CAPÍTULO 11. FREDERIC.
F altaban tres días para la semana treinta y siete.
Mi tripa había crecido bastante en el último mes y mentiría si dijera que no estaba tremendamente asustada y llena de incertidumbres.
En mi interior llevaba a un hijo, fruto de un amor real, sincero, que aún crecía y perduraba contra todo pronóstico.
Sabía que sería difícil para todos incluirlo como sujeto de experimentación, pero no tanto como realmente lo estaba siendo, incluso antes de empezar.
No conocíamos las consecuencias de ello, sobre todo, en un cerebro sin desarrollar completamente, pero éramos un equipo, con un objetivo claro, grande, y estábamos acostumbrados al sacrificio.
Merecerá la pena, me repetía cada vez que la angustia se apoderaba de mí.
Aunque más que pena, deseaba que nos proporcionara alegría.
La imagen de Chino, el cerdo, completamente fuera de sí, con ojos asesinos, volvía a mi recuerdo en cada duda, en ocasiones para replantearme el experimento y en otras, para reafirmarme en que éramos los únicos que podíamos evitar que eso ocurriera.
El riesgo era enorme para el niño y también para mí, así que, tanto mi padre, como Frank, llevaban varios días algo más tiernos de lo normal.
Frank y él, por fin habían conectado, Eric había aceptado la relación entre ambos y no recelaba tanto de nuestros encuentros nocturnos arropados por el arbolado.
La noche anterior a la primera intervención, paseamos un buen rato y al volver mi padre estaba esperando en el último árbol antes de la entrada a la casa.
—¿Qué haces aquí, papá? —pregunté extrañada.
—Yo le he pedido que venga, Mía —contestó Frank inesperadamente.
Su sonrisa me tranquilizó. Mi padre también destilaba calma.
—¿Qué os tramáis? —insistí.
Frank dobló una pierna apoyando la rodilla en el suelo a la vez que sacaba una pequeña caja de su bolsillo.
—Mía Orduña, ¿me harías el honor de casarte conmigo?
Fue totalmente inesperado, estaba ciertamente desprevenida para tal petición. Una risa nerviosa, humedecida por lágrimas de alegría y gratitud me llevó a abrazarle y besarle entre saltos y exclamaciones. Repetía “no me lo puedo creer”, moviendo la cabeza y las manos sin un patrón fijo.
—¡Pero contéstame! —reclamó Frank mirándome como si viera el mayor tesoro existente en la tierra.
—¡Si!¡Sí!¡Claro que sí!¡Sí, quiero!
Mi padre nos dio la enhorabuena con profunda emoción.
—Ese anillo fue de tu abuela, Mía. Tu madre lo llevo toda su vida. Significa mucho para mí que ahora sea tuyo, hija —lloró de emoción—. Frank, ya es oficial: bienvenido a mi familia —dijo sincero, llenándome de orgullo.
Me sentí viva, completa. Enmarqué ese momento haciendo un gesto con las manos que unía los pulgares y anulares de cada una formando un cuadro por el que miraba a los dos hombres de mi vida. Era pura felicidad.
Fue un tiempo feliz, y preocupante, y esperanzador, y angustioso. Abrumador. Y aunque desee que fuera eterno, el día señalado llegó implacable.
Tumbada en la camilla del quirófano, repasé mentalmente todo lo ocurrido en mi vida últimamente. Era mucho. Mi padre posó la mano sobre mi mejilla. La apreté un momento, agradeciendo en silencio su apoyo, y sonreí mientras se situaba a mi espalda.
—Estoy muy orgulloso de ti, hija. No te muevas —dijo, clavándome la aguja de la anestesia epidural.
Frank decidió estar en la operación. No era experto en medicina, pero llevaba mucho tiempo practicando con mi padre técnicas básicas con el ecógrafo. Habíamos simulado la operación dos veces, la habíamos estudiado unas cien, pero no habíamos sido capaces de rebajar la tensión acumulada.
—Quiero que se llame Frederic —dije, nombrándolo por primera vez—. Es una mezcla entre Frank y Eric —añadí.
—Así será entonces —dijo mi padre con el beneplácito de Frank—. Vamos a empezar.
Respiré hondo y miré a las pantallas preparadas para que pudiera ver cada movimiento.
El riesgo inherente de cualquier operación se sumaba al de una intervención jamás realizada, con efectos secundarios desconocidos para el feto y la madre.
Eso se reflejaba en los ojos de todos. Estábamos asustados, pero decididos también, orgullosos, tratando de evitar cualquier atisbo de duda, concentrados en que este primer paso resultara como esperábamos.
Mi padre tomó aire también y procedió con la incisión para introducir el escopio. Seguí su trayectoria en la pantalla hasta la posición idónea para inyectar los vectores virales en el cerebro del futuro bebé. El tiempo se detuvo un segundo y, dos después, ya no había marcha atrás.
Miré de reojo el cardiotocógrafo: parecía normal, aunque mis pulsaciones se aceleraron notoriamente.
—Tranquila —dijo mi padre, sereno—. Tranquilízate, Mía, todo va bien.
Cerré los ojos en un intento vano por calmarme.
—Voy a administrarte un calmante —añadió algo más inquieto.
Cuando recuperé la conciencia, todo había terminado. Frank estaba sentado a mi lado. Había mucha luz y aquel pitido me devolvió a la realidad.
—Hola —sonreí— ¿Cómo ha ido todo? ¿Dónde está mi padre? —pregunté aún adormecida.
—Ha ido bien, cariño —contestó Frank mientras me besaba en la frente—Todo está correcto. Voy a avisar a Eric.
La expresión de mi padre era extraña.
—Hola, cariño.
—¿Qué ha pasado, papá?
—Estabas muy nerviosa y la medicación te ha adormilado. Ha ido según lo esperado, hasta el momento. Ya sabes que no sabremos si hay daños hasta que nazca el bebé, y, en cualquier caso, tendremos que esperar para ver y probar todo. No podemos hacer otra cosa.
—Lo sé. ¿Tú estás bien? —añadí.
—Me preocupas más tú. Debes descansar. Estarás aquí cuarenta y ocho horas.
No contestó, no hacía falta. Todos nos sentíamos un poco contrariados, habíamos superado el punto de inflexión, pero nada parecía haber cambiado.
Quizá esperábamos algo tangible, algo que realmente mostrara lo irreversible de nuestras acciones, pero no hubo nada más que aquella tensa espera a la que nunca nos acostumbrábamos.
¿Éramos monstruos o éramos científicos? Hasta entonces, nunca había caído en la posibilidad de que pudiéramos ser ambas cosas.
El dilema moral se acrecentaba en mi interior, y comprendía que era recurrente en el caso de mi padre, pero esta decisión ya estaba tomada, era irrevocable y todos lucharíamos para que sus efectos fueran mejores que los obtenidos en la última ocasión, con mi hermano Allan.
Dejamos los días pasar, tratando que el tiempo nos ayudara a digerir y asumir lo que estábamos haciendo. Mi embarazo continuaba dentro de la normalidad, aunque, los hombres de mi vida insistían en que debía descansar más.
La víspera de mi cesárea programada, dimos un paseo hasta el bosque pasando por las porqueras.
Chino no se movía. Esa mañana estaba perfectamente, incluso habíamos perdido un momento comentándolo, mientras limpiábamos el comedero.
Eran las diez de la noche y la rigidez cadavérica aún no había afectado a todo el cuerpo, lo que significaba que había muerto unas tres o cuatro horas antes.
Tenía seis años y una esperanza de vida de unos veinte; no estaba enfermo.
Corrí hacia la casa en busca de mi padre que, alertado por mis gritos, acudió a mi encuentro.
—¿Qué ocurre, Mía? ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien, es Chino —contesté sin aliento—. Está muerto.
La preocupación de mi padre era evidente, el cerdo podía haber fallecido por varias razones, pero ambos sospechábamos que el experimento tenía mucho que ver.
—Tenemos que llevarle al quirófano. Quiero analizarlo.
Frank no quería mirarme, aunque busqué su mirada una y otra vez.
No era reproche lo que supuse que sentía, pero sí miedo.
Nos habíamos convencido de que Frederic tendría una vida casi normal, similar a la mía, aunque sometido a mayor control físico.
En el fondo, sabíamos que sería más duro, mucho más.
La salud de Chino nos daba esperanza, pero esto era un revés inesperado: un jarro de agua fría a nivel científico y personal, y esquivaba mis ojos como si eso fuera a cambiar algo.
Mi padre abrió la cavidad craneal, el cerebro parecía estar bien. Tras cortar el bulbo olfatorio, los nervios oculares y demás uniones, giró la cabeza y el encéfalo cayó por su peso. Tomó varias muestras y laceró el abdomen para examinar el resto de los órganos. Estaban necrosados.
—Frank, saca a Mía de aquí —dijo al escuchar cómo me faltaba el aire.
Apenas podía respirar, había sido una visión horrible que continuaba en mi imaginación, necrosando también las entrañas de mi bebé. Me apoyé en la pared para tomar fuerzas y sentí como si el contenido de una botella de agua se derramara entre mis piernas.
—¡Frank! —exclamé estremecida—. Creo que he roto aguas.
Inmediatamente, avisó a Tom, que acudió raudo.
—Sujétala —ordenó Frank—. Voy a avisar a Eric.
El desconcierto se apoderó de la situación y recordé que en la mesa de quirófano había un cerdo de casi doscientos kilos, partido por la mitad, con los órganos vitales necrosados sin motivo aparente, ocupando mi lugar.
Un profundo pinchazo, me arrancó un grito agudo.
Otro, llegó sin que ni mi padre ni Frank hubieran subido del laboratorio, y temí que el parto iba a ser allí mismo.
Me puse de cuclillas ante el asombro de Tom.
—En el armario del pasillo, arriba, hay sábanas limpias. Y en la cocina, hierve un cubo con agua y trae también jabón —dije con esfuerzo.