CAPÍTULO 12. REVELACIONES
E l pitido del ritmo cardíaco que registraba el monitor me devolvió la consciencia. Estaba ocupando el lugar en el que debía estar Fred.
—¿Qué ha pasado? —balbuceé con un notable dolor de cabeza—¿Dónde está Frederic?
—Tranquila, está con Frank arriba. Te has desmayado.
La preocupación era evidente en su expresión, pero traté de restarle importancia.
—Supongo que son muchas emociones —dije tratando de ser convincente—. Quizá haya sido un bajón de azúcar…
—Tus niveles están bien. No encuentro un motivo claro y…Y… —repitió sin saber cómo seguir.
—¿Y qué, papá? —pregunté asustada—. ¿Es Fred?
—No, el niño está bien.
—Entonces, ¿qué pasa? Habla, por favor —rogué.
—No reconocías a Frank.
—¿Qué?
—Cuando Frank entró, ninguno de los dos le reconocíais. Pude observar el engrama de Frederic, no presentaba activación de las redes neuronales afectivas, cosa normal con el láser encendido, pero tú… No entiendo tu reacción. No puede deberse a la luz. No sé qué ha ocurrido.
El asombro de ambos nos impidió comunicarnos por un momento. Podía ver cómo Eric daba vueltas a imposibles en su cabeza, a la par que descartaba opciones en la mía.
—¿Estás diciendo que ha funcionado? —sonreí intranquila—, pero ¿también me ha afectado a mí? ¿Cómo puede ser? —balbuceé pensativa.
—No lo sé… Eso parecía.
—¿Cómo puede ser? —repetía moviendo la cabeza y frunciendo el ceño—. ¿Es acaso posible? —volvía a preguntar mientras revisaba todos mis conocimientos y lógicas mentalmente.
Mi padre daba vueltas y repetía los gestos que hacía siempre que algo le superaba. Se tocaba el pelo, frotaba su cara con ambas manos, sudaba…Y de pronto, paró en seco.
—¿En qué estás pensando, papá?
Sabía que algo estaba dibujándose en su mente, algo inesperado, imposible hasta el momento.
—Quizá, al inyectar los vectores virales en el cerebro de Fred, de alguna manera, te afectaron también —dijo mientras se mordía la uña del pulgar derecho, incrédulo y nervioso a partes iguales—. Una especie de transfusión feto materna en la que esos virus pasaron a tu torrente sanguíneo…
Tras un momento eterno susurré:
—Microquimerismo fetal. Papá, eres un genio. Pero, aun así, ¿cómo sería posible reaccionar a la luz sin implante de fibra?
No daba crédito. “Abre tu mente”, pensé, “todo es imposible hasta que sucede”.
—Por los ojos —contestó mi padre categórico—, en las retinas hay fotorreceptores, están actuando de transmisores igual que el cable de fibra óptica. ¡Dios mío, eso es! —exclamó eufórico —. ¡Esto es histórico, hija mía!
La exultación de mi padre contrastaba con mi inactividad.
Él no dejaba de moverse de un lado para otro, encendiendo monitores, abriendo cajones y apuntando los cientos de ideas, teorías y comprobaciones que quería realizar, y yo estaba completamente inmóvil en la camilla, no sabía cómo sentirme, ni por dónde empezar.
Me había quedado absolutamente en blanco y no reaccionaba a la noticia, estaba absorta, como quien trata de desenredar dos finas cadenas que se han enrollado entre ellas y no puede hacerlo, pero no deja de intentarlo.
Frustrada, me incorporé para ir a ver a mi prometido y a mi hijo. Estaban tumbados en el sofá. Frank dormía y Fred estaba a punto de hacer lo mismo, pero en su pequeño parpadeo, me vio y sonrió. Sus brazos y piernas se agitaron a la vez, y el sonido de alegría despertó a su padre.
—Hola —dijo adormilado—. ¿Cómo estás, mi amor?
Mi sonrisa delató que le reconocía, y pude observar el alivio en sus maravillosos ojos. Estaban algo hinchados, y aún más verdes de lo habitual. Había estado llorando, sin duda, aunque no permitiría que lo percibiera.
—Hola, mi vida —contesté mientras me acurrucaba a su lado—. ¿Cómo está Fred? —pregunté cogiéndole para darle un abrazo.
—Está bien. Completamente normal —dijo reconfortado—¿Y tú? ¿Qué pasó ahí abajo, Mía?
—Creemos que, de alguna forma, durante el embarazo o la operación, los virus inyectados a Fred pasaron a mi torrente sanguíneo, y las opsinas, las proteínas fotorreceptoras contenidas en ellos se alojaron en mis neuronas también.
No sabemos exactamente dónde, aunque es posible que las neuronas retinianas estén afectadas, pues reaccioné a la luz como él, pero sin implante.
Los conos, bastones y células ganglionares de las retinas son fotosensibles y podrían haber actuado como el cable de Frederic, inhibiendo reacciones afectivas a estímulos conocidos —hice una pausa para observar su reacción—.
Por eso no te reconocí —añadí cogiéndole la mano.
Frank asentía en silencio. No era una información fácil de asumir, ni siquiera para nosotros como científicos. Era algo inesperado, inexplicable de momento y, desde luego, enormemente sorprendente.
—Si os exponéis a esa luz, ¿no recordáis nada?
—Nuestro patrón cerebral cambia. Lo que, sin luz, nos produce afecto o miedo, por ejemplo, se puede inhibir o alentar, y el comportamiento neuronal es diferente.
No sabemos hasta qué punto podría cambiarse, hay que averiguarlo y, sobre todo, encontrar la manera de evitarlo en caso de uso malicioso.
Bien usado —continué optimista—ya sabes…
—¿Qué consecuencias tiene para vosotros?
—No lo sabemos —contesté, pensativa.
—¿Podría pasaros lo mismo que al cerdo?
—¡Espero que no! —exclamé con una risa espontánea.
—No es gracioso —contestó Frank muy serio—. No quiero que mi mujer y mi hijo se pudran por dentro.
El ambiente se volvió tenso.
—¿Crees que yo sí? —respondí molesta.
—Lo siento —dijo abrazándome—. Esto me supera a veces.
Nos sobrepasaba a todos. Era como precipitarse al vacío sin saber que había debajo, pero sin otra alternativa. Únicamente podíamos continuar y confiar en que las cosas saldrían bien.
A pesar del halo de normalidad que intentábamos dar al día a día, estábamos nerviosos. Mi padre especialmente. Notaba como me observaba sin parar. En el laboratorio, durante la comida… Si me ausentaba un momento, por cualquier causa, me seguía a escondidas. Disimular no era su fuerte.
—Papá, solo voy al baño —dije notando sus ojos en mi trayectoria hacia el servicio—. Estoy bien.
—Te estoy agobiando un poco, ¿verdad?
—Un poco —reí—… Sé que estás preocupado, pero tenemos que seguir con la experimentación y la normalidad de siempre.
Tras un momento de reflexión contestó.
—Lo sé —dijo inhalando profundamente—. Mañana retomaremos las pruebas.
Debíamos retomarlas hoy, pero acepté. Yo también estaba inquieta, pero me sentía fuerte, extrañamente confiada.
Habíamos trabajado sin descanso, y todo lo que dependía de nosotros, estaba establecido y revisado, pero el azar, la suerte, Dios —o como quisiéramos llamar a lo desconocido fuera de nuestro control— también jugaba esta partida.
Durante la cena, la mirada de mi padre seguía sin apartarse de mis movimientos y su comportamiento extraño, me llamaba la atención: hacía ademán de decir algo, pero callaba. Al tercer intento, le pregunté.
—Papá, ¿qué intentas decir con tan poco éxito?
—Me conoces bien, hija—respondió con una mueca de resignación.
—¡Qué remedio!
—No es nada —continuó haciendo una mueca que miraba al techo donde estuvieron las cámaras no hacía mucho.
Lo miré contrariada, y reaccionó.
—Perdonad, es la costumbre.
Hacía ya un tiempo que Frank había desactivado las cámaras y escuchas. Su presencia permanente y la de un pequeño equipo, eran garantía suficiente. Disfrutábamos de una reconfortante libertad de expresión, de la que mi padre no estaba haciendo uso…
—¿Quieres decir ya lo que te pasa, papá? —insistí ante su inquietud.
—Es… Algo que nunca he dicho a nadie —dijo preocupado—. No sé ni por donde empezar…
Su tono cambió y la seriedad nos invadió. Frank se apartó en silencio para dejarnos intimidad, pero mi padre le instó a escucharlo.
—Quédate por favor, Frank. Eres parte de la familia —continuó con gran esfuerzo mirándome a mi esta vez—.
Es algo que tenía que haberte dicho hace mucho tiempo.
Mía, eres excepcional, tu inteligencia es impresionante y además de lo que pudieras heredar de tú madre o de mí, quisimos asegurarnos de que podrías continuar con la labor que nosotros comenzamos, y mejorarla, llevarla a buen fin…
—¿Qué quieres decir, papá? —pregunté con ansiosa expectación— ¿Papá? —insistí ante su silencio— ¡¿Eric?! —exclamé para sacarlo de su letargo momentáneo.
—Sabíamos que serías una niña muy inteligente. Necesitábamos que lo fueras y…
Hubo una pausa.
—Lo hicisteis… —dije estupefacta llevándome las manos a la boca subconscientemente.
Asintió sin mirarme. Estuve un rato pensativa. Repasé mi vida de un vistazo y entendí por qué problemas realmente complicados se resolvían en mi cabeza sin dificultad ante la orgullosa mirada de mi padre.
No podía culparle por algo que yo también había hecho a mi hijo.
Mi padre y mi madre manipularon mi genética para asegurarse que tuviera una inteligencia superior al resto, unas facultades suficientes para poder afrontar la herencia científica que estaban construyendo.
Recordé que se había probado en ratones, pero como todo lo que allí desarrollábamos, su aplicación en humanos estaba terminante prohibida.
—Y funcionó, ¿no? —pregunté retóricamente—. Tienes que enseñarme cómo fue. Quiero saberlo todo —afirmé contundente con media sonrisa dibujada en la cara.
Mi padre me miró orgulloso, admirado de mi reacción. Se acercó y me besó con fuerza.
—Habría que clonarte, Mía. Esa será nuestra próxima misión —concluyó sin definir si hablaba en serio o no.
Frank intervino desconcertado.
—Perdón por mi ignorancia, ¿qué hicisteis? ¿Qué funcionó? No os sigo, disculpad.
—Mis padres modificaron mi genética para hacerme más inteligente —contesté resumiendo al máximo— Y ahora, tiene que mostrarme cómo lo hicieron. Quiero aprenderlo. —Insistí.
—Eso, no… ¿No ha tenido consecuencias? —cuestionó Frank asombrado.
—No —respondió mi padre algo inseguro.
—No puede saberse con seguridad —apunté—, pero parece que hasta este momento no —aguardé un segundo, quizá si tuviera consecuencias—. A no ser que la susceptibilidad a la luz del láser sin implante sea una de ellas —murmuré en alto—. ¿Qué genes modificasteis?
Los ojos de mi padre se iluminaron. Era una posibilidad, sin duda. Ambos miramos a Frank, que asumió el significado de ese gesto.
—Entiendo. Tenéis que trabajar… Me voy.
—Gracias, cariño —dije mientras le besaba y nos dirigíamos al laboratorio.