —le digo, para cambiar de tema y porque en realidad, me apetece tenerla cerca—. Te voy a enseñar a cortar una cebolla sin masacrarla. Llevo meses viéndote hacerlo como si te hubiera insultado o algo así.

Sofía se ríe, se quita la chaqueta del traje, se arremanga la blusa y se queda a mi lado. Le pongo media cebolla delante y un buen cuchillo en la mano.

Le enseño a colocar los dedos para hacer fuerza sin cortarse. Lo hace fatal, saca el pulgar, afloja el agarre, el cuchillo le baila por encima de la cebolla. Y entonces, sin pensarlo, hago lo que suelo hacer con los novatos: coloco mi mano sobre la suya y se la cierro en la posición correcta.

Y el mundo parece detenerse.

Mi mano sobre la suya, mis pechos pegados a su espalda.

Le noto el pulso en la muñeca, deprisa, y el mío contestándole al mismo ritmo.

Ninguna de las dos mueve la mano. La cebolla a medio cortar, el cuchillo parado sobre ella.

Las dos quietas, me bastaría girar la cara dos dedos para besarla.

Lo sé y ella también lo sabe; lo noto en su respiración.

—Así no te cortas —susurro a su oído antes de apartarme, porque si sigo pegada a su cuerpo sé que no podré resistirme.

—Ya lo pillo —suspira sin girarse, con los ojos todavía clavados en la cebolla.