La verdad imposible CAPÍTULO 15. MI PLAN
82%

CAPÍTULO 15. MI PLAN

D esperté en la sala contigua al quirófano con un gotero que introducía algún tipo de sustancia en mi organismo. Al mismo tiempo que trataba de retirar la vía, apareció mi padre para tranquilizarme.

​ —Son calmantes, déjalos actuar. — Dijo apretándome la mano.

El mero contacto físico, me hizo volver a llorar.

​ —Papá…

​ —No hables, cariño. Recupérate, tenemos que empezar con las pruebas.

​ —No sé si podré hacerlo, papá.

​ —Puedes hacer cualquier cosa que te propongas, cielo. —Añadió con mirada cómplice.

​ No llegamos a tener esa conversación. No sabía qué había de diferente en mí.

No conocía mis capacidades, probablemente fueran superiores a las normales, y habitualmente, había sentido que podía con todo, hasta ahora.

Esto era demasiado. Mi único amor, había muerto a mis pies, no podía ver a mi hijo, ni hablar con libertad, estaba retenida y obligada a utilizar el experimento más relevante de los últimos tiempos de una manera retorcida y maléfica.

Y había visto el infierno con mis propios ojos.

Un inusitado trajín de objetivos bullía en mi cabeza como agua hirviendo en una pequeña olla, salpicando todo a su alrededor sin sentido ninguno.

No encontraba la claridad que necesitaba.

¿Qué podía hacer?, ¿Qué debía hacer? Estaba muy cansada.

El desánimo surgió como de la nada, saliendo de mis ojos en forma de dolor líquido y concentrado, rodando mejilla abajo.

Pensé en Frank, en mi padre, en Frederic, en mi tía, en mi madre.

Eran muy pocas las personas importantes para mí y, sin embargo, su peso era equivalente al del resto de la humanidad en mi interior.

Esa humanidad desconocida, por la que tanto había sacrificado. Esa humanidad de la que no sabía nada.

¿Merecía la pena? El único contacto ajeno a mi círculo no había sido precisamente valioso.

No había alentado el descomunal sacrificio que había que hacer en contrapartida.

Quería pensar que la generalidad no era así.

Había conocido lo mejor y lo peor de nuestra especie, y ambas facetas eran absolutamente indescriptibles.

Era infantil pensar en un mundo sin maldad, pero tampoco era lógico uno sin amor.

Quizá ambos debieran coexistir, darse sentido recíprocamente, justificarse para mantener el necesario equilibrio que todo este malversado proyecto estaba a punto de romper.

No lo podía permitir. Debía restaurarlo, tenía que conseguir deshabilitar toda esa demoniaca ambición por el control.

Mi pulso se desbocaba cada vez que Kellan venía a mi cabeza.

Lo odiaba. Y no me gustaba odiar. Iba a cambiarlo.

«Lo convertiré en su opuesto» Ese era mi plan.

Encontrarlo daba sentido a todo. Compensaría el daño, iluminaba el futuro.

Pero ¿Cómo lo haría? Kellan nunca se prestaría a la operación necesaria para colocarle el implante que consiguiera tal fin.

Debía pensar en otra cosa. Las entrañas necrosadas de chino me visitaron de nuevo sin invitación, y tras un segundo, concluí que quizá no pudiera realizar un implante en su cerebro, pero si podía hacer que enfermara.

Allí tenía muestras de algunos virus que provocaban enfermedades de afectación cerebral… Encefalitis, me dije.

​ Miré hacia la puerta de la habitación que seguía custodiada por uno de los esbirros de Kellan.

​ —Ya me encuentro bien —dije quitándome la vía—. Tenemos que continuar con las pruebas.

​ La expresión en el rostro de mi padre me indicó que sabía que algo estaba pasando. Mientras acudían otros dos sicarios que nos trasladarían al laboratorio, comenté en alto.

​ —Si los sujetos son humanos, debemos tener mucha precaución con los adenovirus utilizados en el proceso. Tanto a ellos como a nosotros podrían causarnos una encefalitis e invalidar al expuesto.

​ Mi mirada se clavó en mi padre al tiempo que escuchamos un grito que instaba al silencio.

​ —Estamos trabajando en un entorno de alto riesgo —expliqué tranquila—, tengo que comunicarme con mi padre para evitar contagios indeseados que produzcan enfermedades invalidantes que puedan hacer que todo este despropósito acabe antes de lo previsto y tú te quedes sin trabajo…

No espero que lo entiendas… —añadí mirando por el rabillo del ojo a mi progenitor— Si un virus nos infectara produciéndonos una encefalitis, por ejemplo ­—enfaticé en tono diferente esperando que mi padre comprendiera mis intenciones­—, sufriríamos una inflamación del tejido cerebral que supondría cefaleas, falta de coordinación, problemas del habla, convulsiones e, incluso, coma.

​ Decirlo en alto me producía una agradable sensación. Imaginaba secretamente a Kellan retorcido en el frío suelo de aquel laboratorio y me deleitaba con esa imagen, pero ¿cuándo podría contagiarle? ¿Cómo?

​ Lo más seguro sería inyectando el virus directamente; pero en grandes cantidades, podría incluso infectarle por mero contacto, aunque en tal caso yo también correría peligro y, por ende, mi padre y todos los presentes en el laboratorio. Aunque, eso último no me importaba en exceso.

​ En el camino al laboratorio, determiné que deberíamos aislar el virus y el tratamiento.

Y esperar al momento adecuado. No tenía un patrón fijo de contactos con Kellan.

No sabía nunca cuando iba a aparecer. Debía suceder algo, algo importante, algo lo suficientemente atractivo para forzar su presencia.

Teníamos que dar un paso al frente. Al entrar al laboratorio dije:

​ —Vamos a preparar al primer sujeto para el implante.

​ Mi padre sabía que algo estaba ocurriendo. Me miró y solo asintió. Noté su confianza y preocupación. Eric, me había enseñado todo y preparado para destacar por mi inteligencia, pero también me había criado, y a los ojos de cualquier padre, un hijo siempre es un ser al que proteger.

​ —Necesitaré aislar los adenovirus. Lo haremos todo por duplicado.

​ Miré el reloj.

​ —A las ocho en punto procederemos.

​ Aquel quirófano tenía una pared completamente acristalada. Sin duda, era una manera de controlar todo lo que dentro sucedía, y a eso de las ocho y diez, distinguí la figura de Kellan.

​ Procedimos a la operación, en la que, en realidad, no sucedió nada relevante.

Mi padre, obedeció sin titubeos a la sarta de tonterías que le fui ordenando hacer, y yo misma hacía.

Entornaba los ojos a cada paso, como tratando de averiguar mis intenciones sin éxito.

Hasta que me dirigí a aquellas inyecciones que había preparado con los virus seleccionados.

Una la introduje en la vía del paciente reservando una buena dosis que, esparcí sobre sus párpados, y la otra, la deposité en el bolsillo de mi bata.

​ —Ahora hay que esperar. Veremos las primeras reacciones en sus pupilas. —Inventé.

​ Kellan irrumpió en la sala.

​ —Es peligroso estar aquí —dije instando a que se fueran, al menos los dos personajes que le acompañaban.

​ Con un gesto de su cabeza, ambos se quedaron fuera. Él se acercó hacia el sujeto que estaba tumbado en la camilla. Sin protección ninguna y con las manos desnudas abrió los párpados infectados del sujeto.

​ Miré a mi padre.

​ —No veo nada anormal, Mía.

​ —¿Es usted médico? —pregunté retórica al tiempo que estornudaba estrepitosamente, y a propósito, sobre la cara de Kellan, asegurando más cantidad del virus que reservé previamente en mis manos.

​ Se limpió los ojos y la boca con las palmas.

​ —Eric, tienes una hija un tanto impertinente. No me gustaría…

​ —Ahora solo es cuestión de tiempo —afirmé.

​ —Tienes 48 horas.

​ —¿O qué? —le provoqué deliberadamente.

​ —O mataré a tu querida tía Mía.

​ Desapareció del quirófano y tras él, se llevaron a mi padre. Nos miramos expectantes. Ahora sí había entendido cuál era mi plan. Infectaría a Kellan y él a sus colegas. Tarde o temprano, estarían en aquella camilla a mi merced.

​ Los días pasaban y mi preocupación, al no ver el resultado esperado, crecía.

Según mis cálculos, el infame ya debía encontrarse mal, tendría que haber enfermado.

Si bien, es cierto, que esa semana aún no había aparecido por allí.

Debía forzarlo. Así que, sin más, procedí a demandar un sujeto humano, para de verdad continuar con el ensayo real.

​ Un hombre adulto de unos cuarenta y pocos en estado lamentable, pero sin patologías, más allá de una desnutrición visible, fue el designado para el gran objetivo.

​ —No puedo trabajar con una persona en este estado. Necesita fortalecer su sistema inmune, si queremos acercarnos a una respuesta realista.

​ Observé como aquel “guardia” apretaba contra su oído el intercomunicador que llevaban todos. Sin duda estaba recibiendo indicaciones, pero me parecieron menos tajantes; las respuestas no eran tan rápidas, y albergué la esperanza de que quizá no fuera Kellan el que estaba al cargo de éstas.

​ —Tendrás que conformarte con esto —contestó, por fin.

​ —Necesito ver a Kellan Lowe. —Espeté sin previo aviso.

​ El titubeo del agente era evidente.

​ —Necesito verle ahora —insistí esperanzada—. Es vital para el siguiente paso.

​ Otro personaje de similares características, que aún no había conocido, entró en la sala y tras susurrar algo al oído del agente ya presente, éste, se marchó.

​ —Acompáñame.

​ Se limitó a decir autoritario.

​ —Necesito ver a Kellan Lowe. Ahora—. Repetí por tercera vez.

​ El nuevo esbirro cogió mi brazo fuertemente y me obligó a ir a su paso.

Me introdujo en una sala cerrada, sin ventanas, ni cámaras o micros visibles como en las demás.

Solo una bombilla colgaba solitaria del techo, tosco y frío.

Una mesa metálica, a conjunto con un par de sillas enfrentadas era todo el mobiliario.

​ —Espera aquí. —Dijo señalando una de las sillas para que me sentara.

​ Permanecí de pie. La espera se alargó durante horas. Lo interpreté como una buena señal. Estaba claro que Kellan Lowe, no estaba a los mandos en este momento.