La verdad imposible CAPÍTULO 9. VUELTA A CASA #3
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CAPÍTULO 9. VUELTA A CASA #3

​ De su cráneo salía un dispositivo lumínico con un cable de fibra óptica que indicaba que el electrodo había sido implantado, y varias correas la sujetaban impidiendo que se moviera de donde estaba.

Parecía tranquilo, su encefalograma era normal.

Del techo bajó una pantalla en la que se proyectaron varias imágenes, el exterior de nuestra casa, las pocilgas donde había nacido y crecido y una imagen de mi padre.

Cada una se emitía durante varios segundos sin provocar respuestas indebidas en el animal.

La expectación era máxima. Mi padre se giró entonces hacia mí y dijo “observa”.

Encendió un láser y volvió a proyectar su imagen.

El cochino se volvió una bestia, tirando con toda la potencia de sus casi doscientos kilos de las correas que lo retenían.

Chillaba con un agudo y penetrante aullido desesperado por atacar la imagen de mi padre.

Chino —el cerdo— que siempre había sido tranquilo y amigable con nosotros, sobre todo con su dueño, parecía ahora un sanguinario asesino. Sentí pánico, horror.

​ —¡Para! —grité tapándome los oídos —¡Para, por favor!

​ Entonces mi padre apagó el láser y Chino se calmó de golpe.

La única secuela visible era su desazón por el esfuerzo físico realizado, pero su gruñido volvió a ser amable, el de siempre.

Mi padre se acercó a tocarlo y no hubo quejas, al contrario, la alegría se apreciaba en su mirada algo desconcertada por estar en un medio desconocido y no en su porquera.

​ El impacto de lo presenciado borró mis palabras. Nadie hablaba, creo que todos estábamos impresionados.

​ —¿Quieres convertirte en esto, Mía? —dijo entonces mi padre mientras desconectaba algunos aparatos.

​ —No —contesté ante el asombro de todos—.

No quiero, pero lo haré precisamente para encontrar la forma de neutralizarlo.

Esta investigación tiene como fin encontrar la cura de horribles enfermedades, trastornos y traumas, no la de convertirse en un arma para la guerra.

Eliminaremos esa amenaza y seguiremos con nuestra preciosa meta.

​ —No sé si eso es posible, hija.

​ —Estoy segura de que sí.

​ —Pero es peligroso…

​ —Para eso está Frank —interrumpí.

​ —No me refiero a ese peligro, que por supuesto también existe —corrigió mi padre.

​ —Siempre ha existido, no es nada nuevo —dije cortándole de nuevo.

​ —Mía, escúchame. No sabemos cómo puede reaccionar tu cerebro. Alteraríamos tu código genético y el sistema inmune quizá no asimile las proteínas extraídas de microorganismos.

​ —Creo que es un riesgo que merece la pena correr.

​ —¡No! —gritó mi padre— saliendo de la sala para tranquilizarse.

​ —Mía, eres demasiado valiosa —intervino Frank— conoces la investigación, la comprendes y puedes trabajar activamente en ella. Si te perdiéramos sería irreparable. Eric se quedaría solo ralentizando su ritmo a la mitad.

​ —Es el siguiente paso. Hay que darlo, ¿no lo entendéis?

​ —Pero no contigo —prosiguió Frank.

​ —Entonces, ¿con quién?

​ Una idea iluminó mi mente como un destello. Sabía que la desaprobarían, pero ya lo habían hecho antes.

​ —Y si… —comencé a decir sin saber muy bien como exponerlo— Mamá estaba embarazada cuando esta posibilidad surgió, ¿verdad? —pregunté mirando a mi padre.

​ —Si, ¿a dónde quieres llegar, Mía?

​ —Estoy de acuerdo en que, quizá, el riesgo de desconocer mi respuesta inmune sería demasiado y en que, si algo me ocurriera, la investigación se vería comprometida. Ahora entiendo a mamá —asentí con la mirada perdida.

​ —Ni se te ocurra—apuntó mi padre anticipándose a mis pensamientos.

​ —Ya se me ha ocurrido, papá.

​ —Es una locura, es contra natura, es…

​ —¡Es ciencia! Y la única manera de avanzar —afirmé.

​ —No lo aprobarán —replicó mi padre.

​ —No se enterarán —contesté— No saldrá de aquí.

​ —¿Y dónde piensas encontrar al progenitor?

​ En ese momento recordé que no había tomado precauciones con Frank.

Quizá ya estuviera embarazada. Un sentimiento de culpa me invadió, ¿si lo estuviera, sería capaz de utilizar a mi hijo?

Agité la cabeza tratando de eliminar la idea, pero volvía una y otra vez.

Mi faceta de científica, mis ganas de cambiar el mundo por uno mejor, de hacer desaparecer tanta maldad y avaricia me lo confirmaban, pero una desconocida ternura se apoderaba involuntariamente de mí y la foto de mi hermano con apenas unos meses venía a mi cabeza haciéndome dudar.

Sería un hijo mío y de Frank, fruto de un sentimiento real, del amor.

​ Estuve tentada de contarle a mi padre que nos habíamos enamorado. Él y mi madre vivieron lo mismo, se enamoraron trabajando, estando juntos, aunque no se llevaban más de veinte años de diferencia. Entonces, miré a Frank.

​ —¿Qué?, ¡no! —afirmó rotundo mi padre.

​ —¿Por qué no? No es tan descabellado. Frank es parte de esto. Lo conoce, es su vida igual que la nuestra, y podríamos mantenerlo en secreto sin problemas.

​ —Mía, por Dios—dijo Frank.

​ —¡¿Qué?! ¿Por qué os escandalizáis tanto? Si no puedo ser yo, esta es la única forma. Y nadie mejor que nosotros para controlarlo de la manera que queramos, para establecer límites. Tendremos nueve meses para planificarlo.

​ —¿Y si no resulta? —preguntó mi padre.

​ —Resultará.