Capítulo 7
Sofía
Itzel llega de Cinza pasadas las doce. Huele un poco a humo y a ajo, y la casa entera parece que se enchufa a la corriente cuando aparece. Cenamos en la isla de la cocina algo que ha traído del restaurante, hablamos un rato, nos miramos a los ojos más de lo habitual y nos vamos a la cama.
Cada una a su habitación.
Y esa noche hago algo que no había hecho antes. Me quedo de pie frente a la puerta cerrada, apoyando la palma plana sobre la madera, con los dedos abiertos, como si pudiera notar si ella sigue despierta a unos metros de mí. Me quedo así hasta que me da vergüenza de mí misma y me meto en la cama.
Son ya sesenta y tantas noches durmiendo cada una en su cuarto. Yo misma puse esa regla. Estaba en el guion. Y ahora la palma de mi mano se me va sola hacia ella.
Al día siguiente llego antes que ella y al entrar veo sus zuecos tirados junto a la puerta, uno de pie y otro de lado, como los deja siempre cuando entra con prisa, solo a soltar las cosas y volver a salir corriendo.
Me quito los tacones. Y, sin pensarlo, los coloco al lado de los suyos. Mis zapatos de tacón de aguja arrimados a unos zuecos de cocina con manchas de grasa en la puntera, los cuatro en fila contra el rodapié.
Me quedo mirándolos más de la cuenta y noto una sensación en la parte baja del vientre que prefiero ignorar.
Llevo tres semanas trabajando en los números de Cinza por las noches. El restaurante no está muerto, está mal gestionado y hace agua por varios sitios a la vez, que es diferente. Le calculo los costes de cada plato, el margen de beneficio. Incluso modifico su sistema de reservas.
Cuando levanto la vista de la pantalla, Itzel se ha quedado dormida en el sofá del salón, con un brazo colgando y un libro todavía en la mano. La tapo con la manta y regreso a las cuentas. Por algún motivo, la mentira de nuestro matrimonio pesa demasiado esta noche.
Al día siguiente, llama mi madre por teléfono y cuando mi madre llama por teléfono, las cosas siempre se complican.
—¿Cuándo pensabas decirme que te has casado? —suelta sin dejarme ni siquiera saludar—. Me he tenido que enterar por una foto en el Instagram de tu hermana.
—Mamá, se me pasó decírtelo. No es importante y…
—¿No es importante? Llego a Nueva York mañana. Quiero conocer a mi nuera. No te molestes en reservarme un hotel, me quedo en tu habitación de invitados, así tendremos más tiempo para hablar las tres —dice casi sin detenerse a respirar.
Cuelgo justo cuando Itzel sale del baño con el pelo mojado y me ve plantada con el móvil todavía en la mano.
—¿Quién era?
—Mi madre. Viene mañana. Quiere conocerte, y dice que se queda en el cuarto de invitados —resoplo.
Itzel se queda muy quieta. Las dos sabemos lo que eso significa, que el cuarto de invitados dejará de ser su habitación para ser la de mi madre durante unos días… y, sobre todo, que mi madre espera que nosotras durmamos en la misma cama.
—Vale —dice despacio—. Pues habrá que recibirla bien. Esto va a ser interesante —añade, alzando las cejas.