La verdad imposible CAPÍTULO 19. VIDA.
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CAPÍTULO 19. VIDA.

L levaba casi ocho meses ingresada en el hospital cuando accedieron a mostrarme mi historial.  Mi doctor, Francisco Fernández, acompañado de su jefe, mi padre, se sentaron conmigo para explicarme todo lo que a veces se descompensaba en mi cabeza. Su delicadeza fue conmovedora.

Era mi cuarto ingreso en dos años. Mi estado se había ido agravando y éste brote había sido realmente severo, pero esa nueva medicación experimental que me administraban, junto con el programa diseñado para mi dolencia, estaba arrojando resultados más que esperanzadores.

La ausencia de sentimientos e imaginación que normalmente me producían los tratamientos, era distinta esta vez.

Poco a poco, las rutinas iban haciéndose más llevaderas, tenía ganas, curiosidad y había comenzado a hablar de futuro.

Admiraba profundamente la labor que hacían allí, admiraba a cada componente de los equipos que la mayor parte de las veces devolvían a la vida a pacientes que estaban perdidos y desesperados.

Admiraba su paciencia, su entrega, su compromiso.

Quería ser parte de aquello y decidí estudiar.

Quería entender mi enfermedad, comprenderla y reconocerla para combatirla desde dentro.

No sería fácil, iba a ser verdaderamente difícil, pero merecería la pena.

Ese era ahora mi objetivo. Ese era mi centro, mi punto o de la lemniscata, mi ancla a una nueva vida.

Por fin era libre. Tenía planes. No salvaría a millones de almas, mi objetivo era más modesto ahora; salvar una: la mía.

Sonreí al darme cuenta de la consonancia fonética, y me despedí de aquel nombre con cierta nostalgia. Ahora era María, tenía una vida por delante, ilusiones. Pero no quería, no podría olvidar todo aquello.

Fue mi verdad. Mía. Mi verdad imposible.