CAPÍTULO 16. EN LLAMAS
V olví a mis aposentos escoltada por Tom y otro agente.
Procuraba aparentar tranquilidad, pero mi interior iba a toda velocidad.
Había rebatido todas las negativas de Lucas debido al gran riesgo del plan, pero era una buena idea.
Una explosión podía ser accidental perfectamente, lo más complicado sería encubrir la salida de la familia, pero no había alternativa.
Era la única manera de acabar con el laboratorio y gran parte del equipo directivo que conformaban esa facción del mal.
Tom me dirigió hacia mi habitación con la misma indiferencia que de costumbre.
Desde luego, era bueno en su trabajo. Hermético.
No sabía cómo sentirme ahora con respecto a él.
Nadie en el mundo carecía de sentimientos, nadie era así de impasible.
Le miré un momento, esperé el más leve contacto visual, alguna seña de complicidad, miedo, preocupación, algo que denotase su humanidad.
No lo encontré. Era como el hielo. Finalmente, sentí pena por él.
Compasión. Su posición debía ser dura también.
Le perdoné. Frank lo hubiera querido así.
Esa noche, en lugar de dormir, recorrí cada recuerdo de mi vida. Cada sensación. Por primera vez, me pareció apasionante y a pesar de todo el dolor sonreí. Me sentí fuerte por fin, y aunque tenía miedo, recordé que no se era valiente sin él.
“Todo saldrá bien, Mía. Se valiente. Te amo” recordé. Espero que tengas razón, amor mío, me dije mentalmente.
El día llegó. Me senté en mi puesto de trabajo y releí la investigación.
Era buena. Más que eso. Era revolucionaria, emocionante, esperanzadora.
Podría cambiar el mundo sin lugar a duda.
Hice una copia de seguridad completa en un disco duro externo que deposité encima de la mesa de mi padre mientras le clavaba la mirada.
Confíe en que entendió que era algo para custodiar.
—Hoy será un día importante, papá —afirmé, volviendo a mirar al disco y a él con gran intensidad.
Asintió devolviendo aquella mirada y respiré más tranquila.
Pedí un cerdo para el ensayo previo, y fui preparando en el quirófano diferentes productos.
—Eric, necesito etanol, sosa cáustica y ácido fórmico —dije seria— en grandes cantidades. —Añadí.
Mi padre me miró contrariado. Sabía lo que esa combinación podía hacer.
—¿Lo necesitas ahora?
—Quiero dejarlo preparado para esta noche. Para que esté activo a las once en punto —informé mientras tocaba el disco duro—. No es necesario que estemos presentes —dije tras una pausa para tranquilizarle—, pero hará su efecto, y mañana podremos continuar. —Mentí.
El día fue tenso. El tiempo parecía no transcurrir, al contrario que mi ansiedad.
Debían venir a buscarnos, tenía que confiar en Lucas y en Tom, pero es cierto que se me hacía difícil.
Luchaba por evitar hacer algo para poder verlos y asegurar la evacuación de mi familia y la mía propia.
Sobre las diez menos diez comencé a impacientarme.
No había aparecido nadie y el tiempo se agotaba.
La explosión de las once no afectaría a la zona donde descansábamos sobre un jergón tirado en esa suerte de habitación excavada en la roca, pero la nube tóxica sí. Había que salir de allí.
—Papá, sabes cuánto te quiero, ¿verdad? —dije con voz temblorosa—. Ha sido un honor y un auténtico privilegio ser tu hija, vuestra hija —corregí enfatizando el plural—. Elegiría mi vida una y otra vez…
Dos agentes entraron en ese momento. “Basta de cháchara”, dijo uno de ellos. “Acompañadnos”. Miré el reloj de soslayo. Eran las diez en punto y la esperanza recorrió mi cuerpo.
—¿A dónde nos lleváis? —pregunté al ver que no nos dirigíamos a los aposentos.
No respondieron, pero accedimos al hall del ascensor y allí estaba Tom. Me tranquilizó hasta que observé que con él, había una mujer. Era Julia.
—¿A dónde nos lleváis? —repetí.
De nuevo silencio.
Barajé la opción de fingir una reacción histérica para forzar la presencia de Lucas, pero decidí aguardar un poco más.
En la superficie, dos coches negros. En el primero distinguí la presencia de Mía y Frederic.
Lloré sin consuelo; hacía demasiado que no los tenía tan cerca.
Necesitaba abrazarlos tanto. Levanté mi mano hacia ellos y mi tía sonrió triste.
Deseé decirle que no se preocupara, que todo estaba en vías de solución, que su hijo estaba vivo y que era nuestra esperanza. Solo pude articular “os quiero” antes de que Julia, bajara mi brazo violentamente y me ordenara estar en silencio.
Subimos al segundo coche. Conducía Tom. Julia, era el copiloto y mi padre y yo nos sentamos detrás.
La marcha fue lenta al principio. Íbamos siguiendo al primer coche por aquella carretera que llevaba al Pouwhenua, pero en lugar de seguir recto hacia la salida, los coches se desviaron por un camino casi oculto por la maleza.
—¿Qué haces? —preguntó Julia, extrañada.
Los coches se detuvieron. Del primero bajó un hombre que no había visto nunca en dirección a la ventanilla de Julia. Tom encendió la radio con mucho volumen, y en un gesto tan sorprendente como inesperado, sacó su pistola con silenciador y disparó en su sien.
Apagó la radio, salió del coche y abrió la puerta del copiloto para sacar el cuerpo sin vida de Julia, no sin antes comunicarnos con un gesto de su dedo en la boca, que no pronunciáramos ni una palabra.
Retiró el cadáver; con el pie, trató de borrar las huellas que había dejado y, acto seguido, entró al vehículo reanudando ambos coches la marcha.
Su imagen volvió a cambiar para mí. Quería preguntarle muchas cosas, pero obedecí y me mantuve callada.
Era muy posible que pudieran escucharnos y Tom nunca había sido muy proclive a ninguna conversación.
Al salir del recinto, tras pasar el control, nuestra velocidad aumentó. En un momento llegamos a un hangar donde nos esperaba una avioneta. Con un gesto, Tom nos instó a bajar del coche y subir a ella. Mía, Frederic y Lucas hacían lo propio.
El desconcierto de todos era palpable, y cuando por fin despegamos, Lucas abandonó su puesto en la cabina y se sentó con nosotros.
—Hola, mamá —pronunció mirando fijamente a mi tía.
Mi tía no había reconocido a su hijo. Su expresión fue indescriptible. Sin poder evitarlo, comenzó a llorar.
—¿Lucas? ¿Eres tú? Hijo mío, ¿eres tú?
Se fundieron en un abrazo. El mismo que estaba experimentando yo con mi niño. Estaba tan grande. Mi padre también nos abrazaba. Fue el momento más reconfortante de mi vida, pero, enseguida, los móviles de Lucas y Tom comenzaron a sonar.
Pasaban de las once: ya se habría producido la explosión.
Desde detrás escuchábamos las instrucciones de Lucas a su unidad.
El laboratorio había quedado inutilizado.
Instantáneamente, recordé que solo nuestro laboratorio y el que acababa de destrozar tenían la suficiente tecnología y equipamiento para continuar con la experimentación.
No era la única que lo sabía y, sin duda, ello nos alejaría de allí. No podríamos volver a casa.
La preocupación se reflejaba en nuestros rostros; delante no dejaban de recibir y emitir llamadas.
Detrás nos mirábamos entre nosotros sonriendo, pero sabiendo lo delicado de nuestra situación.
Sentíamos miedo y alivio, tantas cosas a la vez, que casi no nos dejaban ni articular palabra, pero estábamos juntos, y eso valía toda esa pena.
Tras varias horas de vuelo, comenzamos a descender. Lucas se acercó.
—Vamos a repostar y volveremos a volar hacia Delhi. Nos esperan en el CBI, el Instituto Central de Inteligencia de la India.
—¿Delhi? —pregunté, extrañada.
—Es quizá la más improbable de las elecciones de auxilio si hay sospechas sobre nosotros. Todas las agencias de inteligencia están sobre aviso, pero esperaremos en esta.
—¿Esperar a qué?
Lucas bajó la cabeza. Algo sucedía.
—Van a desmantelar vuestro laboratorio —contestó—. No quieren más riesgos.
—¿Entonces, esto es el final? ¡¿Todo esto para nada?!
—Lo siento, Mía —dijo Lucas agarrándome el hombro.
Me abracé a mi padre descorazonada. Eric también estaba decepcionado. Todos. Si eso ocurriera, ninguno sabríamos qué hacer en una vida sin nuestros objetivos.
El silencio se instaló en la cabina. Solo mirar a Frederic me sacaba de mis pensamientos contrariados. Era tan bonito. Solo era una cuestión de tiempo, que alguien descubriera que no tenía ninguna deficiencia que justificara ese supuesto implante coclear.
—¿Podremos operar a Fred? —pregunté mientras le acariciaba la cabecita.
Si todo había terminado, no tenía sentido que mantuviera ese aparato. Quizá Frederic fuera el único que podría desarrollar una vida normal. Los demás estábamos condenados a vivir con todos esos recuerdos.
Pensé en el proyecto. Levanté una ceja pensando en que, en realidad, podríamos incluso eliminar su recuerdo si conseguíamos terminarlo.
¿Querría? ¿Podría? Inhale muy fuerte… No lo sabía.
Al aterrizar, sentí mucha decepción. El miedo, la avaricia, la codicia, había vencido al avance, al gigantesco beneficio que podríamos haber obtenido.
Me enfermaba pensarlo. Mi padre apretaba mi mano de camino a aquel edificio que se divisaba al final de la pista.
Sabía que me entendía. Al menos tenía eso.
En el vestíbulo del CBI nos esperaba un grupo de personas.
Era nuestra nueva unidad de protección. Ramesh Saleh era el nuevo director.
Inevitablemente pensé en Frank. Eran tan distintos.
Ramesh, como todas las personas en esos cargos, era un hombre serio.
Trataba de ser amable, pero el peso de la responsabilidad no le permitía acercarse demasiado.
Él coordinaba al nuevo equipo, en el que se encontraban Tom y Lucas, por supuesto, pero también una serie de científicos y personal de otras agencias de inteligencia, con el claro mandamiento de destruir la posibilidad de avanzar con el proyecto.
No identificaba el efecto que me producían, ni tampoco el que les producíamos nosotros. Y, por fin, me decidí a hablar.
—Señor ¿Saleh? —pregunté intentando evitar equivocarme.
—Puedes llamarme Ramesh —contestó, amable.
—Ramesh —proseguí forzando una sonrisa—.
Sé que la visión externa de lo que esta investigación puede conseguir, parece una abominación.
Conozco bien los riesgos, pero creo, estoy convencida —corregí—, de que los beneficios son infinitamente mayores.
Si pudieran dejarme explicárselo, podría intentar…
—Mañana podrá hacerlo, señorita Mía —dijo interrumpiéndome—. Hay un comité evaluador internacional con el que podrán hablar en la sala de audiencias, a las nueve en punto.
—Gracias —dije, titubeante—. No lo esperaba.
Nunca fui a la universidad. Nunca hice un examen en mi vida. Nunca me había sentido tan nerviosa e intimidada.
Estaba verdaderamente incómoda. Era un salón con varias alturas. En la parte más baja, una mesa central sostenía un ordenador conectado a una gran pantalla, y a su alrededor, nacían varias filas de gradas ascendentes con escritorios equipados con la última tecnología.
Sentados, unas quince personas nos observaban en silencio. Tras unos toques en un micrófono de la mesa de uno de ellos, nos instaron a presentarnos.
—Buenos días, soy Eric Orduña, y ésta, es mi hija, Mía —dijo mi padre sereno—. Somos la parte técnica de la investigación sobre cómo la optogenética puede incidir en el control de las enfermedades neurodegenerativas…
—Vayamos al grano —interrumpió el representante de la CIA, según rezaba su cartel identificador—.
Sabemos que descubrieron que el control neuronal es posible más allá de la regulación del hambre, sed, dolor o memoria.
Nos referimos, en concreto, a la creación de nuevos recuerdos y a la activación de voluntades artificiales en los sujetos. ¿Lo probaron?
Hubo un largo silencio. Hasta que mi padre me sorprendió con la respuesta.
—Sí.
El murmullo generalizado era ahora lo más destacado.
—Queremos verlo.
Supuse que esa era la cuestión clave. Saber si fue una casualidad o si sabíamos cómo hacerlo de verdad. La respuesta no era fácil.
—¿Para qué? —me anticipé a la respuesta de mi padre—.
Ustedes ya han decidido. Quieren eliminar esa posibilidad, es demasiado riesgo, ¿no es cierto?
Da igual si podemos curar adicciones, eliminar patologías y enfermedades como el Alzheimer, Parkinson, Epilepsia…
Qué más da el padecimiento psicológico y psiquiátrico…
Esto es inmoral y punto —alegué irónica—.
Como lo fue hace cien años utilizar anticonceptivos, o amar si no era al sexo correcto o mediaba un documento de por medio.
O como lo es ahora, en determinadas partes del mundo, que las mujeres se atrevan a ir con la cara descubierta, o escuchen música…
¡Qué vergüenza! —insistí, haciendo una pausa—.
Permitan que ponga en duda su moralidad…
Sí, hemos probado el control neuronal. Y la única manera de protegernos frente a un mal uso, es conocerlo bien.
Seguir investigando al respecto, encontrar la forma de neutralizar su efecto en según qué casos.
Estamos preparados para ello. Estábamos en el camino.
Ofrézcannos protección, seguridad para blindarnos ante los corruptos y codiciosos que quieren retorcer este descubrimiento en su favor.
Hoy, nadie más tenía la tecnología y los conocimientos para avanzar en la materia, pero solo es cuestión de tiempo que alguien más lo logre.
Únicamente podremos detener un avance pernicioso si sabemos cómo neutralizarlo.
El murmullo continuó en aquel graderío. Poco más podía hacer que confiar en que, aquellos expertos en inteligencia y neurociencia compartieran mi visión. No podía hablar más claro. Era cierto que el riesgo era enorme, pero solo arriesgándonos podríamos ponernos a salvo.
El comité designó las siete horas para fallar al respecto, así que nos retiramos a una sala con acceso a un precioso jardín. Frederic, que ya daba sus primeros pasos, se tambaleaba en dirección a mi tía que esperaba un poquito por delante.
—¿Qué vamos a hacer si deciden dejarnos seguir con la investigación? —dijo Eric mirando la misma escena a través del cristal.
Era una pregunta que yo también me había hecho.
En realidad, quería decir si desvelaríamos que Fred no tenía problema ninguno de audición, y era nuestro sujeto de investigación.
Y supongo que, indirectamente, me estaba preguntando si yo misma me expondría, con las posibles consecuencias que ello podría tener en caso de que algo malo me sucediera.
—Hemos llegado hasta aquí. En este punto, solo veo factible continuar con todas las consecuencias.
Me besó en la frente con nostalgia. Creo que entonces dejó de verme como a su niña, para verme como a mi madre: una mujer fuerte y decidida a cambiarlo todo.
—Lo siento, Mía…
—Shhh —le interrumpí—. Te quiero —contesté—, gracias, por… Tanto. Gracias por todo, papá.