La verdad imposible CAPÍTULO 18. DESCONEXIÓN.
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CAPÍTULO 18. DESCONEXIÓN.

M e desperté exhausta en medio de un bosque. «¿Qué ha pasado?»

A lo lejos, oía gritar mi nombre. Agudicé el oído, parecía la voz de mi padre.

​ —¡Papá! —grité aturdida.

Su voz se acercaba cada vez más, hasta que pude divisarlo entre los árboles.

​ —¡¿Estás bien?!¿Por qué corrías?

Le abracé.

​ —¿Tú estás bien? —pregunté nerviosa—. Tenemos que salir de aquí.

​ —¿Qué? ¿Por qué? ¿Hija, qué te pasa?

No entendía nada. A que venía esa pregunta. Debíamos huir de allí. Kellan Lowe se había hecho con el control del laboratorio y yo había conseguido huir.

​ —Es Kellan. Papá, tiene a Frank y creía que a ti también. Espera un momento, ¿Dónde está Fred?

La cara de mi padre no correspondía con las emociones que debía expresar. Era de estupefacción. No sabía porque me miraba de aquella manera.

​ —Mía, debemos regresar al laboratorio —dijo al tiempo que me cogía por los hombros—. Kellan Lowe está muerto.

​ —¿Qué?¡No! —añadí convencida—. ¿Dónde está Fred? ¿Y Frank?

Estaba muy nerviosa, pero también demasiado cansada. Obedecí.

Me tumbé y me dormí. Al despertar, fue como si hubiera estado soñando. Eric tenía la cara descompuesta. Algo no iba bien.

​ —¿Cómo estás? —preguntó dulcemente.

​ —Kellan Lowe apareció de repente en la casa. Y Tom se llevó a Frank. Me encerraron y retuvieron en el refugio de montaña, pero estalló una tormenta y un rayo abrió un agujero en la valla…y conseguí escapar.

Estaba exhausta. Hasta respirar suponía un esfuerzo y comencé a sentirme mal. Parpadeé varias veces. Miré a mi alrededor. ¿Aquello era un hospital? ¿Qué hacía yo allí? Y ¿por qué mi padre había desaparecido de repente?

Una enfermera entró en la habitación en la que me encontraba.

​ —Perdona, ¿dónde estamos? —pregunté— y, ¿qué es eso? —añadí sorprendida señalando a la bolsa con líquido que estaba a punto de inyectarme. ¿Por qué tengo un gotero? ¿Qué está pasando? —añadí aumentando visiblemente mi confusión y nerviosismo.

​ —Hola, María, estás en el hospital. Has tenido un brote, y te hemos sedado. Estarás un poco atontada, pero no te preocupes, es normal. Enseguida vendrá el doctor —contestó amablemente.

​ —No, no —dije aturdida—, ha debido haber un error, yo no me llamo María. Mi nombre es Mía, Mía Orduña. Por favor, compruébelo, se han equivocado —añadí con preocupación—. Busque a mi padre, estaba aquí hace un momento.

Al querer levantarme de la camilla, unas esposas me lo impidieron, incrementando mi agitación notablemente.

La enfermera solo asintió y salió de la habitación sin más explicación, cerrando con llave una pesada puerta blanca con un ojo de buey por el que vi que se asomaba. Grité para que volviera, había habido un error.

No lo hizo. ¿Qué estaba pasando? ¿Era una simulación?

Estaba desorientada. ¿Kellan había muerto?

¿Y Frank? Tenía un horrible presentimiento y una confusión descomunal mezclaba recuerdos en mi cabeza.

El experimento era capaz de crear y borrar recuerdos.

¿Estaba siendo sugestionada? ¿En que debía creer?

​ —¡Tengo que hablar con mi padre! —chillé infructuosamente—. ¡Quiero hablar con alguien! —añadí al momento con la misma respuesta.

Mi intranquilidad se convertía en furia, grité, forcejeé con las esposas hasta hacerme daño, traté de arrancarme aquel gotero que, sin duda, me administraba algún tipo de droga para mermar mi voluntad, pero todo fue en vano.

¿Qué estaba ocurriendo? ¡No me llamaba María!

¿Dónde estaba mi padre? Temía que esta vez las noticias iban a ser las peores.

La angustia me atenazaba por dentro y me sobresalté al oír el girar de unas llaves en la puerta.

Un hombre, de unos cincuenta y tantos, entró en la habitación acompañado de otro más joven que permaneció en segundo plano sosteniendo un portafolios y revisando los informes que parecía contener.

Tenían el semblante serio, aunque el menor parecía menos severo.

Ambos vestían bata blanca, de la que del bolsillo del pecho, colgaba un identificador que no alcancé a leer.

Todo parecía indicar que eran médicos, pero ya no me fiaba de las apariencias.

—Quiero ver a mi padre. ¿Dónde está?

—Hola, María…

—No me llamo María ¡joder! —me retorcí— ¿Dónde está mi padre? ¿Que habéis hecho con él?

Se miraron entre ellos y el joven añadió algo a boli en sus papeles. El mayor le susurró algo en el oído y permaneció observándome mientras el otro salía.

​ —Ya le hemos avisado y llegará tan pronto como le sea posible.

Su voz no era amenazante lo que, añadido a su mensaje, me tranquilizó momentáneamente. Aun así, mi situación evidenciaba de qué lado estaba.

​ —Sin mi padre no conseguiréis nada. No os diré nada.

Una enfermera entró en la habitación con el joven acompañante y añadió una sustancia al gotero que revisó y retocó, haciendo que la mezcla cayera más deprisa.

​ —¿Qué es eso?

​ —Tranquila, te sentará bien. Ya lo verás —añadió la enfermera.

Me miraba condescendiente. No me gustó, pero tenía razón, aquella mezcla hizo su efecto y dormí hasta que unas delicadas caricias en el pelo me devolvieron a aquella realidad.

​ —¡Papá! —intenté abrazarle— ¿Estás bien? ¿Qué está pasando? —pregunté mostrando las esposas.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Era inusual verle así de abatido.

​ —Dímelo —insté— es Fred ¿verdad? Se lo han llevado —afirmé con desesperación.

Eric me abrazó. Y ambos descargamos toda nuestra desesperación, frustración y miedos.

​ —María…

​ —¿Por qué me llamas María? —pregunté asustada escudriñando su reacción.

—¿Nos observan? —añadí en voz baja.

Efectivamente, en la esquina derecha, casi en el techo, un pequeño aparato negro vigilaba cada movimiento. Estaba acostumbrada a no tener libertad plena así que le dejé a él la iniciativa esperando alguna señal.

​ —Cariño, estás en el hospital. Has tenido un brote fuerte y te están haciendo pruebas. Ahora vendrá tú doctor para explicarte lo que hay que hacer ¿vale? Pronto te encontrarás mejor —concluyó besando mi frente y cogiéndome de la mano.

​ —¿De qué estás hablando? —pregunté sorprendida.

En sus palabras había verdad, y en su rostro, la misma mirada condescendiente de la enfermera. Me acariciaba tiernamente, pero no respondía a mis preguntas.

​ —Papá, por favor, dime algo.

Salió un momento. Estaba visiblemente emocionado. Y al tiempo que secaba sus lágrimas con la mano, asintió en respuesta de un “está tranquila”, que alguien preguntó acercándose a él.

Dieron varios pasos alejándose de la habitación, mientras que la misma enfermera entraba para comprobar mi pulso y tensión. Detrás de ella, alguien se acercó a mi cama.

​ —Hola, María. ¿Cómo te encuentras?

Mi corazón se desbocó. Era él.

​ —¡Frank!¡Mi amor! —lloré— ¿Dónde está Fred? ¿Está bien? ¿Estáis bien?

Mi padre entró de nuevo en la habitación. Pude observar que alguien le esperaba fuera. ¿Era Mía? Mi sonrisa se ampliaba incluso sin entender bien lo que ocurría. Estaba retenida, pero todos los demás iban y venían libremente.

​ —María —continuó sin señal de amor romántico ninguno— soy el doctor Francisco Fernández, soy tú médico, y llevo cinco años tratando tu enfermedad, ¿lo recuerdas?

​ —No —añadí sería— ¡No! Eres mi marido —sollocé—, y tenemos un hijo, Fred, Frederic Ferguson.

Mi tía entró también para abrazar a mi padre. Ambos expresaban tristeza y preocupación.

​ —¿Qué pasa aquí? —pregunté desorientada— ¿Papá? —añadí esperando una respuesta ausente— ¿Es la simulación? Estoy bajo los efectos de la luz azul, estáis llevando mi cerebro al límite ¿verdad? ¿O es Kellan? ¡¿O solo queréis volverme loca?! —grité a pleno pulmón.

Esa palabra resonó en mi interior. Loca.

¿Lo estaba? Desde luego, hacían que lo pareciera.

Y como aquella, aparecieron otras tantas palabras de golpe: brote, María, médico, enfermedad…

Todas resonaban dentro de mí. El laboratorio, la investigación, Kellan Lowe, Tom, Julia, Lukas, Fred…

y Frank. Ese Frank que tenía delante sin mostrar un solo signo de afecto más allá de una preocupación profesional… Era inaudito, era imposible.

​ —María —insistió el supuesto doctor—, si me dejas, quiero explicarte lo que te ocurre y lo que podemos hacer para que te encuentres mejor.

Lo miré absorta, como si estuviera hablando en otro idioma y traté de buscar porqués. Había demasiados cabos sueltos, y el contacto de su mano con la mía me devolvió a la habitación.

​ —Tienes un trastorno llamado esquizofrenia paranoide. Has tenido un brote psicótico que te ha producido alucinaciones y desconexión con la realidad. Te estamos administrando una nueva medicación para controlarlo y así hacer que puedas volver a tu vida normal.

Mi padre asentía pensativo detrás del supuesto doctor.

¿Mi vida normal? Mi vida normal era la que nadie parecía reconocer: la investigación, el laboratorio, el dominio del control cognitivo para evitar… Precisamente esto.

Cada palabra que ese desconocido Frank pronunciaba afianzaba la abominación que ese control suponía. Estaba claro que estaba siendo manipulada, y desde luego era muy real. Tanto que en algún momento llegué a flaquear.

¿Era posible estar afectada por una enfermedad que me hiciera pensar así? Tenía que comprobarlo. Tenía que utilizar mi inteligencia para demostrarles la verdad, pero si estaba dentro de una simulación, ¿para qué iba a servir?

¿Y si Kellan Lowe se hubiera hecho con el control de la simulación? ¿Y si fuera él, el que estuviera haciéndome creer que estoy loca? ¿Por qué? ¿Para qué? No sabía responder, pero no tenía muchas más alternativas.

​ —¿Como es mi vida normal, doctor? —pregunté mirando por la ventana enrejada a mi izquierda.

​ —Estabas estudiando, María —añadió mi padre—. Quieres ser médico en el futuro, y ayudar a la gente.

Sonreí. Eso no difería mucho del único objetivo que recordaba. Quizá ese fuera mi centro, la “o” de mi lemniscata… ayudar, o quizá fuera yo la que necesitaba, ayuda. Puede que ambas cosas fueran ciertas.

​ —¿Podría hacerlo desde aquí? Sin esto, claro —pregunté levantando mis manos esposadas—. ¿Cuánto tiempo estaré en el hospital?

​ —Vas a estar ingresada un tiempo para ver el efecto de la nueva medicación.

Estaba inquieta. Era difícil manejar la situación. Quería volver a mi verdadera realidad. Esta otra, era, sin duda, mucho peor.

​ —¿Podría tener acceso a libros, un cuaderno… Esas cosas? Me gustaría apuntar algunas ideas —dije tranquila.

​ —Hoy descansa, mañana hablaremos.

Tenía que mantener la calma, eso estaba claro. Cuanto antes demostrara mi buena disposición, antes lograría retomar mi vida, así que obedecí y cerré los ojos.

Pasaron varios días antes de que, por fin, me dieran un cuaderno con un pequeño lápiz.

Suponía que habían visto mejora en mi estado, lo había intentado con todas mis fuerzas, y aunque exteriormente no hablaba de nada que no fuera de esta realidad, por dentro seguía empeñada en demostrar que era falsa.

Comencé a apuntar pasos previos, demostraciones, avances y conclusiones. Necesité siete cuadernos y casi diez días.

​ —¿Cómo estás hoy, María?

Ese nombre seguía chirriando en mis oídos.

​ —Bien, gracias. ¿Podría ver a mi padre, por favor? —pregunté seca.

La enfermera miró su reloj.

​ —Enseguida será la hora.

Mi paciencia estaba constantemente a prueba en aquel encierro. Y, aunque los últimos días, había vivido absorta en la transcripción de las bases de nuestra investigación, ahora quería entregarla lo antes posible.

La hora de visita por fin llegó.

​ —Compruébalo —dije satisfecha al tiempo que ponía los cuadernos en manos de mi padre.

​ —Luego lo estudio, hija —dijo colocándolos en la mesa de lado de la cama.

​ —¡No! —grité desproporcionadamente—. ¡Compruébalo ahora! Perdona, pero ya no tengo más aguante, papá.

Un enfermero entró en la habitación.

​ —¡Lucas! ¿Dónde estabas? ¿Estás bien?

Parecía no reconocerme, más allá de una paciente más. Solo asintió mirándome expectante.

​ —De acuerdo —dije, resignada—. Papá, por favor comprueba los cuadernos. Están numerados —añadí invitándolo a coger el primero.

Mi padre lo abrió. Una maraña de lemniscatas lo recibió en primera página. Solo ese símbolo. Solo “infinitos” dibujados sin control, sin sentido, oscureciendo las páginas.

​ —¡¿Qué?! —exclamé alarmada— No puede ser… Coge el otro, coge el número dos —dije, visiblemente contrariada.

Los siete cuadernos contenían lo mismo. Lemniscatas. Solo símbolos. ∞

No daba crédito, yo misma había transcrito los fundamentos de nuestro trabajo. Habían cambiado los cuadernos. Estaba claro, pero ¿quién? ¿Cuándo?

​ —¿Qué has hecho con los cuadernos? ¿Cómo los has cambiado? —dije abalanzándome sobre Lucas —¡¿Has vuelto con tu padre?! ¡Traidor! ¡Por eso estoy así! Devuélveme mis cuadernos. ¡Es nuestra investigación!

¿Cómo había podido caer en la trampa? Ahora tenían lo principal por escrito, y había sido yo misma la que lo había entregado. ¿Cómo había sido tan ingenua?

La inyección con tranquilizantes que me pusieron comenzó a hacer efecto y acepté a mi padre sentado a mi lado como consuelo, mientras deshacía los enredos que aquel forcejeo había instalado en mi pelo.

Eric lloraba en aquella cama. Yo también.