La verdad imposible CAPÍTULO 13. A TRAICIÓN
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CAPÍTULO 13. A TRAICIÓN

F ueron meses de arduo trabajo. Nuestras jornadas de investigación y estudio se alargaban muchas veces todo lo que nuestra energía nos permitía, otras, incluso más.

Solo cuando nuestros ojos comenzaban a negarnos la visión o, si Frank nos daba un toque de atención, descansábamos lo justo para poder seguir.

Estábamos cada vez más cerca, pero cada avance, nos ofrecía multitud de opciones, cientos de ramificaciones y caminos para indagar.

Teníamos delante el universo, pero no disponíamos de herramientas suficientes para explorarlo. Era frustrante y retador a la vez.

​ Dormir o comer se convirtieron en obligaciones.

Toda nuestra vida, nuestro tiempo, todo, giraba en torno al proyecto.

Desatendí lo demás sin apreciar el desgaste que la falta de interés en nada más durante tanto tiempo produjo en mi relación y, sin querer, aparté a lo que más quería en el mundo.

Frank nunca se quejó. Entendía a la perfección lo que ocurría.

Ambos lo sabíamos, y apreciábamos poder estar juntos, pero sus ojos se volvieron tristes.

Llevaba demasiado tiempo sin observarlos con detenimiento, y esa noche lo advertí.

Era mi cumpleaños, y había preparado una cena especial para las diez en punto. A las doce y media lo recordé.

​ —¿Frank? —dije en alto para saber dónde estaba al llegar al salón apagado.

​ En la mesa seguían los platos tal y como los había dispuesto.

El mejor mantel de hilo los sostenía, y también los candelabros con velas blancas perfumadas con esencia de jazmín.

Una fuente con carne asada y verduras se echaba a perder intacta en medio de la escena y había una botella de vino casi vacía al lado de su plato.

​ —Por fin —contestó al tiempo que se servía lo que quedaba en la botella tras levantarse del sofá—, ¿habéis terminado por hoy? —continuó visiblemente molesto.

​ —Sí —dije culpable—. Perdona, cariño, no sabía que ibas a tomarte tantas molestias.

​ —Era un día especial, pero no te preocupes —continuó—. Lo celebraremos el año que viene.

​ Salió. Le seguí. Su manera de alejarse indicaba enfado y frustración. Sabía que, desde hacía mucho, no estaba conforme con cómo iban las cosas a nivel personal y por fin lo expresó.

​ —Mía, no puedo más. Necesito un respiro.

​ —¿A qué te refieres, Frank?

​ —No sé, quizá alejarme un tiempo de esto…

​ —¿Alejarte un tiempo de esto? —repetí incrédula—.

¿Alejarte de mí? ¿De Fred? ¿Así sin más?

—pregunté muy enfadada— Estoy igual de cansada que tú Frank, quizá más, mi responsabilidad es tremenda, no paro de trabajar y no hallo las respuestas, no como, no duermo, vivo por y para encontrar una solución y poder volver a esa normalidad que se supone que existe porque no tengo alternativa.

Creí que estabas con nosotros en esto, que éramos un equipo y ahora vienes a decirme que necesitas alejarte de todo, incluyéndome a mí. ¿Es así?

​ —Sí.

​ No esperaba tal respuesta. Y me enfadó aún más. Esa posibilidad era una utopía para mí por ahora. No tenía esa opción. Al comprenderlo, me rompí por dentro. ¿Frank podía abandonarme? Parecía que sí, es más, lo había expresado en voz alta, y yo no sabía qué aludir.

​ —Sabíamos que iba a ser duro —añadí llorando.

​ —Es cierto, pero creí que estaríamos juntos. Y no lo estamos, Mía. ¡No lo estamos! No existimos para ti. No existo, ya ni siquiera me miras. No duermes conmigo. He desaparecido por completo. Ya no te importo igual.

​ —¡Eso no es verdad! —grité—. Todo lo hago por nosotros.

​ —¿Estás segura? —dijo, mirándome a los ojos segundos antes de dirigirse a su oficina.

​ Era una verdad a medias. Lo hacía por nosotros, pero también por mí misma.

No sé si era ego, orgullo, un reto… No estaba segura, pero la humanidad esta vez había pasado a tercera posición.

Me sentí egoísta. Era cierto lo que Frank decía, pero ahora me sentía incapaz de reconocerlo y me ofendía.

No le seguí, y a pesar de estar horriblemente cansada, no pude dormir.

Daba vueltas una y otra vez, observaba la luz de Frank desde la ventana, le quería, pero es verdad que había dejado de ser una prioridad.

El recuerdo de sus ojos ya no erizaba mi piel.

Era una sensación diferente. ¿Era amor o era costumbre?

​ Por primera vez, me planteé si pudiera capaz de vivir sin Frank allí. Mi respuesta me asombró: sí.

​ Me sentía mal. No sabía si era madurez, responsabilidad o egoísmo.

La tentación de abandonar todo por él, de vivir en cualquier sitio con lo justo para mantener nuestras mínimas necesidades ya no era mi motor.

¿Qué me pasaba? Yo le quería. Apreté la almohada contra mi cara con desesperación.

Eran ya las tres y no podía parar de pensar.

Un vaso de leche caliente me pareció una buena idea, pero al bajar la escalera, percibí que había alguien en la cocina.

​ —¡Papá! —dije sorprendida—. ¿Qué haces a estas horas despierto? Tienes que descansar.

​ —No podía dormir, cariño… Os he oído discutir—comentó evitando mi pregunta.

​ Me quedé en silencio un momento antes de echarme a llorar.

​ —Mía, hija, te entiendo más de lo que crees, y me conmueve el hecho de que des prioridad absoluta al proyecto, pero incluso nosotros, que vivimos para esto, debemos descansar, desconectar.

Tu madre y yo nos obligábamos a ello. Si no, hubiera sido muy fácil olvidarnos de nuestra relación, de nuestro afecto mutuo, y fue lo más bonito que pudimos crear.

Nuestra vida es bastante dura, la tuya incluso lo ha sido más, pero tienes una oportunidad de amar.

Has podido crear tu familia en estas circunstancias y era difícil de verdad.

Me sorprendiste por ello, me sorprendes cada día con las cosas que eres capaz de hacer, pero no olvides que el amor, nunca es fácil de encontrar y no se debe descuidar.

​ Mi padre de nuevo me dejaba sin palabras. Era mi referente, mi guía y de manera exquisitamente delicada me acababa de decir que estaba equivocada.

​ —Gracias, papá —exclamé en el suspiro que me llevó a sus brazos.

​ —De nada, cariño. Ve a dormir con Frank y mañana no quiero verte en el laboratorio en todo el día.

​ Le hice caso y me dirigí a su encuentro. Entré en su habitación y despacio me acurruqué a su lado en la cama.

​ —Lo siento —susurré—. Tienes razón. Necesito que me perdones porque te quiero muchísimo y te prometo que voy a estar más para ti y para Fred. Tienes que confiar en mi o me moriré.

​ A los pocos segundos su brazo pasó encima de mí.

​ —Confío en ti.

​ Por fin, me dormí.

​ Eran casi las diez cuando me desperté. Frank estaba sentado en una silla a mi lado. Me observaba con una expresión extraña.

​ —¿Qué pasa, cariño?

​ —¿No trabajas hoy? —dijo con una mueca de escepticismo.

​ —No —sonreí— Y espero que tú tampoco… Quiero pasar el día entero contigo y con Fred. Los tres solos, como la gente normal.

​ Frank también sonrió. La luz de la mañana iluminaba su rostro y el verde de sus ojos volvió a parecerme irresistible.

​ —¿Podría volver a la cama, señor Ferguson? —pregunté mientras la abría dejando ver que dormía desnuda.

​ Fue un día precioso. Fuimos de paseo hasta el arroyo que fluía siempre frío, directo de las cumbres.

Fred sonreía. La primavera estaba empezando a florecer y había más estímulos de lo habitual.

Mariposas revoloteaban entre las primeras flores.

Su color blanco destacaba sobre el morado con estambres y pistilos naranjas de esos azafranes de montaña.

Eran mis flores favoritas, en mi paisaje preferido de siempre, pero ahora con más razón.

Las imponentes montañas, servían de marco y abrigo para mi familia.

Miré un momento a Frank y Fred, mientras me sentía inmensamente afortunada.

​ —Te prometo que, desde hoy, tendremos un día en familia todas las semanas.

​ Frank solo sonrió. Me besó en la frente y tomó mi mano para volver a casa y cocinar.

​ —Anda, ve a ver a Eric. Sé que no puedes resistirlo más —añadió condescendiente.

​ Al llegar a la entrada del laboratorio algo me hizo perder la consciencia.

Al despertarme, estaba atada en una silla en el área de rayos.

Tenía sangre en la ropa que goteaba desde la barbilla proveniente del golpe en la cabeza que me desvaneció.

En frente de mí, había tres hombres. Llevaban traje negro.

Mi estómago dio un vuelco al ver entrar a Kellan.

​ —¿Dónde está mi padre? —pregunte con pánico.

​ —Yo también me alegro de verte, Mía —contestó impasible—. Te pareces a tu tía.

​ —Tú te pareces al demonio, te mereces morir —repliqué con odio.

​ —Quizá, pero no lo haré. Hoy, no moriré yo— contestó con ritmo lento deliberado.

​ —¿Dónde está mi padre? —repetí alzando la voz con desesperación.

​ —Tu padre… Eric, es un hombre muy testarudo. No atiende a razones, ¿comprendes? Y mi paciencia ha alcanzado su límite.

​ No había estado tan aterrorizada en mi vida. Luchaba por revisar visualmente cada detalle, y a la vez pensaba en Frank y en Fred.

​ —Dime donde está mi padre, y donde están Frank y mi hijo.

Kellan rio con maldad.

​ —Una preciosa familia, ¿eh?

​ —Si les haces el más mínimo daño, yo misma te mataré.

​ —Mía, Mía, Mía… Tienes el temperamento de tu madre… No estás en posición de amenazarme, pequeña.

​ —Si lo estoy. Ustedes quieren algo que solo mi padre y yo podemos darles. No pueden tocarnos.

​ —Eso elimina de la ecuación a otras personas… ¿No te parece?

​ Frank entró en la sala a punta de pistola con un cuarto hombre. Le habían golpeado con más fuerza que a mí. Su ojo derecho hinchado y amoratado, apenas podía abrirse y borbotones de sangre habían cubierto su cara hacía no mucho.

​ —Todo saldrá bien, Mía. Sabes cuál es nuestra misión en el mundo. Se valiente. Te amo.

​ Una mirada de Kellan al tipo que lo retenía provocó el disparo en la sien de Frank haciéndole caer desplomado a mis pies.

​ El mundo se detuvo.

​ “Démosle unos minutos”, escuche a lo lejos.

​ —¡No! ¡Frank! ¡Frank! Por favor, amor mío, dime algo —supliqué sin éxito.

​ —Está muerto, Mía —añadió con satisfacción—. A no ser que inventéis la resurrección, no volverá a decir nada.

​ Vomité. Temblaba. Un zumbido agudo crecía en mis oídos. Apenas podía respirar.

​ —Quiero ver a mi padre y a mi hijo. Por favor —imploré—. Por favor.

​ Eran seres demoníacos. Nunca había conocido una maldad semejante, tal frialdad. Habían destrozado mi vida en una fracción de segundo, justo cuando empezaba a encontrarle sentido. El mundo, esa humanidad, esas ganas de ayudar, todo se desvaneció con aquel disparo. Nada volvería a ser igual.

​ “Llevadla arriba”

​ En el sofá, mi padre y mi hijo. Estaban aparentemente intactos. Fred lloraba y los ojos de mi padre no auguraban nada bueno.

​ —¿Ves a lo que me obligas, Eric? Me conviertes en el malo y consigues que todos a tu alrededor sufran.

Habría sido tan fácil, pero insistes en el camino complicado.

Desde hoy, vosotros tres trabajaréis y viviréis por y para mí.

Mis hombres se instalarán en aquella casita que ocupaban los del…

cadáver de abajo, cuya unidad, por cierto, ha quedado… descabezada.

​ Sentí un odio inconmensurable dentro de mí, me atravesó mientras Kellan sacaba un teléfono del bolsillo interior de su chaqueta. Deseé matarle. Deseé que sufriera. La inquina que sentía era desmedida.

​ —Que venga Julia. —Ordenó a uno de sus hombres.

¿Julia? ¿De nuestra unidad de protección?

​ —Hola, Mía, siento lo de Frank —expresó claramente en contra de sus verdaderos sentimientos.

​ Mis sospechas se confirmaban, era ella.

​ —¿Qué tienes que ver aquí, Julia?

​ —Tu querido Frank, me obligó. Me retiró de una misión que fue todo para mí durante seis años. ¡Seis años, Mía! Hice todo lo que se me requirió y más. Entregué mi vida a Frank Ferguson y te eligió a ti —sus palabras destilaban odio.

​ No daba crédito. ¿Estaba en sus cabales? Antes de que pudiera dar réplica, Tom entró en escena. Analicé su mirada, era fría, como siempre.

​ —¿A ti también te han comprado, Tom? —pregunté escéptica— ¡Frank te quería! —añadí a voces antes de derrumbarme— ¡Frank te quería!

​ ¿La humanidad merecía tanto sacrificio?

Quizá la raza humana era indigna de protección.

El ansia por el poder, el dinero, el ego, era excesivo y lo estaba constatando de la peor manera posible.

No había conocido a muchas personas en mi vida, pero salvo mi familia, todas las demás eran malas.

¿Por qué? Por qué deseaban esas cosas sin valor antes que las verdaderamente importantes.

No lo comprendía, y sentía que mi cabeza iba a estallar.

​ Miré a mi padre y a mi hijo, como si fueran un balón de oxígeno en aquel océano de maldad en el que me ahogaba.

“Os amo” gesticulé en dirección a mi padre cuando me levantaron para llevarme fuera.

Fred lloraba y mi padre gritó “Mía no pierdas la esperanza, todo esto sigue mereciendo la pena. No te rindas. Prométemelo”

​ Siempre tuve muy en cuenta lo que mi padre decía. No sabíamos qué iba a pasar a partir de ahora, y eligió ese mensaje. Debía hacerle caso. Me zafé de aquellos hombres y llegué a hasta él, y en ese último abrazo se lo dije, “te lo prometo papá. Te lo prometo”