La verdad que ocultas
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Capítulo 1
Sofía
Repaso la lista de los chefs invitados mientras un camarero me cambia la copa de vino llena por otra que tampoco pienso tocar.
El local es espectacular, lástima que nadie se fije en ello porque todo el mundo está demasiado ocupado mirándose entre sí.
Conozco esa coreografía. Sé en qué esquina se ríe Edward para que se le oiga, sé cuándo me toca acercarme y cuándo me toca desaparecer, o cuándo me toca reírme de un chiste que no me hace ninguna gracia.
Llevo años aprendiendo cómo trabajar salas llenas de gente con mucho dinero.
Lo que no esperaba es volver a ver ese nombre.
La tercera empezando por abajo. Itzel Whitfield: Restaurante Cinza. El color de la tinta no cambia, es del mismo gris discreto que todas las demás, y aun así el nombre salta de la página como si pretendiese darme una bofetada.
No levanto la cabeza. Eso es lo importante: no la busco.
Hay una cocina abierta al fondo, montada especialmente para la ocasión, y vapor subiendo bajo los focos.
Si giro doce grados a la izquierda probablemente la vea con una chaquetilla blanca y las pequeñas quemaduras en los antebrazos. Pero no me giro.
Sin pensarlo, me llevo la mano al pecho y noto, bajo la seda, el medallón de Santa Bárbara de mi abuela. Respiro contra él. Diez veces, como me enseñaron a hacer con cualquier cosa que se me escapa de las manos.
—Estás muy callada para alguien a quien le acaban de ofrecer la dirección de nuestra oficina en Singapur —escucho a mi derecha.
Edward aparece a mi lado con dos dedos de whisky y esa media sonrisa que reserva para cuando cree que me está haciendo un favor.
—Estoy trabajando la sala.
—Estás escondiéndote de la sala y eso es raro en ti —corrige, haciendo un brindis hacia ninguna parte—. Dieciocho meses, Sofía. Dieciocho meses en Singapur y vuelves con el despacho de la planta diecinueve esperándote. A tu edad yo habría matado por una oportunidad como esa.
—Lo estoy considerando.
—No lo consideres demasiado. El comité quiere gente… asentada. Que dé la sensación de permanencia. Ya sabes.
No dice nada más y tampoco necesita decirlo. Edward nunca firma con su nombre algo que puede dejar escrito en el aire para que lo firme yo.
Hay una mujer a la que no nombramos en la empresa y se llama Vivienne Park.
La tuve de mentora durante mi primer año.
Era la persona más brillante con la que he trabajado nunca, una mujer capaz de mirar la cuenta de resultados de una empresa y decirte, sin pestañear, en qué trimestre exacto iban a empezar a mentir.
Hace ya unos cuantos años, los socios decidieron que era “ volátil” .
Esa fue la palabra que eligieron. Volátil.
Una mujer que olía una mentira contable a tres trimestres de distancia, y a los socios les sobró con que cambiase de pareja demasiado a menudo para sus gustos.
La acompañaron a la puerta con un comunicado interno de cuatro líneas y un reloj de oro.
Yo tenía veintidós años y aprendí esa lección de memoria. En el sector en el que trabajo, para una mujer, ser brillante no basta. Hay que ser brillante y no dar miedo. Hay que ser brillante y parecer un mueble caro.
Una vida asentada. Una mujer que vuelve a casa cada noche después del trabajo con la misma pareja.
Edward no me pide que mienta, pero me pide que tenga buena imagen. Y yo llevo media vida puliendo mi imagen, así que sé exactamente cuánto cuesta.
Llego a mi loft en Tribeca pasada la una. Enciendo solo la lámpara del escritorio porque la luz grande hace que el sitio parezca aún más vacío de lo que está: un sofá, dos taburetes, cajas que llevan dos años sin abrir. La gente cree que vivo aquí, pero más bien aparco aquí entre vuelos.
Me quito los tacones, abro el portátil y hago lo único que sé hacer cuando algo me da miedo: lo convierto en un problema. Porque un problema puede resolverse por partes.
Abro una hoja de cálculo en blanco y encabezo la primera columna como encabezaría cualquier trabajo de consultoría que aterriza en mi mesa.
Criterios.
Escribo seis.
Uno: que no necesite mi dinero para que nadie pueda decir que compré la relación.
Dos: que tenga sus propias razones para querer llevarlo todo con una discreción extrema, porque un secreto solo aguanta si las dos partes sangran por él.
Tres: que sea creíble en una sala como la de esta noche sin que yo tenga que llevar todo el peso o inventar mentiras sofisticadas.
Cuatro: que me crea cuando le explique que es un acuerdo y solo un acuerdo.
Cinco: que tenga una salida limpia dentro de doce meses, para ambas.
Seis…
Me quedo con el cursor parpadeando en la fila seis un rato largo.
Seis: que pueda fiarme de ella con lo único que no cabe en ninguna columna de una hoja de cálculo. Esta es la parte más delicada: no puede convertirse en algo real pase lo que pase.
Releo la lista de arriba abajo, dos veces, con la misma frialdad con la que reviso los números de la hoja de resultados de una empresa. Y entonces se me cae el alma al suelo.
Porque no he construido seis criterios para encontrar a una candidata.
En realidad, he construido seis criterios para llegar a una en concreto.
Cada fila es una puerta que se cierra, y en la última, esperándome con los brazos cruzados como ha esperado siempre, está la única persona que lo cumple todo.
—Joder —digo en voz alta.
Llevo doce años intentando olvidar a Itzel Whitfield. Y mi propia cabeza, la herramienta que mejor manejo, acaba de pasarme su nombre por debajo de la puerta como si llevara toda la noche esperando.
Lo que hago a continuación es aún peor.
Abro las bases de datos de la firma y escribo Cinza en el buscador mientras noto que el corazón se me va a salir por la garganta. Está a punto de abrir un segundo restaurante y sangra dinero cada mes.
Los números saltan a la vista. La tesorería en rojo, y una deuda mal reestructurada con un prestamista que huele a buitre desde aquí. La nómina no da para tapar tantos agujeros.
Hago las cuentas sobre la marcha, porque a base de costumbre las sé hacer con los ojos cerrados. Poco más de sesenta días. A este ritmo, tiene poco más de sesenta días y Cinza cierra. Puede que algo menos, incluso.
Me quedo mirando la fila del saldo hasta que los dígitos se desdibujan. En algún sitio de esta ciudad, ahora mismo, Itzel tiene que ser consciente de ese problema, pero con peor información de la que yo dispongo porque siempre fue excelente en la cocina, pero un auténtico desastre con los números.
Yo, por mi parte, tengo el problema en una columna y la solución en la de al lado. Es obsceno lo limpio que es. Ella necesita ochocientos mil dólares para seguir con sus restaurantes abiertos. Yo necesito un matrimonio de conveniencia que sea creíble.
Cojo el móvil de la encimera antes de darme tiempo a ser razonable, porque si lo pienso con calma, jamás me metería en algo así. Son casi las dos de la mañana. Cash lo va a coger igual, porque Cash es la única persona en la firma que me coge el teléfono a las dos sin preguntarse nada.
—O alguien se ha muerto —dice con la voz pastosa por el sueño— o estás a punto de hacer una tontería gorda. Por tu bien espero que sea lo primero.
—Necesito que me digas que es una idea horrible —suspiro.
Le escucho incorporarse en la cama.
—Lo sé. Es la peor idea que he tenido en mi vida —admito por adelantado.
—¿Qué idea? Porque si no me la dices, difícilmente te podré dar mi opinión.
Abro la boca y noto de nuevo el medallón frío contra el pecho.
—Mañana te lo cuento —digo—. En persona. Y vas a intentar quitármelo de la cabeza. O con un poco de suerte, lo meditaré en sueños y yo misma me lo quitaré de la cabeza.
Escucho un suspiro largo. Conozco ese suspiro.
—Está bien, desayuno en la cafetería de la esquina —gruñe—. Tú pagas. Y Sofía… —hace una pausa—. Sea lo que sea, ya estás dentro, ¿verdad? Solo me has llamado para que haya un testigo y para que no pueda dormir.
Cuelgo sin contestarle, porque la respuesta es que sí.