CAPÍTULO 10. LA ESPERA #2
—Mía —dijo tratando de tranquilizarse—, entiendo que sientas atracción por él, pero olvídalo, no puede ser.
—Papá, es más que atracción. Haces que suene perverso, pero no lo es. No sé cómo ha pasado, pero en el viaje, tuvimos tiempo de hablar. Hablamos mucho, fue mi primer amigo y, después, me enamoré de él.
Hice una pausa para ver su reacción.
—Mía, no sabes lo que es el amor —dijo convencido.
—Si lo sé, papa —repliqué entre sonrisas y lágrimas—. Lo sé muy bien, y amo a Frank.
No estaba preparado para escuchar tal declaración. Dio un par de vueltas a mi alrededor, como siempre que sentía que no controlaba la situación. Accionaba, farfullaba cosas, se tocaba la cara y el pelo…
—Quiero hablar con él —dijo, por fin.
—Me parece bien, pero habla primero conmigo.
—Tú no lo entiendes, Mía.
—¿El qué? ¿Qué no entiendo papá? Tengo la misma edad que tenía mamá cuando os conocisteis.
¿Tampoco entendíais lo que era enamorarse?
¿O vosotros sí? ¿Cuál es la diferencia? Frank lleva años protegiéndonos, nos ha observado, nos conoce.
En Wellington le conocí a él, aunque desde la primera vez que le vi, me sentí atraída por él.
Ninguno lo esperábamos, hemos luchado contra ello, pero es un hombre bueno.
Confías en él, yo también y, papá —añadí tomando aire—, le quiero. Le quiero de verdad.
Hubo una larga pausa. No podía añadir argumento más potente que el que le había dado. Siempre había escuchado que el amor lo puede todo; deseaba que fuera verdad. Me acerqué hasta mi padre y le abracé por detrás.
—Papá, a ti también te quiero. Muchísimo. Frank quiere hablar contigo, quería ser el primero, pero me negué. Tenía que explicártelo yo. Sabía que lo comprenderías.
Su reacción no era la que yo esperaba. Le notaba frío por primera vez en mi vida. Percibía que se sentía doblemente traicionado, dolido.
—Mía, Frank comenzó con la custodia de tu tía.
El mundo tembló bajo mis pies.
—Lo sé, ¿y qué? —pregunté temerosa.
—Mía se enamoró también de él.
Fue como una descarga. Me quedé sin habla.
Repasé mentalmente las conversaciones en el apartamento con ella hasta que llegué a la de aquel horrible momento: “Es un hombre muy atractivo”.
En aquel instante no detecté ira o reproche alguno en sus palabras.
Tampoco dolor ni rabia, ¿entonces qué paso?
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Qué pasó?
—Veo que Frank no te ha hablado de ello. Puede que no sea tan perfecto como imaginas.
—No lo imagino perfecto. Nadie lo es, nadie —repetí— ¿Qué ocurrió entre ellos?
—No lo sé. Tendrás que preguntárselo a él.
—Ahora mismo —dije mientras me dirigía a buscarlo.
La angustia se apoderó de mí. ¿Era posible que no fuera la primera Mía en la vida de Frank?
¿Habría hecho el amor con mi tía? Me repugnaba solo pensarlo, ahora era yo la que se sentía traicionada por partida doble.
¿Por qué ninguno me había dicho nada? Rompí a llorar.
Odiaba que todos tuvieran secretos, y ser la última en enterarme de las cosas.
—¡Frank!¡Frank Ferguson! —grité desde la puerta alterada.
Salió con expresión desengañada.
—Mía, no es lo que crees —dijo nada más salir.
—¿Y qué es lo que creo? ¡¿Por qué todos creéis saber lo que creo yo?! —Lo siento, Mía…
—¡No!¡No! —repetí furiosa— ¡Tenías que habérmelo contado! ¡Me has mentido! —grité— ¡Y ella también!
No lo podía creer. Solo había tenido estrecho contacto con tres personas en mi vida y todos me habían fallado. Me alejé corriendo de allí. Frank me siguió y bloqueó mi huida, agarrándome por detrás.
—Yo nunca te he mentido, Mía. Me merezco que al menos me des la oportunidad de contarte lo que pasó.
—Habla —dije, tratando de calmarme.
—Yo… Yo fui asignado a la protección de Mía cuando el laboratorio de Rangipo fue desmantelado.
Tú tenías cinco o seis años y volviste con tus padres.
Todo era muy confuso y convulso. Ella era un objetivo claro y debía dedicarle todo mi tiempo.
Nos trasladamos al centro de protección de Wellington, que ya conoces.
Ella y Lucas vivían en el apartamento y yo, prácticamente, en la zona de agentes.
Mía era una mujer muy atractiva, pero yo no la deseaba, ya había conocido a Amelia y estaba enamorado.
Una noche estaba nadando en la piscina y ella entró.
No me di cuenta hasta que la tuve justo delante; estaba desnuda.
Salí del agua para marcharme y se abrazó a mí.
Yo la rechacé, pero insistió. Llegó a besarme y tuve un momento de duda como hombre, pero no pasó absolutamente nada más, te doy mi palabra.
Al día siguiente hablamos, se disculpó, me dijo que llevaba mucho tiempo sola, yo era la persona más cercana. Ambos éramos jóvenes, y se confundió. Acepté sus disculpas y todo siguió como siempre. Eso fue todo.
—Mi padre ha dicho que estaba enamorada de ti —añadí más tranquila.
—Eso no lo puedo saber. Al poco tiempo pasé al centro de coordinación de Europa.
Y, después, a dirigir toda la misión —hizo una pausa para mirarme a los ojos— Mía, no te lo conté porque nunca le di importancia.
Vivimos situaciones límite cada día; nuestras conductas pueden ser algo distintas a veces, pero no creí que tú tía sintiese más que una atracción momentánea por mí.
Nunca hice nada por fomentarlo, yo quería a Amelia.
Ese año me casé con ella —añadió melancólico—, el resto ya lo conoces.
Su sinceridad me devolvió la confianza que mi padre había hecho tambalear. No entendía por qué, para qué. Le sentía tan lejos.
No aprobaba nuestra relación y cualquier intento de evitarla, era válido. Eric era humano, suponíamos todo el uno para el otro, quizá se sintiera amenazado. Siempre me había sobreprotegido, pero tenía que entender que tenía necesidades y emociones, exactamente igual que él.
—Voy a buscar a mi padre. En quince minutos, ven.
Pensé en Mía. No como mi tía, si no como mujer. Estuvo doce años “encerrada”, constantemente vigilada y con el corazón hecho polvo. Frank era su protector, su barrera contra el mal que la acechaba y, supongo, que con algunos años menos, sería igual de atractivo, puede que más.
No estaba enfadada. En realidad, la comprendía, y me dolía no poder hablarlo con la libertad que se necesitaba. De cualquier manera, no podía contarle nada. Esta información era absolutamente confidencial, igual que la vida que estaba gestando, creada por mí y por Frank.
—Papá, ¿podemos hablar?
Estaba en el mismo lugar que lo había dejado, sentado entre árboles, lanzando trocitos de hierba que había ido arrancando. Me senté a su lado.
—He hablado con Frank. No sé qué te contó tu hermana, pero entre ellos nunca hubo nada.
—No he dicho que lo hubiera.
—Entonces, ¿para qué me lo has contado?
No estaba receptivo, le notaba enfadado, tirante.
—Papá, ¿qué te pasa? Habla conmigo, por favor.
—Frank debió protegernos, Mía. El día del accidente no estaba. Tú madre murió, tu hermano… —lloraba.
—Frank estaba en Wellington entonces. No puedes culparle.
—Seduciendo a tu tía —añadió—. Igual que ha hecho contigo.
—Eso no es cierto. Estás siendo muy injusto.
Él no me ha seducido, ni a mi tía tampoco.
Ambas nos sentimos atraídas por él; es un gran hombre, íntegro, sinónimo de nuestra protección.
No es tan raro que le admiremos, que nos sintamos fascinadas.
Además, es inteligente, comprometido, entregado.
¿Por qué le culpas, papá? Él te admira, te considera su familia…
—No lo sé Mía. Tú eres mi hija, mi pequeña. Eres tan… Inocente.
—Eso no excusa, también soy una mujer, con más cualidades que la inocencia ¿No crees que pueda atraer a un hombre?
—¡Claro que sí! Eres preciosa, inteligente…
—Entonces, ¿por qué no aceptas que sea Frank?
El crujir de la hojarasca detrás de nosotros reveló que alguien se acercaba.
—Hola, Eric —dijo Frank.
Mi padre se levantó inmediatamente y yo hice lo mismo, tratando de esconder mi histeria pisando fuerte contra el suelo.
—Frank —contestó mi padre escueto.
—Eric, te respeto a ti y a Mía más que a nada en el mundo. Sois todo lo que tengo, todo lo que soy. Solo quiero lo mejor para los dos, para la misión… Para ella. No he podido evitar quererla...
—Papá, di algo por favor —rogué.
—Aún tengo que pensar qué decir —dijo mientras se dirigía a casa— Espero que esto no desestabilice la investigación. Ya va con retraso—sentenció.
—Estoy embarazada —añadí de sopetón.
Sus pasos se detuvieron un segundo. Sus puños se cerraron. Ni siquiera se giró a mirarnos. No dijo ni una palabra. Eso me dolió también, pero no habíamos hecho nada malo, quizá no fuera adecuado, pero no era malo. No podía serlo.
—Se le pasará —dijo Frank cogiéndome de la mano—, necesitará algo de tiempo.
Me costó dormir, y aunque me sentía aliviada, la culpabilidad también mostraba sus garras.
No quería hacer daño a mi padre, pero sabía que lo había hecho, aún sin entenderlo.
Por la mañana, le ayudé en los establos, como siempre, pero la única conversación fue el seco “buenos días” al que contestó mientras recogía algo de leche para el desayuno.
El café siguió en silencio, al igual que la mañana.
—No soporto esta tensión. No puedes castigarme así —rogué.
—No digas tonterías, hay mucho que hacer —dijo serio mirando a las cámaras y haciendo un gesto hacia su oído en clara alusión a las escuchas.
Cerré los ojos arrepentida de aquella pregunta. No debí hacerla allí. Inspiré y continué con el trabajo, todo necesitaba tiempo. Había que respetar la espera.