CAPÍTULO 14. DESPERTAR.
E n la explanada, aquel helicóptero negro que ilustraba mis pesadillas desde niña me esperaba.
Antes de subir, cubrieron mi cabeza con una capucha opaca del mismo color y perdí la consciencia.
Al despertar, todavía encapuchada, escuché que seguíamos en el helicóptero, y procuré no moverme ni un milímetro tratando de averiguar a dónde me llevaban; pero aparte del ruido del motor, el silencio imperaba en aquella cabina.
Intenté calmarme, pero al recordar los sucesos acontecidos, mi respiración agitada me delató.
No podía dejar de llorar, no podía creerme la situación en la que estaba y lo que era peor, no sabía qué podía hacer.
Retiraron la capucha y pude ver a Kellan, a dos hombres desconocidos para mí, y a Tom. No podía decir quién me repugnaba más.
—Bienvenida, Mía. ¿Has dormido bien? —preguntó con su asqueroso tono altivo e irónico.
Ni en mis peores elucubraciones pude imaginar alguien así. Los miraba a ambos con verdadero desprecio. Odiarles me hacía olvidar la pena, me evadía del horror vivido hacía pocos instantes. El odio llenaba todo mi ser.
—¿A dónde me lleváis?
—Al rincón de pensar, pequeña Mía.
—¿Dónde está mi familia? —insistí con la voz quebrada por la ira.
Kellan sonrió malévolo y yo traté de llegar hasta él inútilmente. Estaba esposada y anclada a mi asiento, lo que aún me produjo más impotencia. Me agité y traté de liberarme con todas mis fuerzas. Fue inútil.
—Mía, Mía, relájate. Me recuerdas a tu madre… Reserva esa energía para la investigación.
—Jamás habrá investigación. No trabajaré para usted: ni ahora ni nunca. Ya no puede hacerme daño.
Sonriendo, hizo un gesto al hombre de su derecha y le acercó una tablet. En la pantalla distinguí a mi padre y a Fred. Estaban en lo que parecía un sótano. Estaba oscuro, podía casi oler la humedad y sentir la angustia.
—¿Seguro? ¿Sabes cuánto tiempo aguanta un bebé sin alimento?
—Hijo de puta —espeté—. Le juro que todo esto se le volverá en contra.
Miré a Tom. Esquivaba mi mirada. Sabía que Kellan era un psicópata, pero me negaba a creer que ninguno en ese aparato no empatizara al menos un poco con mi situación. No había dinero que pudiera borrar tal atrocidad.
—Mía, lo haremos así, en breve llegaremos a tu nuevo centro de investigación.
Verás que está equipado a la última. Por cada avance, alimentaremos unos días a tu niñito y a tu papi.
Si no hay avances, no hay comida. Y lo que has visto te parecerá un hotel de cinco estrellas, con lo que tengo pensado si no colaboras.
Tras un segundo de reflexión contesté.
—No puedo avanzar sin mi padre. Él es el director de la investigación. Tiene conocimientos de los que carezco. Si quieres avances, tendrá que ser con él a mi lado.
—Eres obstinada, Mía, pero… De acuerdo —dijo abriendo un camino a la esperanza—. Traeremos a Eric y trabajaréis en el proyecto de manera conjunta, aunque no podréis veros. Llevaréis distintos horarios, y Fred, seguirá siendo nuestro pasaporte… A la gloria —concluyó con un gesto triunfal.
Su gloria era la desgracia del resto de la humanidad.
Poseía una mente enferma que había ido alimentando a lo largo de los años con fantasías grandilocuentes, jaleado por una corte de sirvientes egoístas y dementes que le habían hecho creer que podría dominar el mundo.
En el fondo no era más que un ser perturbado y dominante.
En realidad, sería un perfecto candidato para probar el éxito de nuestra investigación si pudiéramos llegar a entrar en aquel perverso cerebro, e inhibir las regiones necesarias para eliminar tanta maldad.
Esa idea me alentó todo el trayecto. Daba vueltas a cómo conseguirla y cómo poder comunicársela a mi padre si de verdad compartíamos laboratorio.
El aviso del piloto de que tomábamos tierra me devolvió al aparato. Miré de reojo el paraje, pero me encapucharon de nuevo. No reconocí nada sin mis ojos. Solo que cambiamos de aeronave, esta vez era algún tipo de avión, y volvimos a despegar en cuestión de unos minutos.
Tras una escala y otras tantas horas de vuelo más, aterrizamos y subimos a un vehículo que nos llevó hasta nuestro destino. Bajamos del coche y me retiraron la capucha.
—¿Te suena, querida? —preguntó Kellan
Estábamos en Wellington. En la propiedad que creí gestionada por Frank y su equipo.
—Ahora la controlo también yo —dijo como si hubiera escuchado mis pensamientos—. Te sentirás como en casa, Mía. Ya conoces el laboratorio; te gustará la ampliación que hemos hecho.
—¿Dónde está mi tía?
—Pensé que nunca lo preguntarías. Veo que no está entre tus prioridades. Tampoco entre las mías, como sabrás, pero el cariz que tome su vida también dependerá de ti, ¿no es precioso? Ahora si tienes la vida de tu familia en tus manos.
Me producía escalofríos, la ira se apoderaba de mí sin poder evitarlo, pero aquella idea, a priori casi imposible, se afianzaba en mi cabeza.
Convertir a ese demonio en un ser bondadoso me devolvía las ganas; la motivación comenzó a crecer y en mi interior bullían ideas y posibilidades que debería constatar pronto de alguna manera.
—Cooperaré.
Mi mirada severa trató de neutralizar sin éxito la media sonrisa malévola que esbozó sintiéndose vencedor. No pensaba dejarle ganar. Trabajaría duro por ese objetivo.
—¿Cuándo puedo empezar? —pregunté fría.
Se limitó a hacer un gesto a Tom, que agarró mi brazo y me dirigió hacia el ascensor que recorría los diferentes niveles que ya conocía, pero esta vez en dirección contraria.
Descendimos varios pisos perdiendo de vista las zonas familiares.
Tenía sensaciones encontradas. Algunos recuerdos eran maravillosos, felices, de los mejores de mi vida.
Otros eran atroces, me convertían en alguien que no quería ser, llenándome de odio y malos sentimientos.
Enormes dosis de preocupación se entremezclaban entre aquella amalgama de estados de ánimo desdibujados que consumían toda mi energía y, gracias a Dios, encima de todo aquello gobernaba una idea, un objetivo, inhabilitar toda esa maldad que representaba Kellan Lowe.
Tom tiró de mi hacia el laboratorio custodiado por dos agentes más con los que intercambió un código.
Sin mediar palabra, me dedicaron un vistazo general y pude observar sorpresa en sus rostros.
Quizá esperaran a alguien mayor, quizá a alguien más, quizá, como yo, creían que sería mi padre quien atravesara aquellas puertas para tal investigación, pero, de momento, esto era todo.
Me convencí de que era bastante. Recordé la modificación genética que mis padres hicieron en mi ADN: jugaba con esa ventaja y debía aprovecharla.
—¿Cuándo vendrá mi padre? Le necesito para continuar.
—Te enterarás a su debido tiempo. Ahora debes funcionar por ti misma.
Tom era frío, distante, serio, pero nunca hubiera dicho que malo.
Seguía esquivando mi mirada, seguía absolutamente impermeable a cualquiera de mis sentimientos hacia él, y antes de que pudiera reprocharle nada, soltó bruscamente mi brazo y me abandonó en esa antesala donde se apreciaban diferentes espacios equipados con las últimas tecnologías.
Mi espíritu científico me obligó a indagar que tipo de maquinaria tenía a mi alcance.
Y conforme avanzaba por la sala observé de soslayo que en cada una, había varias cámaras de vigilancia que cubrían absolutamente todos los ángulos.
Di por hecho que habría micrófonos e, instintivamente, busqué la sala de rayos.
Quizá sería la única donde poder tener algo de intimidad.
No muy lejos de ella, había una mesa con un ordenador conectado a varias pantallas.
Una voz me confirmó que en él estaba toda nuestra investigación, así que me senté delante y comencé a releer todo el proyecto.
Pasé días leyendo, tratando de memorizar fórmulas, técnicas, resultados…
Evitaba escribirlos para que nadie tuviera acceso a ellos.
Solo mi cerebro almacenaría tal información.
Repentinamente una idea cruzó mi cabeza como un fogonazo, en ese laboratorio había muestras de tejidos infectados, virus, bacterias… Todo el que entrara, corría un riesgo…
Sin pensarlo más pronuncié en alto:
—Necesito animales vivos. Sanos y también con patologías cerebrales.
Aguardé unos minutos esperando alguna respuesta. Que llegó justo antes de que reformulara mi petición.
—Vaya hacia la puerta.
Allí me esperaban dos hombres de negro riguroso, taparon mis ojos y me introdujeron en el ascensor que descendió un nivel más tras introducir un código sonoro en el panel de mandos del elevador.
Al abrirse las puertas, un fuerte hedor me obligó a taparme la nariz mientras era dirigida por aquel pasillo hacia una luz cenital que iluminaba una enorme cavidad.
Conforme nos acercábamos, apreciaba su magnitud.
Era una excavación en la misma roca y albergaba a cientos de animales separados por vallas metálicas.
—¿Qué es esto? —murmuré horrorizada.
—Es lo que has pedido —contestó impasible uno de mis acompañantes—. Hay vacas, cerdos y cabras. Estos son los sanos.
Chino irrumpió en mis pensamientos, así como sus negras entrañas.
—Quiero dos cerdos. Uno sano y otro enfermo. Los necesito cuanto antes sedados en el laboratorio.
Observé que recibían instrucciones, supuse que a través de algún pinganillo oculto. Sin decir nada, volvieron a llevarme por aquel pasadizo hasta el ascensor. Las puertas se abrieron y me encontré de frente con la cara del mal.
—¿Te ha gustado la granja, Mía? Tenemos una igual, pero con seres humanos, o eso parecen —añadió riendo—. Eric, tu tía Mía y tu pequeño bebé, están hospedados en aposentos privados, por supuesto. Siempre que colabores, así será.
—Eres un monstruo.
—Oh —respondió jocoso—. Hay quien cree que sí y hay quien cree que no. Quizá, algún día tú misma cambies de opinión.
—Eso lo dudo —mascullé entre dientes—. Necesito ver a mi padre. Estoy lista para iniciar la experimentación en animales.
Hizo un gesto con la cara y se me llevaron. Segundos después, detrás de mí apareció Tom sujetando el brazo de mi padre. Me lancé hacia él, pero me retuvieron. Kellan hizo un ruido repetitivo con su boca como negación.
—Estas son las reglas… Trabajaréis juntos bajo permanente vigilancia.
En el momento en que una conversación no me guste, o algo extraño sea detectado, tu querida tía será castigada.
Si hay una segunda vez, incluiremos al niño.
No creo que deseéis conocer… —hizo una pausa— Las torturas.
Pero si ocurren, seréis testigos en primera persona. ¿Entendéis?
—Sí —contestó mi padre, adelantándose a mi respuesta.
—¿Mía? —insistió el ser despreciable—. ¿Lo has entendido?
Asentí con la cabeza. Mantenerme en silencio fue, sin duda, lo más duro que había tenido que hacer hasta la fecha. Deseaba preguntarle a mi padre tantas cosas. ¿Cómo estaba? ¿Y Mía? ¿Y Fred?
Tratábamos de hablar con la mirada, pero no era suficiente.
Sus ojos estaban distintos, no leía bien lo que querían decirme.
Había pena, preocupación, desasosiego, dolor, tensión, ira, resignación y miedo.
Una forzada sonrisa trataba de enmascarar todo aquello sin éxito.
Y tras una larga inspiración asintió instándome a ponernos a trabajar.
—Tengo a dos cerdos —dije por fin—, uno sano y uno enfermo.
Habría que hacer los implantes de fibra óptica en ambos y después inyectar adenovirus para empezar con las pruebas.
Es algo completamente inédito —mentí a conciencia—.
Quizá no surta ningún efecto —continué con la falacia mirando fijamente a mi padre—, pero debemos arriesgarnos.
—Prepararé los implantes —contestó mirándome un segundo más de lo debido, dándome a entender que me seguía el juego.
Kellan volvió a escena en ese momento.
—La experimentación se hará con humanos directamente. Ninguno queremos dedicar más tiempo del necesario a esto, ¿cierto? Acompañadme, por favor. —Añadió en ese falso tono cortés tan repugnante como de costumbre.
Le seguimos escoltados por Tom, que seguía esquivando mi mirada acusadora, y dos matones más.
¿Era buena señal? ¿Quizá se sentía culpable o simplemente era el monstruo que parecía?
Su ausencia de expresiones siempre me descolocó.
Era gélido. Verle me producía una sensación contrariada, sentía fuego en mí, ira en estado puro.
El odio se apoderaba de mí y me distraía de lo verdaderamente importante: encontrar la manera de comunicarme con mi padre.
Llegamos a una sala con un gran ventanal cerrado por cortinas de oficina. Con expresión triunfal, Kellan tomó la varilla giratoria que reveló oscuridad al otro lado.
—¿Estáis listos? —preguntó sonriente— ¡Luces! —exclamó mientras levantaba las cortinas a modo de telón— y… ¡Acción!
Fue horrible. Más de veinte personas escuálidas y sucias levantaron su cabeza hacia aquella luz que iluminó sus famélicos cuerpos.
Compartían un gran habitáculo excavado en la roca húmeda, similar al siniestro corral de los animales que ya había conocido previamente.
El trato, inhumano. Así imaginaría el infierno a partir de entonces.
Pensé en mi tía y en mi pequeño y las lágrimas brotaron en silencio arrasando la poca esperanza que quedaba en mí. Mis rodillas se doblaron solas y me desplomé sobre ellas llevándome las manos a la cara.
—No… —sollocé, atónita—. Esto es … ¡¿Es usted un ser humano?! —añadí con desesperación—. Esa pobre gente… Dios mío…