La verdad que ocultas Capítulo 6
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Capítulo 6

Itzel

A las tres de la madrugada el loft entero huele a chile y a chocolate, y por fin huele a algo.

Llevo varias horas con esto. Empecé cuando me di cuenta de que esta noche tampoco podría dormir y me quedaría mirando el techo del cuarto de invitados pensando en el beso del ascensor de hace tres días.

Así que me fui a la cocina y saqué los chiles.

Tostar, remojar, moler, colar. La cocina de lujo en la que nadie había trabajado antes nunca tiene ahora el quemador grande pintado de negro, y no me da ninguna pena habérselo ensuciado. Le hacía falta.

El mole negro no perdona las prisas. Más de treinta ingredientes entran en la olla, cada uno en su momento exacto o lo echas todo a perder.

Es uno de los platos más complicados que existen, pero si lo haces bien, es una maravilla.

Mi abuela me lo enseñó y ahora lo saco en una noche cuando necesito tener las manos ocupadas para no usarlas en otra cosa.

Estoy revolviendo con la cuchara de madera cuando se abre la puerta del pasillo.

Sofía aparece con una camiseta vieja y el pelo suelto, descalza, con los ojos a medio abrir.

Llevamos tres días sin mencionar lo del ascensor.

Tres días de saludos secos, de buenos días y de pásame eso y de hasta mañana.

Dándonos un trato de desconocidas que comparten un apartamento enorme, esquivándonos con un cuidado extremo.

—¿Qué hora es? —murmura extrañada al verme cocinar.

—Tarde. O pronto. Según se mire.

Se acerca y mira la olla, los cuencos con los chiles molidos, el plato con las almendras y el ajonjolí tostado, el desastre precioso que le he montado en esa encimera intacta.

—¿Eso huele a lo que creo?

—Mole negro —respondo y le acerco la cuchara sin pensarlo, soplando por encima para ponérsela en los labios.

Cierra los ojos al probarlo y se le escapa un sonido precioso, casi un gemido, bajo e involuntario.

—Joder, Itzel. Esto está…

—¿Verdad?

—¿Has estado cocinando toda la noche?

—No me dormía —confieso, encogiéndome de hombros.

Lo digo mirando a la olla, no a ella, porque las dos sabemos por qué no me podía dormir.

Sofía se sienta en un taburete de la isla. No regresa a su cuarto. Y ahí comprendo que esta noche es el momento adecuado para hablarlo. Que el mole negro era la excusa que mi cuerpo se inventó para estar despierta y vestida cuando ella saliera.

Apago el fuego y la olla sigue burbujeando sola un buen rato, despacio, como una respiración que tarda en calmarse.

—Lo de la cena del otro día —dice de pronto, mirando sus propias manos sobre el mármol—. La historia que contaste. La universidad, la fila del registro, el formulario.

—No inventé nada —le recuerdo.

—Lo sé, pero llevo tres días sin poder quitármelo de la cabeza. La contaste como si todavía te importara, como si lo recordases con mucho cariño a pesar de...

Me limpio las manos con un paño de cocina, más para quitar los nervios que porque lo necesite.

—Es que todavía me importa —confieso bajando la voz—.

Para mí significó mucho, Sofía. Fueron muchas cenas, yo en el fogón, tú corrigiéndome los apuntes, y yo pensando que con tenerte cerca me bastaba.

Pero sabes que no me bastaba, hasta que reuní el valor suficiente como para confesar lo que sentía por ti.

Sofía no se mueve. Cierra las manos en el mármol hasta que los nudillos se le quedan blancos.

—Y esa noche hicimos el amor.

—Sí, y a la mañana siguiente tú me dijiste que había sido el vino.

Que éramos amigas y que las amigas no cruzaban esas líneas.

Yo insistí y tú me pediste espacio. Lo hiciste con mucho cariño, eso sí.

Tú siempre con mucho cariño. Y yo hice la maleta y me fui.

Porque tú me lo pediste y yo te decía que sí a todo.

—Joder, Itzel…

—Llevo doce años con eso guardado. Así que cuando preguntas si lo de la cena era de verdad, o si esto —muevo la barbilla entre las dos— es teatro para tu empresa, ya tienes la respuesta.

Nunca ha habido teatro por mi parte. Ni en el City Hall, ni en aquella mesa con los socios, ni en el ascensor, ni ahora. Yo no sé hacer ese papel. Lo siento.

Espero que se levante y se encierre en su cuarto. Quizá que me dé las gracias por haber cocinado el mole, ella siempre muy educada, y luego cierre la puerta.

Pero no lo hace.

Toma aire de golpe y lo aguanta, como si fuese a tirarse a una piscina.

—Lo de aquella noche en la universidad. Lo vi venir desde meses antes. Me dije a mí misma que me pilló de sorpresa, que no me di cuenta de nada, pero es mentira. Lo veía cada vez que entrabas en aquella cocina. Y confieso que me daba un miedo de muerte.

Me quedo helada. La cuchara de palo gotea sobre la encimera, pero no la muevo.

—Te dije que solo éramos amigas porque estaba aterrada —confiesa, y ahora habla más bajo, casi para ella—.

Mis padres se acababan de divorciar y yo estaba muy confusa.

Cuando una situación me supera trato de controlarlo todo, cualquier variable.

Y a ti no te podía controlar. Tú eras justo lo que no entraba en el plan, porque yo también me había enamorado.

Así que te aparté. Te pedí espacio para no tener que enfrentarme a la realidad. Elegí con miedo. Y elegí mal.

Lo último lo dice tan bajito que casi me lo pierdo.

Nos quedamos mirándonos a los ojos por encima de la isla, ella en el taburete y yo de pie con el paño de cocina en la mano. Sería muy fácil dar un par de pasos hacia ella, pero lo que acabamos de decirnos merece quedarse limpio una noche al menos para que cale en nuestras mentes.

Así que no la beso. Y ella a mí tampoco. Solo nos quedamos quietas, cada una en su orilla de la isla.

Preparamos el café y me pide ayudar con las ollas del mole.

—Te ha quedado esto como la escena de un crimen —bromea, observando la encimera.

—El mole negro es así. Cuanto peor deja la cocina, mejor sabe —me defiendo.

—No pretenderás que lo friegue yo, ¿verdad?

—En el restaurante nunca friego, yo solo cocino, para eso soy la chef. Pruébalo y lo discútemelo después —ironizo con un guiño.

Me da un golpe en el brazo con un paño, se lo quito, hacemos como que forcejeamos un poquito como dos crías, y se nos escapa la risa.

Y justo ahí, con la guardia baja, me viene a la cabeza lo otro, lo que le estoy escondiendo.

Los dos sobres en el fondo de mi maleta. El borrador con su nombre sin firmar. Los papeles que necesito para quedarme en este país.

Cierro el grifo y abro la boca.

—Sofía.

—¿Mmm?

Está colocando la olla seca en el escurridor, de espaldas, totalmente relajada desde aquella noche que entró en mi restaurante para proponerme el loco acuerdo que tenemos entre manos.

—Nada —suspiro—. Que el café se ha quedado frío, voy a preparar más.

Me mira extrañada, frunce el ceño y lo deja pasar.

—Pues prepara más café, chef.

Le doy la espalda para que no vea que se me han humedecido los ojos. Fuera ya es de día, y yo sigo siendo la única de las dos que sabe lo que tenemos guardado en una maleta a diez metros de aquí.