La verdad imposible CAPÍTULO 11. FREDERIC. #2
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CAPÍTULO 11. FREDERIC. #2

​ En el momento en que volvió, Frederic ya estaba respirando por sí mismo.

Yo me tumbé exhausta en el suelo con él en mi regazo, todo había pasado increíblemente rápido, pero me había quedado prácticamente sin fuerzas.

Frank y mi padre aparecieron en ese momento sin dar crédito a que hubiera dado a luz sin asistencia y en tan solo unos minutos.

Frank estaba paralizado, mientras mi padre entró a por hilo y tijeras.

Cortó el cordón umbilical, pidió a Tom que preparara la balde con agua tibia y ordenó a Frank que me llevara al baño cuando expulsara la placenta.

Tras asearnos, Frederic y yo, nos acostamos en la cama de mi habitación.

Era tan pequeño e indefenso. Frank nos acompañaba y mirándolos, lloré de emoción, pero también había un poso de angustia, culpabilidad y miedo inevitable. Se sentó a mi lado y nos besó a ambos.

​ —Todo irá bien, Mía. Te quiero. Os quiero. —Dijo con ternura.

​ Sonreí queriendo creer la primera afirmación; quién sabe, quizá tuviera razón.

​ Frank se instaló en la casa con nosotros y un agente ocupó su lugar junto a Tom.

Observábamos a Fred sin descanso. El interior ennegrecido de Chino, volvía a mi cabeza sin querer, y estaba segura de que también a la de mi padre.

Nunca supo qué había pasado, por qué se había necrosado todo sin ningún síntoma.

No encontró explicación, y a pesar de tener una alta tolerancia a la frustración, sé que era algo que le corroía por dentro, aunque tratara de disimularlo.

​ Frederic crecía por días. Era un bebé fuerte y sano, que mamaba con ansia y dormía profundamente, sin apenas llantos. Tenía los ojos muy abiertos desde el mismo momento del parto, como si quisiera descubrir cada rincón de inmediato.

​ —Un futuro científico —bromeaba mi padre, mientras le sostenía con afecto más tiempo de lo que nadie hubiera esperado.

​ ¿Pensaría en Allan? Por su edad, podría ser también su hijo. Apenas se llevaba unos años con Frank, era joven para ser abuelo, pero lo era, y también, era nuestra forma de tomarle el pelo.

​ Aquella tarde, con mi padre sujetando a mi hijo en brazos, entre bailecitos y nanas, y con Frank dándome la mano mientras estábamos sentados relajadamente en el sofá con un chocolate humeante, llegué a sentir la normalidad que tanto anhelaba.

Fue un momento mágico. Era completamente feliz, pero retomar la investigación y redefinir el calendario de pruebas a Fred, me aturdía.

​ Pensaba en mi madre, me identificaba tanto con ella.

“¿Cómo lo soportaste, mamá?”, me preguntaba, respondiéndome sobre la marcha: “igual que has soportado todo lo demás. Por un bien más grande que ninguna vida individual, ni la tuya, ni la de nadie. Por la humanidad”.

Era curioso que esa misma cualidad, se pusiera en tela de juicio en los comités éticos con respecto a toda nuestra labor.

De hecho, se adujo falta de ella, y por eso, oficialmente, no existíamos.

Pero sí lo hacíamos, e íbamos a revolucionar la ciencia.

​ Frederic tenía ocho meses cuando le hicimos el implante.

Era un bebé perfectamente normal, salvo por aquel cable que salía de su pequeña cabecita.

No me gustaba, pero había asumido que, a pesar de que sería un niño querido y tratado con mimo, cuidado y amor, era parte de este particular destino que todos compartíamos.

​ Su vida —como la mía, o la de mi padre, o la de Frank— sería distinta, pero, por propia experiencia, sabía que no significaba que fuera peor.

Incluso desde hacía ya muchos meses, sentía que era verdaderamente extraordinaria.

Me sentía plena, satisfecha, realizada. Éramos una familia unida y fuerte.

Ya no anhelaba tanto viajar ni conocer otra gente.

Estaba completamente llena con lo que tenía; concentrada en la labor que nos ocupaba prácticamente las veinticuatro horas del día, hasta que llegó el momento.

​ —Mía, estamos listos —afirmó mi padre mirando la pantalla de su ordenador.

​ Era difícil, pero debíamos proceder. Subí a buscar a Frederic, que estaba con Frank.

Su imagen me conmovió profundamente. Él le sostenía en sus brazos, mientras lo balanceaba a los lados y de arriba abajo, acompañando el movimiento con una pequeña canción, que incrementaba el tono cuanto más rápido se movían.

​ Fred, sonreía todo el tiempo y emitía sonidos agudos de puro disfrute.

Los miré a escondidas un rato, desbordada de amor y ternura.

Deseaba que pudiéramos ver a ese niño crecer feliz, que averiguáramos cómo evitar la manipulación de su cerebro para que nunca pudiera utilizarse con fines perversos.

Dominar ese interruptor que permitiría tratar enfermedades y traumas, pero tristemente también crearlos e, incluso, controlar la voluntad y los recuerdos, creando fobias y filias a demanda.

No sería fácil, ni rápido, pero merecería el esfuerzo. Lo conseguiríamos.

​ —Frank —dije suave—, es la hora.

​ Sus ojos expresaban lo mismo que mi dolorosa sonrisa. Miramos un momento a aquel precioso niño, y su pequeña manita se dirigió hacia mi mejilla para acariciarla.

​ —Te quiero, Frederic. Te quiero con todo mi corazón —dije entre lágrimas.

​ Frank me besó en la frente, emocionado.

​ —Él también te quiere, Mía. Todos te queremos de esa manera.

​ Esa fue la mayor demostración de amor de mi vida. A pesar de estar atemorizado, destrozado, reticente y roto por dentro, no hubo atisbo de nada de lo anterior en sus actos. Me entregó a nuestro pequeño tras mirarle un momento con una sonrisa, y yo no pude articular palabra.

​ —Saldrá bien —añadí, intentando sonar segura.

​ —Lo sé —respondió.

​ Se hacía difícil respirar. Mis manos temblaban cuando conecté los electrodos a la cabecita de Fred.

Estaba tranquilo, confiado, y a pesar de acariciarlo sonriente, el temblor de mis manos y mi agitada respiración evidenciaban mis nervios.

Tomé un calmante para contrarrestar el efecto de la adrenalina en mi tensión y ritmo cardíaco.

​ Mi padre asintió con un gesto de aprobación y comenzamos.  Iba a ser un primer paso, solo una primera comprobación que, de resultar exitosa, nos daría vía libre para continuar experimentando.

​ En la pantalla se fueron proyectando imágenes de varios tipos para estimular las reacciones de Fred, su cunita, el osito azul y amarillo de felpa que usaba para dormir, mi cara y la de su padre...

El engrama del niño mostraba la activación de redes neuronales estables con respuesta afectiva positiva; el patrón de activación era el esperado.

​ —Voy a inhibir ese grupo —dijo mi padre encendiendo un led de luz amarilla.

​ La luz permitiría que la canalrodopsina se abriera formando un poro en la membrana de las neuronas, permitiendo el paso de sodio o, en este caso, potasio a su interior para inhibir su expresión.

Fred debía permanecer indiferente ahora a los mismos estímulos, ya no eran algo agradable para él, pero tampoco desagradable, todavía.

​ Su respuesta inconsciente era casi de curiosidad, pero sin familiaridad ni afecto. Eran imágenes sin más importancia, no activaban los grupos de neuronas tratados.

​ —Acércate a él, Mía, que pueda verte y olerte.

​ Mi hijo, no me reconocía. Me miraba como si fuera una desconocida. Mi corazón se partió y desbocó con la misma rapidez. El primer paso funcionaba como habíamos pensado.

​ Miré a mi padre incrédula, me sonrió orgulloso y besó a Fred en su tripita redondeada. Él rio, aunque solo hasta que yo también me acerqué. Su conducta hacia mí seguía siendo amable —era un rasgo de su carácter—, pero ya no me reconocía como a su mamá.

​ —Voy a avisar a Frank.

​ Antes de que pudiera preguntarle para qué, mi padre me había dejado sola con Fred. Era un bebé tan bonito. Frank no estaba lejos, ni tranquilo. Su pierna golpeaba contra el suelo en el extremo del sofá.

​ —¿Qué ha pasado? —preguntó exaltado, levantándose de un salto.

​ —Funciona —respondió Eric, asintiendo—. Reacciona según lo esperado. Sus constantes están bien, todo es normal, salvo que no nos reconocerá mientras esté expuesto a la luz. Tienes que venir para comprobar sus reacciones hacia ti mientras esté conectado y al apagar el láser.

​ Al entrar Frank, me agarró de la mano. Me sentí incómoda: era el director de la unidad destinada a nuestra protección y no entendía qué hacía en el laboratorio ni esa familiaridad que estaba demostrando.

​ Su imagen no estaba clara en mi cabeza. No sabía por qué me miraba de aquella manera, por qué me trataba con esa confianza. Siempre había sido un hombre distante y frío ¿Qué estaba ocurriendo?

​ —¿Mía, qué te ocurre? —preguntó Frank—. Cariño —insistió ante mi mutismo y asombro.

​ —¿Mía, estás bien? —dijo mi padre, preocupado—. ¿Qué te pasa cielo?

​ —Papá —contesté por fin tras un rato sin poder hablar.

​ Fue como si solo pudiera reconocerle a él con claridad. Mis recuerdos estaban distorsionados, como una acuarela con exceso de agua escurriendo por un lienzo sin formas, diluyéndose. No reconocía nada, estaba desorientada, me faltaba el aire.

​ ¿Qué hacía allí el señor Ferguson? ¿Me había llamado cariño?

​ —Me estoy mareando —dije un momento antes de desplomarme en el suelo.