La verdad que ocultas Capítulo 4
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Capítulo 4

Itzel

La cocina del loft es preciosa y carísima, aunque Sofía no la ha utilizado nunca.

Abro la nevera por costumbre, porque una nevera te cuenta mucho sobre la persona que vive en una casa.

Esta me cuenta una pena. Seis botellas de agua y tres envases de pad thai del restaurante tailandés de la esquina.

Son pedidos de tres noches distintas, lo sé porque al abrirlos se nota en el estado de la salsa según el día.

Tres cenas de una persona que vive sola y que ni siquiera se sentó a comerlas.

Se me cierra la garganta y no por mí. Por ella.

Sofía mueve presupuestos de millones de dólares y no controla que su propia cena le llegue caliente o ni siquiera se molesta en cenar. Me gustaría llenar este frigorífico hasta que reviente y estrenar esta cocina con un plato especial.

Mis cosas las dejo en el cuarto de invitados, que es donde duermo a partir de ahora.

Dieciséis años en este país caben en tres cajas.

Lo coloco en el armario de una mujer con la que llevo casada cuarenta y ocho horas, y aun así pienso que es lo más parecido a un hogar que tengo desde hace años.

También recuerdo que estamos montando una farsa sobre algo que todavía no le he contado.

El secreto se me pega al cuerpo como la grasa fría en el fondo de una sartén que nadie ha fregado.

Cada día que lo callo se endurece un poco más y cuesta más rascarlo.

Mi abogado tiene razón. Tengo que sentarla con calma y contárselo de una vez.

El problema es que nunca encuentro el momento ni la valentía para hacerlo.

Una nueva llamada de Soto me revuelve el estómago. Después de cuatro días sin tener noticias suyas, casi pensaba que se había olvidado de mí.

—Itzel. Enhorabuena por la boda. Aunque un poco… repentina —saluda.

—¿Qué quieres, Philip?

—Solo quería felicitarte. Y decirte que un anillo no cambia lo que valen los números de Cinza. Bueno. Igual cambia las cuentas un poco. Un matrimonio mete dinero nuevo en la mesa, pero es mejor que hablemos antes de que ese dinero te haga creer que no necesitas venderme el restaurante.

Aprieto el teléfono hasta que mis nudillos se ponen blancos.

—Cinza no está en venta. No lo estaba el mes pasado y no lo está ahora que estoy casada. Deja de llamar de una vez.

—Todo el mundo vende, Itzel. Solo cambia el precio y el día —suelta mientras baja la voz—. Cuídate mucho.

***

Al día siguiente, en el despacho de mi abogado hay carpetas hasta en las sillas. Riku me sienta enfrente y gira la pantalla.

—Esto es solo un borrador. No lo he presentado y no voy a presentarlo todavía. Pero quiero que veas cómo queda, para que entiendas lo que estás manejando.

Formulario I-130. Petición de familiar. Y en la casilla de la cónyuge peticionaria, Sofía Castellano. Su nombre y su dirección, que ahora es también la mía. Toda Sofía metida en un formulario federal que ella no sabe que existe.

Me quedo mirando las palabras hasta que se emborronan. Su nombre es mi salvavidas. Su firma, el día que se la pida, es lo único que me separa de tener que hacer las maletas en enero para irme del país.

—Itzel, te repito lo de la otra noche y luego no te doy más la lata.

Yo no presento esto hasta que ella sepa, con todas las letras, que la inmigración es parte del trato.

No me vale un “se lo contaré”. Necesito que se lo cuentes cuanto antes.

Su firma en este papel os puede poner a las dos delante de un problema federal.

A ti te pueden echar del país y a ella le pueden quitar todo lo que ha construido.

—Lo sé.

—Y entonces… ¿Cuándo se lo dices?

Abro la boca para darle una fecha, pero no me sale ninguna. Pienso en la cara que va a poner cuando entienda que mi sí a su propuesta de matrimonio falso iba acompañado de una sorpresa que no le va a gustar. Pienso también en su hermana en la escalinata y en su advertencia.

—Se lo diré pronto —confirmo.

Riku me mira un rato largo. Luego imprime el borrador, lo mete en un sobre, le añade un segundo sobre con mi historial, las fechas del visado O-1B, la carta que explica por qué el resto de puertas se han cerrado, y me los desliza por la mesa.

—Pronto no es una fecha, Itzel y el tiempo corre.

Ese día llego a su loft antes que ella. Lo he calculado, y me odio un poco por haberlo hecho.

Los dos sobres me queman en el bolso. Sé que tendría que dejarlos encima de la encimera, esperar a que entre, servir dos copas y contárselo todo de una vez, como la persona adulta que se supone que soy.

Incluso lo ensayo de pie en mitad del salón.

“Sofía, siéntate, por favor. Hay algo que estoy ocultando pero que necesito contarte”.

Se lo digo en voz baja a las cortinas, para oír cómo suena.

Pero suena a perderlo todo de golpe.

Así que hago lo que llevo haciendo desde que era una niña cuando algo me da terror: lo escondo y espero a ver si se soluciona solo, como por arte de magia.

La llave gira en la puerta justo cuando salgo de esconder los papeles en mi maleta.

Sofía entra con el abrigo todavía puesto y los ojos cansados de doce horas de pantalla. Me ve venir por el pasillo con cara de preocupación o quizá de arrepentimiento.

—¿Ocurre algo? —pregunta.

—No, solo estaba guardando algunas cosas. Ya sabes, facturas del restaurante, papeleo, ese tipo de mierda. Un aburrimiento.

Creo que se me debe de notar, porque arruga un poco el ceño. Pero está agotada y confía en mí, y eso es lo que más daño me hace: que confíe en mí.

—Vale —dice mientras deja las llaves en el cuenco de la entrada—. ¿Has cenado?

—Te iba a preparar algo. Siempre pides comida de fuera, ya es hora de que cenes algo casero, no tardaré mucho —le aseguro.

Así que voy a esa cocina preciosa que nunca usa y enciendo por primera vez uno de esos fuegos que nadie enciende. Supongo que prepararle una cena decente es lo único honesto que me puedo permitir hacer esta noche.

Cenamos en los dos taburetes, hombro con hombro, hablando de Cinza y de su empresa y de nada en particular.

Se ríe de algo que digo. Se le suelta un mechón del recogido y no se lo coloca, y por un segundo se me olvida todo: el visado, los sobres, enero.

Solo está ella, riéndose de algo que he dicho como hacía hace doce años.

Trato de no recordar los sobres que guardo en el cuarto de invitados, pero están ahí. No se van a esfumar solo porque intente no pensar en ellos.