CAPÍTULO 9. VUELTA A CASA #2
—Quiero hablar con mi tía y con mi padre —dije en alto para que me oyera Frank que ya había vuelto a la cabina.
Se levantó y vino hacia mi sentándose enfrente y cogiendo mis manos en presencia de Julia.
—Están bien, te lo prometo.
—Quiero verlos —dije tajante— o, al menos, oírlos.
—Mía, ¿confías en mí?
Fijó sus ojos en los míos y me derrumbé de nuevo.
—Tengo tanto miedo, Frank —dije llorando otra vez.
—Te prometo que todo va a ir bien.
—Ya me prometiste eso —respondí entre sollozos—, y no se ha cumplido. Una persona ha muerto en mis pies hoy. Vi su sangre esparcirse por el suelo.
—Lo siento, Mía. Hubiera preferido que no fuera así, pero era una amenaza y no permitiré que nada perturbe tu seguridad.
Inspiré profundamente y contesté mientras asentía.
—Confío en ti.
No sé cuántas horas pasaron cuando por fin tomamos tierra.
Perdí la noción del tiempo, era como si todo ocurriera de manera diferente a mi alrededor, estaba ausente, desconectada del momento presente.
Era una especie de marioneta que tropezaba contra todo.
No me gustaba. Solo quería llegar a casa, abrazar a mi padre y volver a sentirme segura, aunque fuera una sensación infundada.
—Mía, vamos a estar aquí un par de días hasta que estemos seguros de lo que ha pasado —me informó Frank—, pero podrás hablar con Mía y Eric en una hora.
—De acuerdo.
La idea de hablar con mi familia me reconfortó mucho. Necesitaba saber que estaban bien, verlo con mis propios ojos para tranquilizarme e intentar retomar el control de mí misma.
—¡Papá! ¡¿Estás bien?! —pronuncié aliviada al verle.
—Si, cariño, estoy bien, tranquila—respondió calmado.
—Lo siento, lo siento muchísimo.
—Mía, nada de esto es culpa tuya. Nada, ¿me oyes? Quiero que estés serena, relajada y con la mente equilibrada. Te necesito así cuando vuelvas, que será en solo unas horas, recuérdalo.
—Sí, papá. Te quiero.
Una ventana apareció en la pantalla. Mi tía se unió a la conversación. Ella estaba visiblemente más afectada que mi padre y, nada más verme, también se echó a llorar.
—Mía, mi vida, chiquitina ¿cómo estás?
—Tía… Estoy bien —contesté por fin secándome la cara— ¿Y tú? ¿Estás bien? ¿Cómo va todo por allí?
—Todo está bien corazón. No te preocupes por mí. Aquí está todo controlado.
Necesité varios minutos al colgar para restablecer el equilibrio que mi padre me pedía.
Tenía razón, nuestra vida, nuestra misión era algo demasiado valioso y las amenazas eran constantes desde hacía muchos años, aunque yo no las viera.
Ahora apreciaba incluso más el trabajo de Frank y su equipo y, extrañamente, el shock inicial se iba transformando en empuje para empezar con más fuerza la experimentación, aunque aún estaríamos unas largas cuarenta y ocho horas más en aquel lugar.
No era acogedor. Tras el hangar que se levantaba a los pies de la pequeña pista de aterrizaje, una humilde construcción con varias habitaciones nos refugiaba.
Yo tenía una para mí en la que solo había un colchón sobre unas patas de acero en el que llevaba varias horas haciendo cábalas.
Estaba claro que allí no vivía nadie. Era una casa cerrada y vacía que habían habilitado a toda prisa para poder pasar las horas que necesitaban para las comprobaciones pertinentes.
En la habitación de al lado, escuchaba a Frank hablar a los agentes que custodiaban la casa.
No distinguía que decían, pero el tono iba siendo cada vez más calmado, lo que contribuía a que asimilara cada vez con más perspectiva todo lo que había pasado.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
—Mía, ¿puedo pasar?
Era la voz de Frank. Por unas horas había olvidado la maravillosa experiencia que habíamos vivido, pero en una fracción de segundo, recordé cada sensación, cada caricia y mi piel volvió a estremecerse.
—Pasa —contesté mientras me incorporaba.
Cerró la puerta tras de sí y se quedó allí, de pie, sujetando el pomo con ambas manos a su espalda, ofreciendo sus hombros en primer plano. Fui hacia él y le abracé tan fuerte como pude.
—Esta noche iniciamos la vuelta a casa.
—¿Y qué pasará a partir de ahora? —pregunté cabizbaja— ¿Podré verte?
—Estaré contigo, como he estado siempre, Mía—respondió.
Quería verle como ahora, no como siempre.
Necesitaba que fuera en persona, en directo, piel con piel, pero sabía tan bien como él que sería poco menos que imposible.
¿Qué iba a decirle a mi padre? ¿Qué me había enamorado del señor Ferguson, el responsable de nuestra seguridad y la de la investigación, y que vendría a pasar el fin de semana?
Inimaginable, incomprensible para él y para cualquiera en la unidad.
Ambos sabíamos que eran nuestras últimas horas juntos.
Antes de que pudiéramos decir más, desde fuera de la habitación escuchamos decir a Tom, “podemos irnos”. Frank me sonrió y después se emocionó.
—Yo también confío en ti, Mía.
Me abrazó. Me miró una vez más a los ojos y me besó en los labios, quizá por última vez.
Tres días y medio después de salir de Wellington, llegamos a casa.
El helicóptero que me llevó a aquella versión de mundo real me devolvió a mi burbuja salva y todo lo sana que podía estar tras la avalancha de sentimientos y primeras veces que había vivido de golpe.
Quería sentir cosas de verdad, viajar, reír, ver…
Lo deseaba con todas mis fuerzas y cumplí mis anhelos, sin duda, incluso de más.
El abrazo de mi padre detonó en mi pecho un estallido de alivio que calmó mi ansiedad mejor que ninguna pastilla.
No dejaba de repetir “estás en casa” y así me sentía también.
Quizá no fuera una casa tradicional, pero era mi hogar.
Su olor al entrar me hizo sonreír. Una mezcla de leña, pasto y el chocolate que estaba calentándose en el fuego como bienvenida fueron el mejor regalo.
Por la ventana, las imponentes montañas que nos servían de protección natural y la visión del helicóptero negro que me recordaba que Frank se iba a marchar.
Él, Tom y mi padre entraron tras de mí. Julia, que nos había acompañado, se quedó en la puerta obviando que ya no era parte de la misión.
Me daba pena, tenía una mirada de profunda decepción y transmitía que constantemente estaba esforzándose por no echarse a llorar. Salí un momento a despedirme.
—Julia, gracias. De corazón —dije poniéndole una mano en el hombro antes de darle un sentido abrazo.
No contestó, solo cogió mi mano y la apretó haciendo lo mismo con los labios tratando de esbozar una sonrisa mientras asentía con la cabeza.
Respondí con el mismo gesto y entré de nuevo en casa.
Frank y Tom se habían sentado en el sofá y mi padre y yo tomamos los asientos laterales, igual que la última vez.
—He alcanzado el nivel dos —dijo mi padre.
Cuantos había, y lo que significaban, seguía siendo una incógnita para mí. Me enfadé por un instante, pero su mirada, apoyada con un gesto de su mano, interrumpió la ira que casi me hace intervenir, en lugar de esperar antes de hablar, como él me había enseñado.
—Quiero que Mía lo vea—añadió.
—Es buena idea —apuntó Frank.
La incertidumbre me corroía por dentro, pero decidí aguardar en silencio y seguir a mi padre. Bajamos al laboratorio y en la zona de quirófanos, uno de los cerdos estaba conectado con parches conductores y cables a una pantalla de registro de actividad cerebral.