CAPÍTULO 17. DECISIONES
C omer nunca había sido algo prioritario para ninguno en casa. Siempre había cosas mucho más importantes que hacer, pero aquel buffet en el comedor privado del CBI hizo que se despertaran nuestros instintos.
Más que comida, aquello parecía una fiesta, una colorida explosión de alimentos de todo tipo que entremezclaban formas y aromas, creando la necesidad de probarlos todos, aunque era una misión imposible.
Miles de opciones diferentes se presentaban de forma teatral en frente de nuestros sentidos.
Panes dibujando creativas figuras en enormes bandejas plateadas, berenjenas cocinadas de mil maneras, humeantes verduras variopintas, cremosa pasta fría y caliente, sopas, arroces, ensaladas, guisos, carnes asadas, patatas en mil texturas, especias, frutas que no sabía ni que existían y una enorme mesa llena de dulces imposibles de describir.
Aquello, desde luego, era un derroche, pero también era precioso.
Me acerqué, y el primer bocado fue a aquel delicioso dátil que la camarera me ofreció con una enorme sonrisa que devolví, tornándose más sincera, al deleitarme con el dulzor y la natural cremosidad de aquel manjar.
Casi no podía elegir entre tanta variedad, así que agradecí el consejo de Ramesh que, sin esperarlo, apareció a mi lado para unirse a nosotros en el almuerzo.
Finalmente, y tras muchas dudas de por medio, habló con el camarero jefe y le pidió que nos montara en nuestra mesa una selección de lo más representativa comida local. Por lo que procedimos a sentarnos sin la presión de elegir.
—Me ha gustado mucho su alegato, señorita —dijo.
—Gracias —contesté—, pero si yo debo llamarte Ramesh, espero que me llames Mía, y de “tú”, por favor —reí—. Aún soy joven, creo.
—Ojalá aprueben su petición —continuó—. El cerebro es tan importante como desconocido. Estoy con usted, perdón, contigo, en que debemos investigar todo aquello que nos abra los ojos y las posibilidades.
El camarero dispuso varias bandejas con una selección de fantásticos platos y, tras las explicaciones de sus ingredientes e instrucciones para su consumo, comimos como hacía demasiado tiempo.
Al terminar, una irrefrenable sensación de sueño me invadió. Ramesh, que no separó de nuestro lado, nos procuró un reservado donde poder descansar con intimidad, aunque mi tía aprovechó para estrechar lazos con Lucas en uno de los bancos que rodeaban la fuente central del lujoso jardín.
Caí rendida, dormí profundamente. También Fred y Eric.
Los tres tardamos en reconocer dónde estábamos al despertar.
Era una maravillosa sensación, la de seguridad.
Abracé a mi bebé precioso, besé a mi padre en la mejilla y asomé detrás de la puerta, encontrando de nuevo a Ramesh vigilando el acceso.
Eran casi las seis. Seguro que el comité estaba reunido desde hacía un buen rato.
¿Qué ocurriría si decidían no dar continuidad al proyecto?
¿Qué sería de nosotros ahora? Sentí un terrible vacío, una dolorosa nostalgia.
Los ojos de Frederic cada vez se parecían más a los de Frank.
¿Qué hubiera dicho? Seguro que estaría tan nervioso como yo, aunque, desde luego, no se le notaría.
Echaba tantísimo de menos su aplomo, su serenidad.
Echaba de menos todo de él y me pregunté si alguna vez sería capaz de sentirme completa. Feliz. No estaba segura.
—¿Podría dar un paseo por el jardín, Ramesh? Necesito tomar el aire.
—Claro que sí. Estaré en este acceso, por si me necesitas.
Era bonito. Verde. No tan exuberante como la vegetación neozelandesa, pero estaba más estructurado.
Cada arbusto, cada parterre, todo perfectamente arreglado, simétrico, perfecto.
Daba la sensación de que hasta las flores crecían en orden.
Di varias vueltas tratando de fijar mi atención en cualquier cosa que me distrajera del motivo de nuestra espera.
Siempre me gustó la naturaleza. Quizá estudiara botánica si todo esto acababa.
Solo de imaginarlo, mi piel se erizaba. ¿Cómo iba a acabar? No serían capaces…
—Mía —dijo mi padre a mis espaldas—. ¿Cómo estás, cariño?
—Hola, papá. Bueno… —contesté sin saber ni que decir—. Papá, ¿qué pasará si deciden que todo esto acaba aquí? —pregunté muerta de miedo—¿Qué vamos a hacer?
Mi padre no solía mentir.
—No lo sé, hija mía.
Pero siempre sabía cuándo debía abrazarme fuerte.
Desde fuera pudimos observar movimientos en el pasillo que conducía a la sala donde debíamos encontrarnos con nuestro destino; nos dispusimos a entrar por si ya tenían una decisión tomada.
Ramesh nos abrió la puerta y en la habitación de la siesta, observé a mi tía con Fred. Les sonreí de lejos y continué.
Había cierto murmullo en la antesala, lo que desbocó mi pulso haciéndolo casi visible a la vista.
Ramesh se adelantó y nos instó a esperar un momento.
Recibía instrucciones a través de un pinganillo que estaba apretando contra su oído mientras se dirigía adentro.
Mi padre y yo nos miramos estáticos, casi congelados, salvo por los impulsos feroces de pura adrenalina que mi corazón enviaba cruelmente a todo mi ser.
Mi pie comenzó a golpetear el suelo al ritmo de mis latidos, y agarré mis manos para evitar que se viera el temblor que las afectaba. El sonido de unos pasos nos alteró aún más, para culminar con una especie de explosión interna al escuchar nuestros nombres.
—Doctores Orduña, pueden pasar.
Las expresiones de aquel comité eran indescifrables y en una fracción de segundo, imaginé todo tipo de resoluciones.
—Siéntense, por favor —dijo amable la persona que salió a buscarnos.
Ramesh estaba en la primera grada, de pie, junto a Tom y Lucas. Comentaban algo con máxima discreción, hasta que el portavoz tomó la palabra.
—Buenas tardes. Huelgan las presentaciones y la oficialidad. Como todos sabemos, esta es una reunión de alto riesgo y este fallo no es menos arriesgado.
Ahora temblaban mis dos piernas a la vez.
—Mis colegas y yo —prosiguió el director del CBI—, después de analizar pros y contras, hemos decidido que, en este punto de la investigación, no podemos permitir que su desarrollo caiga en malas manos.
Nuestra principal función, por tanto, será la de reforzar la seguridad de los doctores Orduña y su entorno, para lo que vamos a destinar un equipo al efecto liderado por Tom Sands.
Dado que, hoy en día, tras la inhabilitación del laboratorio de Nueva Zelanda, solo existe un laboratorio donde nos consta se tiene el equipamiento suficiente para proseguir con el proyecto, se trasladará a los doctores al mismo en España, bajo la supervisión y protección presencial del equipo del señor Sands.
Allí, contarán con los medios económicos suficientes para proseguir con la investigación de las aplicaciones del proyecto en cuestión, centrándose de manera principal en el cómo revertir los efectos del control cognitivo.
Mi cabeza dejó de escuchar justo ahí. No pude evitar lanzar un grito de emoción mientras apretaba puños y liberaba toda la tensión acumulada agitándolos en el aire.
Mi padre sonreía aliviado y preocupado a partes iguales. Nuestra vida continuaba con todo su sentido, y lo daba también a todas las muertes anticipadas que se había llevado por el camino. Sería nuestro homenaje a todos ellos. Sería nuestro legado.
La pregunta de si estaba todo claro me devolvió a la sala.
—Todo claro —mentí. Creí que nuestro laboratorio se había destruido…
Quizá hubieran explicado algo al respecto.
No había atendido a la mitad de la explicación, pero seguro que había una decena de personas designadas a controlar hasta el más mínimo detalle.
Ellos me pondrían al día —¿Cuándo podemos retomar todo?
—pregunté ansiosa—. ¡Muchas gracias! —añadí como sorprendida de haberme olvidado darlas.
—Mañana, un primer equipo se trasladará al laboratorio para hacer las comprobaciones oportunas y si todo es conforme, a final de esta semana podrán volar a casa.
Casa; era una palabra tan reconfortante. ¡Dios mío! Habían dicho que si, ¡sí! Era tanta la alegría que me constaba controlarla, contenerme, andar sin dar pequeños saltos. Quizá pareciera una tonta, pero me daba igual.
Al salir de aquella sala, estuve brincando y abrazando a mi padre un buen rato. No podía con tanto júbilo y apenas me di cuenta de que Tom, estaba esperando a que mi efusividad se disipara.
Su sola presencia lo conseguía y en el enésimo salto, caí delante de él quedándome inmóvil por un momento.
—Tendrás que confiar en mí, Mía.
Fue todo lo que dijo antes de darse la vuelta y caminar dejando ver detrás a Lucas.
—¿Damos una vuelta? —dijo mi primo con una gran sonrisa.
—Claro.
Tenía muchas preguntas. Imagino que él también, pero caminamos alrededor de aquel jardín cogidos del brazo solo sonriendo. De vez en cuando, le miraba. Era una versión joven de mi padre y eso me daba cierta seguridad. Sus ojos eran cálidos, pero a pesar de ello, no conseguía relajarme del todo.
—Mía, esta tarde podréis hablar con el equipo de psiquiatría y psicología. Creo que deberían evaluaros y, en su caso, echaros una mano si fuera necesaria.
Asentí.
—¿Cómo conseguiste no perder la razón? ¿Cómo mantuviste la mente clara todo este tiempo? —le pregunté con verdadera curiosidad.
Me asombraba. Su papel en toda esta locura quizá había sido uno de los más difíciles. Dibujó un símbolo del infinito en el aire repetidas veces, pasando siempre por un punto central.
—Es como este símbolo. Siempre hay un punto de anclaje, un centro más importante que ninguna otra cosa. Hubo una época en el que casi me perdí, pero Frank y Tom me ayudaron a recuperar mi centro. Tenerlo presente siempre, me ayudó.
Su nombre me dolía en el alma. Su ausencia se clavaba en mi estómago como una daga. Y aquel final venía a mi cabeza una y otra vez… Creo que Lukas adivinó mis pensamientos e insistió.