CAPÍTULO 15. MI PLAN #2
La puerta se abrió a mi lado, sobresaltándome. Un hombre joven entró decidido, ordenando a sus secuaces dejarnos solos.
—Hola, Mía.
—Quiero ver a Kellan Lowe. —Contesté altiva.
—Veo que no me reconoces. —Continuó, despertando mi curiosidad.
—¿Debería hacerlo? —respondí intrigada, escudriñando cada milímetro de su cara.
—Dicen que me parezco a tu padre…
Me congelé durante unos segundos. ¿Podía ser cierto?
—¿Lucas? —Conseguí preguntar en voz apenas audible, presa del más absoluto estupor.
—Hola, prima.
Mi asombro no me dejaba pensar. Era Lucas, y sí, se parecía a mi padre, como yo me parecía a su madre.
Al fin y al cabo, ambos progenitores compartían genética e historia.
Eran mi familia. La única que hasta ahora, no me había fallado.
Mis piernas en ese momento, sí lo hicieron.
Alcancé a sentarme, luchando por ser fuerte para soportar la idea de que, a partir de ese momento, también cayera ese pilar. No sabía si podría soportarlo.
—Tranquila, Mía. Tranquila.
Mi respiración se tornó accidentada, como si no pudiera mantener la regularidad.
Sudaba, y suponía que aquel mareo iba a hacerme terminar con mis huesos en el suelo, pero Lucas, mi primo, ese que desapareció cruelmente y por completo años atrás, dejando a una madre destrozada y demasiadas incógnitas, hizo un gesto para que un agente entrara y le ayudara a colocarme tumbada con los pies elevados.
“Traed agua y una almohada”, escuché como entre sueños.
Aún tumbada, me pareció ver que era Tom la persona con la que estaba hablando. Sentí deseos de morir, pero el agua y aquella toalla húmeda, equilibraron mi temperatura, y mi respiración se volvió regular.
Me incorporé; Lucas y Tom seguían allí. Hablaban entre susurros, procurando la máxima intimidad, hasta que notaron que mi estado volvía a la normalidad. Verles me producía una triste combinación de sentimientos negativos. Era horrible sentirse así.
—Mía, tienes que escucharme atentamente. No tenemos mucho tiempo.
Era Lucas el que hablaba y, a pesar de mi rechazo hacia su persona, su tono sonaba conciliador.
—Sé que esto ha sido una sorpresa para ti. Y espero que me creas cuando te diga que llevamos años esperando a una situación como esta.
No entendía nada. ¿Quiénes llevaban años esperando a esta situación? Y, ¿Qué situación era? Repetí aquellos pensamientos en forma de pregunta.
—Mía, soy Lucas Lowe, pero también me apellido Orduña, como tú —afirmó convincente—.
¿Podrías darme una oportunidad? —preguntó para continuar con su explicación tras mi somero asentimiento—.
Hace años desaparecí. Es cierto que fantaseaba con hacerlo.
Era un crío y todas aquellas restricciones y condiciones me asqueaban.
No entendía nada, solo sabía que esa vida no era para mí y, tras pensarlo mucho, me escapé.
Deambulé varios meses por diferentes países, viviendo al día.
Trabajaba en lo que fuera, para poder comer y alojarme bajo techo.
No deseaba lujos, no quería dinero, ansiaba libertad.
En Vietnam encontré anonimato, y una vida sencilla, pero aquella mañana, Frank Ferguson y su equipo, con Tom Sands, al que ya conoces, como su mano derecha, lograron encontrarme en la playa.
Me detallaron el proyecto que estaba en curso y su importancia.
Nunca nadie lo había hecho antes. Solo era esclavo de sus consecuencias y ni siquiera sabía cuál era el fin.
Frank y Tom, me reclutaron. Me formaron, y pasé a formar parte de la unidad oculta.
Era invisible. Nadie sabía de mi existencia… —relató.
Mi incredulidad rivalizaba con mis ansias de justicia. Deseaba creer que esa historia era cierta. Que de verdad Lucas tenía más sangre de la buena que de la contaminada. Pero ¿Tom? Tom había sido testigo de la muerte de Frank, y ni pestañeó cuando le asesinaron delante de nosotros.
—Era algo que no me agradaba, pero entendía que todos estábamos en este proyecto. Cada uno con sus responsabilidades. Así que asumí las mías y no fueron agradables. No lo son. Todavía.
—¿Qué responsabilidades tienes? —pregunté.
—Bueno, ser una especie de agente doble no ha sido fácil. Tom puede dar fe —añadió cabeceando en su dirección.
Estaba de pie, detrás de Lucas. Su expresión era exacta a la habitual. Su dolorosa frialdad mantenía su cara inexpresiva. Y su silencio atronaba, como en tantas ocasiones.
—Pero… Mataron a Frank, en frente de él. Y no hizo nada para evitarlo. ¡Nada! —exclamé llena de rencor.
—No hubiera podido evitarlo, Mía. Solo hubiera conseguido acabar muerto también, y esta oportunidad se hubiera desvanecido.
—¿Qué oportunidad? ¿De qué estás hablando?
—Estoy hablando de la oportunidad de desmantelar todo desde dentro.
Lo hemos estado preparando durante años.
Yo me infiltré en el equipo de Kellan. Era su hijo.
Sangre de su sangre y estaba perdido, en la ruina, ávido de alguien con poder, tras una época de tantas restricciones y deberes que habían conseguido que quisiera desaparecer.
A sus ojos, era una criatura rebotada, ambiciosa, despechada.
Logré convencerle. Fue duro actuar como si aprobara su siniestro plan, pero se convenció y, poco a poco, fui logrando una posición más elevada hasta convertirme en su mano derecha y sucesor, si algo le pasara.
—¿Y le ha pasado algo? —pregunté excitada.
—Está muerto —espetó—. Ahora soy yo el que dirige esto.
—Entonces ciérralo, libera a esa pobre gente y a los animales, termina con toda esta locura…
—No es tan sencillo, Mía. Tom y yo, somos el escalafón más alto, pero por debajo de nosotros hay muchas personas, muchos intereses. Debemos tener el máximo cuidado. Si se llega a sospechar algo de lo que realmente está ocurriendo, podría haber una revolución.
—¿Entonces, que habéis pensado?
—De momento, debemos seguir igual durante un tiempo.
—No voy a seguir avanzando hasta que no tenga claro que el uso del proyecto es exclusivamente para el bien.
—Lo entiendo —dijo asintiendo con cara de preocupación—, pero nadie puede notar que no avanzas.
Hubo unos momentos de reflexión.
—¿En quién puedo confiar?
—Fuera de esta sala, en nadie. Todo el recinto está vigilado. Nadie puede saber que ha existido esta conversación. Ni siquiera Eric — afirmó rotundo.
Desvié mi atención hacia mi interior.
—Necesito que mañana a las once en punto desalojéis a aquellos que consideréis. Por supuesto mi padre, mi hijo y mi tía, deberán estar lo más lejos posible de aquí antes de las diez.
—¿Por qué?
—Voy a provocar una explosión—respondí.