CAPÍTULO 17. DECISIONES #2
—Debes recordar el centro. Es el ancla, el sentido de todo —dijo mientras volvía a dibujar el infinito, esta vez muy despacio.
—En la lemniscata, al centro se le llama punto o.
—¿Dónde? —preguntó extrañado Lukas.
—Es el símbolo del infinito —sonreí— se llama lemniscata de Bernoulli, por el matemático que la descubrió —añadí—. En realidad, fueron dos, Jackob y Johann Bernoulli —corregí—. Eran hermanos, y la llamaron lemniscus, que en latín significa cinta colgante, por su forma.
—¿Le… Qué?
—Lemniscata. Es el nombre del símbolo.
—Yo lo llamo el símbolo del infinito —rio.
—Sí, es lo que representa hoy en día, aunque en geometría algebraica…
—¡Déjalo prima! Ya sé que eres un genio…
Reímos ambos esta vez. Supongo que era una manera de liberar toda la tensión acumulada. Sonreí, le besé y me disculpé por marcharme a solas.
Necesitaba un momento para mí. Había sido todo demasiado duro, demasiado real, demasiado. No me iría mal ese gabinete de psiquiatras, pero ahora necesitaba racionalizar, en la medida de lo posible, los acontecimientos. Esparcirlos y ordenarlos para darles un sentido. Necesitaba llorar. Y lo hice.
Notaba los ojos hinchados, doloridos. Sentirlos, me hizo recordar su sensibilidad a la luz. Las ganas de reanudar la investigación se volvieron imperiosas. Estábamos muy cerca de lograr resultados, pero seguíamos en Delhi. Busqué a mi padre.
—Papá, ¿cómo estás?
—Hola, hija. Más tranquilo, ¿y tú?
Fue el inicio de una larga conversación. Expusimos nuestras dudas, miedos, siguientes pasos. El tiempo entre mi padre y yo perdía su noción y, en seguida, llegó la autorización para volver a casa.
Fueron apenas dos semanas las que estuvimos en aquel centro de inteligencia, pero al llegar a nuestro hogar había muchos cambios.
Las antiguas oficinas de Frank y Tom eran ahora tres veces más grandes.
Una nueva edificación había hecho desaparecer la anterior y una gran antena presidía la pradera.
No pregunté. Eran cosas de seguridad, supuse.
Solo quería acceder al laboratorio y empezar a trabajar.
Centrarme en lo importante y dejar todos esos sentimientos contradictorios detrás.
El olor de la casa era el de siempre y eso me reconfortaba, pero el alféizar de mi ventana era demasiado doloroso.
El tiempo en India fue difícil. El equipo médico me ayudó bastante, pero aún debía pasar tiempo para sanar esas heridas.
La presión a la que estábamos sometidos no ayudaba, aunque ya estábamos acostumbrados y, a veces, incluso me agradaba.
De vez en cuando, me preguntaba si soportaría una vida normal, más aún ahora que no estaba Frank.
La abrumadora causa, y el inagotable trabajo que tenía por delante, enseguida me hacían desechar las hipotéticas respuestas, pero, como antaño, con sus ojos verdes, esa cuestión se colaba por las noches en mi cabeza sin invitación.
Poco a poco, sobrevino una calma inusitada.
Estaba plenamente centrada y rechazaba cualquier angustia por cualquiera que fuera la causa.
Nuestra seguridad, la evolución de Fred que, ahora, dormía bloqueando con su cunita mi ventana, la muerte de Frank, las interminables ramificaciones de la investigación…
Todo era despejado por mi mente de una manera casi automática, aunque, a pesar de todo, me costaba dormir.
Sonreí y pronuncié: “gracias, mamá”, para acto seguido ir a ver a mi padre.
Fred dormía, y Eric parecía que también.
—¿Mía? ¿Qué ocurre, hija? —pronunció adormilado.
—Lo siento, papá, no quería despertarte… Vuelve a dormir es muy temprano.
Eran poco más de las cuatro y media.
—No te preocupes. Pasa y siéntate a mi lado —dijo incorporándose—¿Está todo bien?
No pude más que reírme.
—¿Cuándo ha estado todo bien, papá? —contesté resignada.
—Bueno —dijo tranquilo— nuestro objetivo es el bien, cariño.
Y lo alcanzaremos muy pronto. Mira todo lo que hemos conseguido.
Hemos vuelto a nuestro hogar, Mía y Lucas están aquí, y tenemos a Fred, nuestro angelito.
El gran propósito de nuestras vidas está en marcha y, oye —prosiguió cambiando el tono—, vamos a salvar a la humanidad, ¿te parece que eso está mal?
—preguntó mientras me hacía cosquillas como si fuera una niña.
Espiré y me acurruqué encima de él. Nada, nadie en el mundo me daba mayor tranquilidad.
Fred me despertó un rato después. Era un niño fantástico, tranquilo y sonriente.
Lloraba cuando tenía hambre y pocas veces más.
Tener a Mía con nosotros fue una bendición.
Ella se ocupaba de él en gran medida, pero la comida procuraba dársela yo, y dormía dentro de mi habitación.
Estaba creciendo muchísimo y ya se mantenía sentado sin ayuda.
Su presencia me enternecía, me preocupaba y me llenaba a partes iguales. No podía quererle más.
En el laboratorio, avanzábamos muy por debajo de la velocidad deseada.
Habíamos relegado al mínimo la experimentación con Fred, y aunque no queríamos verlo, se hacía evidente que le necesitábamos.
A ambos nos horrorizaba la idea de que nuestro ángel fuera un conejillo de indias, pero los cerdos ya no nos ayudaban.
—Papá necesitamos experimentar con humanos —espeté con autoridad —. Es más, necesitamos experimentar con Fred y… Conmigo también.
—Eso no es posible…
—Sabes que es la única manera —interrumpí severa.
Lo era. Yo también estaba asustada y el riesgo era grande, pero no había elección. Y esta vez había que llegar más lejos. Debía mantenerme sugestionada de manera constante, y observar mi respuesta, observar mi cerebro y su funcionamiento, sus reacciones.
Establecimos tres fases. En la primera, simplemente borraríamos mi memoria y observaríamos las funciones cerebrales. Después, crearíamos nuevos recuerdos y, en la última fase, estimularíamos mi voluntad para obligarme a actuar conforme a lo que mi padre determinara según las circunstancias.
—Empezaremos mañana —dije una vez estuvo claro el plan.
La tensión en el laboratorio era máxima. Estaba todo dispuesto en el quirófano y sabía que debía decir algo antes de proceder a la inyección de opsinas.
—Hipocampo preparado —bromeé estúpidamente.
La cara de mi padre no estaba para tonterías, pero, aunque no lo expresara, yo también estaba muy preocupada.
—Perdón.
—Aún podemos detener todo esto —dijo con sudor visible en la frente.
—No, papá. Ya no.
Sonreímos y hubo un tirante silencio.
—Creo que sabes todo lo que quiero decirte, y cuanto te quiero papá.
Pero quiero dejar claro que, si algo sale mal, no me arrepiento de nada.
Nada en absoluto. Mi vida ha sido completa, contra todo pronóstico.
Y si pudiera volver a nacer, elegiría todo tal y como ha sido.
Exactamente igual. Eres el mejor maestro, padre y abuelo —ahora estaba emocionada—.
Te quiero —añadí entre lágrimas—, y estoy súper orgullosa de ti y también de mí ¡que caray!
—reí y lloré a la vez—, y sé que esto va a salir bien.
Confío en ti, papá. Tu nombre pasará a la historia.
Me abrazó más tiempo y con más fuerza que nunca. No podía hablar. No hizo falta. Me tumbé en la camilla, y Eric cogió la jeringuilla con las opsinas y procedió a inyectármelas.
—Estaré bien. Conecta la luz.