La verdad que ocultas Capítulo 2
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Capítulo 2

Itzel

El último cubierto sale a las once y veinte y, por fin, la cocina vuelve a ser mía.

La actividad del restaurante se apaga del mismo modo que se apaga un fuego que has tenido bramando durante cuatro horas: primero el rugido y más tarde, cuando ya no queda nada que cocinar, solo el calor que te sigue subiendo por los brazos.

Bruno cierra la plancha y alguien pone música baja.

Yo me quedo de pie junto a la puerta, con un paño al hombro, mirando los cuarenta asientos vacíos de Cinza del mismo modo en que se mira una casa después de una fiesta.

Y justo entonces, se abre la puerta y entra ella.

Abrigo azul marino, el pelo recogido. Sofía Castellano entra en mi restaurante a las once y media de la noche, doce años después, sin avisar.

El cuerpo la reconoce de inmediato, a la cabeza le cuesta un poco más. Es algo que aprendes en una cocina: dónde están los bordes que queman. No miras, pero la mano sabe que ahí te vas a quemar. Y mi mano sabe que Sofía quema desde que tenía veintidós años.

—Está cerrado —suelto todo lo borde que puedo.

—Lo sé. No vengo a cenar. ¿Tienes diez minutos? No te quitaré más tiempo, te lo prometo.

Pongo dos tequilas sin preguntar, uno para ella y otro para mí, pero no me siento a su lado. Me apoyo enfrente, en mi terreno, con la barra de madera de por medio.

—Habla.

—No vengo a comprarte Cinza —es lo primero que dice mientras gira el vaso entre los dedos sin beber—.

Vengo a salvarla. Una inversión bien documentada.

Doscientos cincuenta mil dólares para empezar a respirar.

Reestructuro la deuda con el buitre que tienes encima antes de que lo pierdas todo, y meto a un inversor de mi red, limpio, alguien fiable que entiende que esto es un restaurante y no un activo para descuartizar.

Yo no digo nada, solo escucho, pero por dentro hago la misma cuenta que hago cada noche a las tres de la mañana cuando las preocupaciones no me dejan dormir, y por una vez los números no terminan en rojo.

—Y hay una cosa más —añade—. Conozco a Philip Soto. Sé cómo presiona, sé qué hace cuando huele sangre. Yo sé cómo se le bloquea.

Se me seca la boca. Soto. Claro que sabe lo de Soto porque ella lo sabe todo.

—¿Y tú qué sacas con todo esto? —pregunto, señalándola con la barbilla—. Porque te conozco bien y no creo que hayas cambiado en estos últimos años. Tú nunca haces nada sin sacar algo a cambio.

Ahora baja la voz, aunque ya no hay nadie.

—Un año de matrimonio —suelta sin más.

—¿Qué coño has dicho?

Se me atraganta la bebida y casi me ahogo, pero ella ni se inmuta.

—Necesito proyectar una vida asentada para el comité de socios de mi empresa. Un año, y luego lo deshacemos sin ruido, decimos que no funcionó y ya está. Nada de fechas en el contrato, nada de cláusulas.

Un año. Su apellido al lado del mío en un papel.

Y aquí está la primera de las dos cosas que no le voy a decir: que lo que me quita el sueño por las noches no son solamente los restaurantes y que la palabra “matrimonio” me acaba de salvar la vida.

—Vale —respondo con una calma que no siento—. Pero no en tus términos.

Lo negocio como afilo los cuchillos de cocina: despacio, contra la piedra, hasta que tiene filo o ya no sirve.

—Quiero el control creativo total de Cinza. Por escrito. El menú es mío y la sala es mía. A quien contrato lo decido yo, no tú. Tú pones el dinero, pero no entras en mi cocina ni para mirarla. Y tampoco tu inversor.

Sofía asiente, como si lo hubiera previsto. Tampoco le interesa entrar en una cocina para nada.

—Hecho.

—Quiero privacidad de verdad —añado, inclinándome sobre la barra—. No soy una de tus clientes, Sofía. No me vas a gestionar. Y lo que pase de la puerta de tu casa para adentro no se lo cuentas a nadie de tu firma. A nadie.

—De acuerdo también.

—Y un límite. Doscientos cincuenta mil, lo que has dicho, más la deuda. Hasta ahí. No quiero que un día me digas que “ya van casi ochocientos mil” y me lo cuelgues del cuello como una correa. Cinza la levanto yo con tu colchón debajo, no la levantas tú.

Por primera vez parpadea. No esperaba que le pusiera techo a su propio dinero. La gente de su mundo quiere más hasta tomar el control; yo le estoy pidiendo menos, y eso la descoloca más que cualquier cifra.

—Eres la primera persona que me regatea a la baja —murmura.

—Espero ser la primera persona que se casa contigo de mentira —gruño.

Nos quedamos en silencio. El tequila sigue sin tocarse en su vaso. Y entonces pongo la única condición que no es de dinero ni de papeles.

—Lo que ocurrió en la universidad —suspiro—. Lo que ocurrió aquella noche, lo que no nos dijimos, todo. Lo hablamos una sola vez y lo hablamos de verdad, mirándonos a los ojos. Y después lo enterramos para siempre y no se vuelve a tocar mientras dure esto. ¿Estás de acuerdo?

Se queda muy seria. Por un segundo se le cae la careta de consultora y debajo está la chica de diecinueve años que un día me llamó amiga porque era la única versión que sabía sostener.

—Una vez —repite—. Hecho.

Apura el tequila de un trago, como para sellar el trato, y se levanta. Al llegar a la puerta se gira.

—Mañana te mando a Cash con los papeles. —Y añade más bajo—: Gracias, Itzel.

A medianoche estoy sola en la cocina apagada y saco el móvil del bolsillo del delantal.

Hay una llamada perdida de un número que ya me sé de memoria. Soto. Otra vez. No deja mensaje; nunca lo deja. Lo borro.

Y en mi cabeza, los papeles que Sofía no ha visto.

El visado O-1B, el que me permite trabajar al ser una chef de renombre, se me muere en enero. Dieciséis años en este país que caducan después de Navidad. La EB-1A, mi última oportunidad, lleva meses sin concederse y mi abogado lo ve cada vez más negro.

Marco el número de Riku a pesar de la hora y responde al segundo tono, porque es de esa clase de abogados que duerme con el teléfono boca arriba.

—Es tarde —dice, sin reproche.

—Me voy a casar con una americana —suelto sin más.

Le escucho encender una lámpara.

—Itzel. Cuéntame exactamente qué quieres decir con eso.

Se lo cuento. O casi todo. El trato, el año de matrimonio, la relación previa con Sofía. Y Riku, que ha visto pasar mil historias por su despacho, hace la pregunta que yo temía.

—¿Ella sabe que esto te resuelve los papeles?

—Sabe que tengo visado, bueno supongo que lo sabe. No sabe que se me acaba. No sabe que es… parte de por qué he dicho que sí. La razón principal —confieso.

—Escúchame bien. Un matrimonio te abre las puertas para quedarte, esa es la parte buena.

Cierro los ojos y respiro por primera vez en semanas.

—¿Hay una parte mala?

—La parte mala es que yo no presento ningún papel con el nombre de esa mujer en una petición federal si ella no lo sabe.

Si lo presentamos y todo estalla, lo que tenéis encima deja de ser un divorcio y pasa a ser un delito federal.

Para las dos. A un oficial de inmigración no le va a importar cuánto os queráis o lo bien que fingís que os queréis.

Le va a importar qué sabía ella y en qué fecha lo supo.

Cuéntaselo, Itzel. Antes de la boda. Antes de que yo toque una tecla.

—Vale, se lo cuento —le aseguro.

Y lo digo de verdad. Lo único malo será encontrar el momento adecuado y soltarlo todo antes de que esto crezca.