La verdad imposible CAPÍTULO 10. LA ESPERA
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CAPÍTULO 10. LA ESPERA

N o sé cómo conseguí que Frank y mi padre accedieran.

Tom era el único miembro de la unidad que conocía el plan, estrictamente confidencial para el resto del mundo.

Si había una fuga, sabríamos de dónde provenía; era una baza extra para mantener su carácter secreto con más seguridad, a pesar de que Frank confiaba ciegamente en él.

Era su mano derecha. Llevaban más de veinte años juntos y en un ataque terrorista, le salvó la vida.

Se lanzó sin dudar para protegerlo y su rodilla detuvo la bala destinada al corazón de Frank. Desde entonces, cojeaba.

​ No creo que tuviera familia. No sabía mucho más de él, salvo que era una persona distante y fría.

Siempre estaba serio, pocas veces hablaba si no era con su colega y su tono resultaba imperceptible para los demás.

En pocas palabras, Tom era un misterio, pero si Frank confiaba en él, yo también lo haría, máxime, cuando se habían instalado en una vivienda construida para ellos a unos cincuenta metros de la casa, en el prado.

​ Desde la ventana de mi habitación podía observarles.

A veces, la luz dibujaba sus figuras, y, cuando reconocía la que tanto me gustaba, la deseaba con todas mis fuerzas.

Pero nunca había entrado allí. El tiempo pasaba de prisa de día, el laboratorio absorbía mi atención y fuerzas al máximo, pero la noche era distinta.

En la oscuridad, mi imaginación volaba, crecía, y no sé cuántas veces había reprimido las ganas de meterme a escondidas en la cama de Frank.

Mi deseo no mermaba, al contrario, se multiplicaba.

Trataba de calmarme debajo de las sábanas, pero me costaba cada vez más no buscarle.

Era una tortura, tenerlo enfrente y no poder tocarle.

​ El alféizar de mi ventana se convirtió en mi lugar favorito: cada noche espiaba sus movimientos hasta que su luz se apagaba.

​ ¿Pensaría en mí? ¿Recordaría mi cuerpo como yo recordaba el suyo? ¿Seguía deseándome?

​ Dormía mal, miraba al techo como si tuviese alguna respuesta.

Me desesperaba. El tiempo pasaba y sentía que se agrandaba la distancia entre nosotros, incluso estando más cerca que nunca.

Aun así, no hablábamos, apenas coincidíamos y mis hormonas alteradas comenzaron a jugarme malas pasadas.

Desánimo, tristeza, dudas eran constantes, y pronto empezaríamos con la fecundación y experimentación con el feto.

​ —Mía, ¿qué te pasa? —preguntó mi padre aquella mañana.

​ Estábamos preparando el cronograma de intervenciones y me di cuenta de que tenía una falta en mi periodo…

¿Estaba ya embarazada? No pude evitar aquella fantasía.

Frank y yo abandonábamos todo para vivir una vida normal, corriente.

Paseábamos por una feria y él llevaba a un bebé rechoncho sentado en sus hombros chupando una enorme piruleta.

Era solo una ilusión, una visión irreal con una intensidad demasiado fuerte como para no afectarme.

Llevaba toda la mañana pensando en él y esto fue demasiado.

​ —No lo sé, papá. Estoy algo abrumada por todo.

​ —Puedes contarme lo que sea, hija. ¿Qué te preocupa?

​ —Son muchas cosas, demasiadas. Me gustaría poder hablar con alguien en privado, desahogarme sin que nadie me escuche.

​ —Hablaré con Frank.

​ Su nombre me punzaba por dentro. Era contradictorio: por un lado, deseaba escucharlo, verlo, y, por otro, no hacerlo nunca más. Había conseguido evitar el contacto semanas y sabía que debía seguir de esa manera.

​ —Estaría bien poder hablar con la tía Mía. Y ya sabes que allí es casi la hora de dormir.

​ Mi padre vio en mi expresión la necesidad de hacerlo cuanto antes.

Dejó la planificación, sonrió y salió del laboratorio.

Debí esperar, pero seguir sus pasos, fue instintivo.

Salí de la casa detrás de él y me paré en seco cuando Frank salió de sus nuevas oficinas en la explanada de la casa y nos miró.

Ambos anduvimos hasta él, y a pesar de que mi padre estaba a mi lado, no podía ver más que aquellos ojos.

​ —¿Puedo hablar contigo, Frank? En privado—añadí cabizbaja, sabiendo que podía ofender a mi padre.

​ —Por supuesto, Mía. ¿No te importa, verdad, Eric?

Mi padre asintió.

​ —Podemos dar un paseo. Sin móviles ni escuchas, por favor —dije seria.

​ Se miraron entre ellos. Mi padre, ajeno a la aglomeración de sentimientos que se preparaba en nuestro interior, se alejó.

Temí que pudieran oír el latido de mi corazón, y me retiré un poco para sofocar mi acelerada respiración sin levantar preocupación.

Frank entró en la casa, comentó algo a Tom, dejó varios aparatos sobre la mesa, y salió.

Mi padre volvió al laboratorio; nosotros comenzamos un paseo dejando atrás el invernadero, los establos y adentrándonos en el bosque.

​ —Me estoy volviendo loca, Frank.

​ La expresión de sus ojos acabó de rematarme.

Podía ver en ellos mí misma desesperación, el titánico esfuerzo por mantenernos alejados.

Apreciaba una férrea disciplina que, hasta ahora, podía manejar los impulsos irracionales que el amor provocaba.

Era doloroso. Dolía estar enfrente de lo que más deseaba en el mundo y prohibirte tenerlo, tocarlo. De hecho, era imposible.

​ Me abracé a él como si fuera la última cosa que fuera a hacer. Absorbí el aroma de su cuello, de su cara.

​ —Mía… No podemos…

​ Silencié sus palabras con besos atropellados por todo su rostro, acariciando cada parte de su cuerpo como si quisiera memorizarlo, pero él no respondía. Le miré, tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada.

​ —¿Ya no me quieres? —pregunté sofocada, retrocediendo varios pasos—¿No me deseas?

​ —Mía…

​ —Yo te amo. Te amo, Frank. No puedo evitarlo, lo he intentado, pero no lo controlo. Ya no quiero hacerlo más.

​ Silencio.

​ —¿Me has oído? —insistí aterrorizada.

​ —Si puedes controlar el amor, no es amor —dijo tras un rato pensando—Lo decía mi madre —añadió con nostalgia.

​ —¿Y puedes controlarlo? —pregunté entre lágrimas ante su quietud—¿Frank?

​ Tras unos interminables segundos contestó.

​ —No.

​ Nos devoramos. La intensidad de nuestro encuentro nos devastó hasta el punto de quedarnos dormidos un momento allí mismo, en medio del bosque.

​ —¿Qué vamos a hacer, Frank? No es posible mantener esto en secreto. No para Tom y mi padre, al menos.

​ —No sé cómo hacerlo, Mía. Si esto trascendiera me relevarían inmediatamente de la dirección.

​ —Estoy embarazada —espeté sin delicadeza ante su asombro— Tengo que explicárselo a mi padre. Lo entenderá —añadí insegura—. Quizá podamos decírselo solo a él. Yo lo haré.

​ —Yo también tendría que hablar con él, explicarle… —suspiró con angustia—. No sé, Mía.

​ —Lo entenderá —sentencié—. Esta noche hablaré con él. Saldremos de la casa y vendremos aquí. Tú y yo, nos encontraremos después, al volver.

​ Acarició mi pelo aprobando mi decisión con recelo y ternura. Podía ser su fin, nuestro final, pero había que afrontarlo.

​ —¿Has tardado mucho rato, hija? ¿Va todo bien? ¿Ha accedido? —preguntó mi padre al verme volver al laboratorio.

​ —¿A qué? —contesté nerviosa.

​ —A que llames a tu tía en privado, ¿no era eso lo que querías pedirle?

​ —Ah, sí… Sí, sí, eso era, pero… —no sabía cómo abordar el tema—. Papá, quiero contarte algo, pero es algo muy íntimo e importante. He pensado que tras la cena podemos ir al bosque para hablar tranquilos. Frank, ya lo sabe.

​ —Claro, cariño. Estoy deseándolo.

​ Terminamos el calendario de inseminación e intervenciones y repasamos una vez más varios vídeos de operaciones similares.

Teníamos la tecnología suficiente para hacerlo, pero no el equipo humano.

Estábamos solos los dos y, yo, no podría ayudar mucho.

Faltaban meses, pero ambos luchábamos para que la preocupación que nos invadía, no se transformara en pánico.

Éramos científicos, pero también personas.

Padre e hija, futuros madre y abuelo. El miedo inherente a nuestra condición de seres emocionales era inevitable, y dudé por un momento si las noticias que tenía preparadas serían o no acertadas.

Alejada de Frank, trabajando, me sentía fuerte, segura, decidida.

Me inclinaba por mantener el secreto, pero al salir de allí, todo mi ser gritaba y se resentía si no podía ser sincera conmigo misma y mi única familia.

No éramos máquinas, y el sacrificio que conllevaba nuestras vidas ya era bastante insoportable.

Lo haría, se lo diría esa noche. Tendría que entenderlo, no había alternativa.

​ ​ —¿De qué querías hablarme, Mía? —dijo mi padre una vez adentrados en el bosque.

​ También desde allí podían oírnos, salvo que Frank y Tom apagaran los sistemas de escucha y vigilancia como hicieran por la mañana.

​ —¿Has avisado a Frank para tener intimidad? —pregunté.

​ —Si, tenemos una hora —contestó—¿qué te preocupa?

​ —Papá… No sé ni por dónde empezar… —vacilé—.

Ya no soy una niña… Nuestra vida es complicada y siempre he añorado algo de normalidad, tener amigos, poder viajar, incluso enamorarme —relaté algo avergonzada—.

Eso es lo que más me llamaba la atención.

Tú, la tía, mamá, todos lo vivisteis y era lo que más envidiaba…

Pero ¿cómo iba a enamorarme yo si no tenía contacto con nadie?

—reí nerviosa y busqué el valor para continuar —.

Hasta —titubeé—, hasta que conocí a … Frank…

​ La expresión de mi padre, hasta ahora tierna, cambió radicalmente.

​ —¿Te refieres a Frank Ferguson? —preguntó sabiendo muy bien la respuesta— ¿El director de la unidad destinada a mantener la privacidad de toda la investigación, de nuestra seguridad, de velar por el correcto cumplimiento de todas las directivas de los patrocinadores, de mantener la ética y moral dentro de lo mínimamente posible?

¿Frank Ferguson el que tiene más de veinte años que tú y te ha visto crecer?

¡¿Ese Frank?! —repitió, cada vez más alterado.

​ —Sí —conseguir afirmar—, ese Frank.