La verdad que ocultas Capítulo 5
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Capítulo 5

Sofía

En el taxi, de camino a Park Avenue, le hago a Itzel el repaso que llevo dos días preparando.

Charlie Hartwell presidirá la mesa. Tiene ochenta y un años y no oye bien del lado izquierdo, así que, si puedes, siéntate a su derecha si vas a hablar con él.

Su mujer murió en otoño, es mejor que no preguntes por ella.

Edward estará pendiente de cualquier cosa que digas.

Asistirá también una de las socias, Beth, del departamento de Healthcare; con ella debes ser neutral.

Y si alguien pregunta cómo nos conocimos, tú sonríe y…

—Sofía —me interrumpe, colocando una mano en mi rodilla, sin apretar—. Para.

—Solo quiero que estés cómoda. Nada más.

—Llevo trabajando salas desde los veintidós años.

He dado de comer a críticos que podían cerrarme el restaurante con una frase y a millonarios que se creían dioses por pagar quinientos dólares por su cena.

Sé entrar en una habitación llena de gente importante.

Y te recuerdo que esto, justamente esto, era lo que te pedí que no hicieras.

No me prepares como si fuese una presentación de PowerPoint.

Me quedo en silencio. Fuera, las farolas pasan rayando el cristal, y yo acaricio sin darme cuenta el medallón de Santa Bárbara por debajo de la blusa hasta que el taxi se detiene.

La planta diecinueve es donde la firma cena cuando quiere recordarte lo pequeño que eres. Madera oscura y retratos de hombres muertos. Una mesa para veinte donde podría aterrizar un avión. Conozco esta sala, pero nunca me gustó.

Itzel se suelta en cuestión de minutos, se hace la dueña como si los retratos de la pared fueran sus invitados y no al revés.

Le pregunta a un socio por su hija, por su nombre en concreto, que ha pescado en otra conversación hace un cuarto de hora.

Aprecia el vino sin que se le note que sabe tanto como el sumiller, y cuando un tal Bricknell suelta una bobada sobre la mejor forma de preparar el plato que estamos cenando, ella no lo corrige.

Charlie Hartwell se ríe con ella, varias veces.

A la cuarta, Edward me busca con la mirada desde el otro extremo de la mesa, asiente, y por su cara entiendo que cuatro risas de Charlie en una misma noche es algo que no se había visto antes en esta firma.

Yo debería estar contenta. Al fin y al cabo, mi mujer está clavando el papel y el plan funciona a la perfección.

Lo que pasa es que no parece un papel.

—¿Y cómo os conocisteis? —pregunta la mujer de un socio, inclinada sobre su copa, encantada con nosotras.

Y ahí es donde se me forma un nudo en la garganta, porque Itzel cuenta la verdad.

Cuenta lo que ocurrió con todo lujo de detalles.

La fila del registro de novatos en la universidad, una chica de un barrio pobre de Manchester de madre mexicana y con un acento que nadie entendía y otra de Coral Gables que le ayudó con el formulario.

Recuerda que yo llevaba un jersey dos tallas más grande y que me reía tapándome la boca.

Cuenta cuatro años de cenas en una cocina compartida, ella experimentando con sus platos y yo haciéndole los deberes de economía a cambio.

Cada palabra es cierta. Y cada palabra cierta se clava en mi piel como una astilla fina, de esas que no ves, pero que notas días después al rozarte. Porque una mentira la habría podido escuchar tranquila. Esto me cuesta.

La escucho contar nuestra relación en la universidad con su voz y me doy cuenta de que no está adornando nada para la sala.

No exagera, no lo dulcifica. Solo lo dice, y resulta que lo nuestro contado en voz alta, sin retoques, es la historia más bonita de la mesa.

Eso es lo que de verdad me descoloca: que para quedar bien delante de estos buitres con corbata no haya tenido que inventarse a una pareja que no somos.

Le ha bastado con la que fuimos hace años.

La mesa entera parece enamorada de nosotras. Y yo doy vueltas al vino en mi copa para no llevarme otra vez la mano al medallón.

En algún momento, entre el postre y el café, alguien recuerda un nombre.

Margot Cole. Y luego, más bajo, Frankfurt.

Veo a Beth Mahadevan dejar el tenedor con mucho cuidado sobre el plato, sin ruido, y mirar a un punto fijo del mantel un segundo más de lo normal.

La conversación salta a otra cosa enseguida, con ese cuidado con que se cambia de tema cuando hay algo que nadie quiere nombrar.

Vuelvo a Itzel, y en ese instante me está mirando a mí, no a la galería.

Por algún motivo se me olvida Frankfurt y se me olvida casi todo.

En el taxi de vuelta regresamos calladas las dos, pero es un silencio distinto al de la ida.

Luego Itzel imita a Bricknell explicándole cómo preparar el plato de comida a una chef de renombre, con el ceño fruncido y el dedo en alto, y lo hace tan mal y a la vez tan bien que se me escapa una carcajada.

Y aquí está la cosa.

Me sale completamente sola, sin pensar. Como cuando me hacía reír en la universidad. Llevo años sin reírme así, porque tengo una risa para los clientes y otra para las fotos. Esta apenas la recordaba.

Itzel me observa, sonríe y me acaricia la rodilla. Es como si hubiese visto a mi verdadera yo por primera vez en toda la noche.

—Has estado increíble en la cena —admito.

—Ya lo sé —bromea—. Pero gracias.

El trayecto del ascensor hasta mi apartamento se hace un poco incómodo. El espacio es de pronto demasiado pequeño mientras el número rojo va cambiando.

Tengo en la cabeza el guion entero. Lo que toca es darle las buenas noches en el pasillo, cada una a su cuarto, sostener el metro de distancia entre nosotras. Es fácil. O debería serlo.

Tiene un rizo suelto en la sien y cuenta una nueva anécdota divertida de la cena.

Y en ese momento, al observar su sonrisa, me salto el guion.

Doy el paso que separa su cuerpo del mío y la beso. Le rodeo el cuello con la mano y la empujo contra el espejo del ascensor. Se queda un instante de piedra y luego me devuelve el beso con la mano abierta en la parte baja de mi espalda mientras cuela el muslo entre mis piernas.

Es un beso que ha permanecido guardado bajo llave durante doce años, archivado donde no daba la lata, con una etiqueta de peligro que ahora mismo se me ha olvidado.

El ascensor se detiene con un pitido y las puertas se abren en nuestro rellano.

Nos separamos casi con cuidado, respirando igual que si hubiésemos subido corriendo por las escaleras.

—Eso no estaba en el contrato —murmura, apoyando la frente sobre la mía.

—Lo sé —suspiro.

Nos quedamos así unos segundos, con la puerta del ascensor empeñada en cerrarse y volviéndose a abrir una y otra vez contra mi brazo. Y entonces hago lo de siempre. Lo único que sé hacer cuando algo me supera. Finjo que no ha pasado nada, salgo al rellano y giro la llave en la cerradura.

—Buenas noches, Itzel —digo, tratando de que mi voz no se quiebre.

Cada una a su cuarto. Como las noches anteriores.

Tumbada en mi cama, a oscuras, con su puerta cerrada al fondo del pasillo, me toco los labios con dos dedos y todavía me arden.