La verdad que ocultas Capítulo 3
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Capítulo 3

Sofía

Actúo rápido porque no hay tiempo que perder.

El acuerdo de estipulaciones prematrimoniales tiene once páginas que cubren cualquier eventualidad.

Bienes separados. Lo tuyo tuyo y lo mío mío.

Las cuentas no se mezclan nunca. Cada cláusula está donde tiene que estar, encajada como una pieza torneada a medida.

Pero lo que importa es el hueco, lo que no se puede poner por escrito. No hay fecha de disolución del matrimonio. No hay una cláusula de pago. En ningún sitio se menciona que esto se termina en unos meses porque pasaría a convertirse en una prueba.

Firmo en mi línea. Me sale igual que en mil contratos firmados antes que este, aunque por un segundo la mano se me queda quieta encima del papel, como si esperara que fuese a notar la diferencia. No la noto. O eso me digo a mí misma.

Ahora el tablero está montado, cada pieza en su sitio, cada variable atada con su nudo. Quedamos en que el anillo lo elegía yo, y me salto el diamante a propósito.

Puede parecer tonto, pero siempre tuve la idea de que un diamante es una promesa, y yo no estoy haciendo ninguna, así que compro un zafiro antiguo, de los años treinta, engastado en platino por un artesano que seguramente ya ni siquiera estará vivo.

Una piedra que ya ha vivido un matrimonio entero antes de llegar al mío.

Pesa poco. Lo cierro en la palma camino del taxi y el metal tarda en calentarse con mi mano, frío y terco, como la llave de una puerta que todavía no sé si quiero abrir.

Se lo doy a Itzel en la cocina de lo que será a partir de ahora nuestro loft, sin un discurso ni palabras bonitas, porque no hacen falta. Ella lo mira a contraluz y durante un instante me parece que va a decir algo. Abre la boca, la cierra, pero permanece en silencio.

Se lo pone en el dedo y reconozco que le queda bien. Y hay un momento, mientras estira la mano para verlo, en que vuelve a quedarse a medio camino de una frase. Lo achaco a los nervios. Incluso si es un matrimonio falso, las dos tenemos derecho a estar nerviosas.

—Mañana a las tres —le recuerdo—. En el City Hall. Cash será nuestro testigo.

Itzel solamente asiente.

Se lo cuento a Edward esa misma tarde, una vez que está todo cerrado menos la propia boda, y lo hago con la frase más corta que encuentro.

—Me caso mañana —suelto sin más.

Deja el bolígrafo sobre el escritorio muy despacio y alza las cejas.

—Vaya —suspira, reclinándose en su silla—. Enhorabuena. ¿La conozco?

—Itzel Whitfield. Es la chef del restaurante Cinza.

—Me han hablado maravillas de ese lugar —añade mientras asiente muy despacio con la cabeza—. Tráela a la cena de socios de abril, les gustará conocerla. Le diré a Charlie que lo incluya en la lista de restaurantes prioritarios para las comidas con los clientes. Me alegra verte… instalada.

Esa palabra otra vez. Instalada. La dice como si acabase de poner una cruz en la casilla que me faltaba, como si hubiese completado el formulario, y yo sonrío y le doy las gracias como una tonta.

En el fondo, estoy haciendo lo mismo, tacho un punto de mi lista, uno que me acerca un poco más a ser socia de la consultora.

Mi hermana Dani me llama esa misma noche y no me pregunta por qué no he invitado a nadie a la boda, ni por qué ella no sabía nada. Va directa al grano.

—¿La quieres?

Hago una pausa antes de responder mientras siento el frío de las baldosas de la cocina en mis pies descalzos. Sin querer, acaricio de nuevo entre los dedos el medallón de Santa Bárbara como cuando era niña y no quería que se me notara que mentía.

—Es complicado, Dani.

—Ya, bueno, complicado no creo que sea una respuesta —dice sin alzar la voz, y eso, en el caso de mi hermana, es peor que si gritara—. Una respuesta es sí o no. Incluso la quiero un poco. Complicado es lo que tú dices cuando no quieres decir nada o la respuesta te da miedo.

—Tengo que colgar.

—Voy a la boda —insiste antes de que pueda hacerlo—. No me lo discutas. Si mi hermana se casa en once minutos con una mujer de la que no me había hablado, pienso estar ahí para verle la cara. A las dos.

***

La boda en sí es como una cadena de montaje.

Lo sabía y aun así me sorprende: parejas haciendo cola y un funcionario que despacha vidas enteras en turnos de diez minutos.

Itzel llega con un vestido verde oscuro y el pelo suelto, rizándosele en las sienes, y por un segundo se me olvida para qué hemos venido a este lugar.

Cash ya está esperando, se ha puesto un buen traje y lleva una cámara de verdad colgada del cuello para las fotos, no el móvil.

—Por si acaso alguien quiere prueba de vida —bromea mientras me aprieta el hombro—. Estás blanca, Sofía. Respira.

Dani aparece en lo alto de la escalinata justo cuando vamos a entrar. Baja los escalones al galope y se planta delante de Itzel.

—Soy Daniela, la hermana de Sofía y tu futura cuñada —saluda extendiendo la mano, y luego se inclina hacia ella y le susurra al oído—: Lo que tengáis montado entre vosotras dos es asunto vuestro, pero si le haces daño a mi hermana, no tendrás sitio en el mundo para esconderte.

Que te quede claro antes de firmar nada.

Itzel le sostiene la mirada y alza las cejas. No se achanta.

—Clarísimo —responde.

Y justo entonces, en el último peldaño, con Cash ya empujando la puerta, Itzel se vuelve hacia mí y abre la boca de manera precipitada.

—Sofía, hay una cosa que debo…

—Whitfield, Castellano —canta el funcionario desde dentro—. Adelante.

Itzel chasquea la lengua como si estuviese decepcionada y se traga lo que sea que iba a decir. A continuación, me coge de la mano para entrar. Tiene la palma seca y caliente.

El funcionario lee un guion que ha leído otras diez mil veces y le pone la misma energía que pondría si anunciara paradas de metro.

Itzel dice “sí, quiero” mirándome a los ojos, y yo digo “sí, quiero” mirando un punto fijo en su clavícula, porque a los ojos no me atrevo.

Nos ponemos los anillos y el jodido zafiro antiguo le queda como si llevara esperándola desde que lo engarzaron.

Cuando el hombre dice lo de besar a la novia, ninguna de las dos se mueve. Cash carraspea. El funcionario, que ya ha visto de todo, pasa página y nos acerca el bolígrafo.

Firmamos. Su nombre y el mío ahora juntos en un registro de la ciudad de Nueva York. Esta vez la mano sí me tiembla un poco, y odio que me tiemble, así que aprieto los dedos hasta que para.

Fuera, en la escalinata, Cash nos coloca a las dos contra el muro de piedra para la foto. Dani nos mira con los brazos cruzados. Y justo cuando va a disparar, Itzel me rodea la cintura con el brazo sin pensarlo, con naturalidad, como si llevase años haciéndolo.

Yo miro a la cámara. Nerviosa.

Esa noche, en el loft, abro la foto de Cash en el móvil.

Itzel me está mirando. A mí, no a la cámara. Tiene la mano abierta sobre mi cintura, los dedos un poco separados, sujetándome como si le importase de verdad.

Me quedo con la foto delante un rato largo. La amplío en su cara, luego en su mano en mi cintura.

En esa foto parecemos justo lo que el comité de socios quiere ver: una futura socia que volverá cada noche a casa junto a su esposa. Al menos de cara a los demás, porque alguno de ellos luego hace lo que quiere a espaldas de su pareja.

La subo a mis redes sociales sin poner ningún comentario debajo.