CAPÍTULO 9. VUELTA A CASA
—Mía, ¿podemos hablar? —dijo en tono sosegado.
Recordé cuanto me gustaba su voz. Me hipnotizaba mirarlo. Mis sentimientos no habían cambiado, pero él no quería o no podía quererme. El resultado era el mismo. Estaba enfadada.
—Claro —contesté escueta.
—No lo hagas.
—¿Qué no haga qué, Frank?
—No te prestes a esa experimentación.
—¿Por qué? Es la única manera de seguir avanzando. Esta es mi vida. Cuatro paredes de un laboratorio. Siempre seré un bicho raro. Esto será solo una rareza más.
—Eres el futuro de esta investigación. Es demasiado arriesgado —insistió —. Además… No soportaría que… Te pasara algo.
—Lo dices como si te importara… —contesté malintencionada.
Clavó su mirada en mí.
—¿Crees que no me importas, Mía? —preguntó mirándome a los ojos —. ¿Crees que no estoy sufriendo yo también? ¿Qué mi vida es más fácil? ¿Qué me da igual lo que te pase? ¿Eso crees?
No sabía que decir. Su mirada se centró en mis labios confundidos, mi pulso se aceleró hasta casi preocuparme, y antes de que pudiera contestar nada, me besó. Me besó con tanta fuerza, que casi me hizo daño. Casi.
En décimas de segundo mi cuerpo de nuevo voló fuera de sí mismo.
Temblaba, quería llorar, gritar, abrazarle, y jamás alejarme de su lado, me moría por él.
Su tacto, su olor, su manera de tocarme…
Nos besamos, en la boca, en la cara, en el cuello…
Sus manos se introdujeron por dentro de mi jersey levantándolo lo suficiente para descubrir mis senos.
Noté sus besos en ellos y un grito sordo se escapó como un suspiro.
Me tumbó sobre la mesa y esos besos bajaron por mi abdomen hasta la altura de mis caderas.
Toda la piel de mi cuerpo estaba erizada.
Dios mío, ¿estaba ocurriendo de verdad? Comenzó a desabrochar mis vaqueros, y en el segundo botón dio un tirón decidido hacia abajo que retiró también mi ropa interior.
Me sentía completamente a su merced, estaba totalmente entregada a él.
Sus labios ahora se centraron en mis muslos, deslizándose por ellos.
No pude reprimir gemir al notar su lengua en lo más íntimo de mi ser.
Aquello era lo más intenso y placentero que había vivido en toda mi existencia.
Sus dedos participaban en aquel largo beso y mi cuerpo empezó a arquearse sobre la mesa.
Se incorporó un segundo para quitarse la camisa y los pantalones.
Desabrochó su cinturón clavándome de nuevo su mirada, me intimidaba, me dominaba, me enajenaba.
Me senté para besarle y sentir su torso pegado al mío y volvió a empujarme colocando mis piernas a su alrededor, mientras permanecía de pie delante de la mesa que me sostenía.
Sentí una punzada y como él también gemía de placer.
Unos excitantes movimientos repetitivos y profundos liberaron una explosión de puro goce que se extendía por todo mi cuerpo en forma de ondas expansivas.
Sin duda, él sintió lo mismo. Nuestras miradas expresaban lo que éramos incapaces incluso de comprender, pero antes de poder articular una palabra, un inoportuno timbre sonó sobresaltándonos a ambos.
Cogió su teléfono impasible, y dijo: “dame diez minutos”.
Comenzó a vestirse, yo hice lo mismo. No sabía que decir, y estaba claro que él tampoco.
—¿Esto está mal? —pregunté desconcertada ante su silencio.
—No —dijo para corregirse al momento—. Sí. Estoy encargado de tu protección, de coordinar a todo el equipo para ello. Esto me desenfoca del objetivo principal.
—¿Por qué? Yo sigo con la investigación, y tú tienes que estar aquí. No estamos desatendiendo nada.
—Lo siento, Mía. No sé cómo he podido volver a perder el control. No volverá a pasar.
—Eso ya lo has dicho antes —alegué afligida.
Empezaba a amanecer y por un segundo lo observamos juntos. Fue espectacular, pero no dijimos ni una solo palabra más. Tuve la extraña sensación de que ese silencio era una despedida.
—Esta noche nos iremos. Era lo que te quería decir.
—Lo intuía —contesté—, ¿vendrás conmigo?
—Te acompañaré hasta casa.
No quise preguntar más. Deseé por un segundo abandonar esa existencia, y fugarme con Frank.
Cambiar nuestra identidad y perdernos en algún recóndito rincón del planeta, donde simplemente tuviéramos que preocuparnos por alimentarnos.
Entendía a Lucas, ahora más que nunca, pero yo no era solo yo.
Era mi madre y mi hermano, mi padre, mi tía, Frank, y todo el equipo, encarnaba el riesgo de los valientes doctores escindidos de la Asociación Médica Mundial que apostaron en secreto por la ciencia y el bien común para beneficio de toda la humanidad.
Era demasiado para abandonar. Como si pudiera leerme a través de los ojos, me sonrió.
—Eres increíble, Mía.
—Tú también, Frank Ferguson.
En la puerta del apartamento, me dio las instrucciones precisas para el viaje de vuelta.
Mi tía, no vendría con nosotros, y no debía saber que regresábamos.
Solo Tom, Frank y yo conocíamos esa información y la disfrazaríamos de salida a la ciudad.
Iba a dolerme fingir con ella, pero era vital.
Antes de entrar cogió mi hombro y abandonando el tono profesional que había adoptado, me dijo al oído “Recuérdalo. Siempre estaré contigo” En mi fuero interno me aseguré de que no sería tanto tiempo, no haría falta.
Quizá nos llevara años, pero probaríamos nuestras teorías y por fin todo podría ser normal.
En el apartamento, solo cogí lo imprescindible.
—Hola, cariño.
—Hola, tía—dije mientras me acercaba a abrazarla.
—¿Estás llorando, pequeña?
—Es solo una mota que se ha metido en el ojo—dije con un hilo de voz— Estoy emocionada porque voy a ir con Frank a ver la ciudad —mentí—. Te quiero muchísimo. Eres mi segunda mamá —añadí con ternura infantil.
Ambas llorábamos ahora. Sus ojos sabían que me estaba despidiendo.
—Mía, escúchame bien, eres extraordinariamente valiente. Vas a cambiar el mundo, y vivirás para verlo. Estoy tan orgullosa de ti y te quiero más de lo puedo expresar. Volveremos a vernos cariño, y todo será fantástico, te lo prometo.
—Eh, no llores tanto, que solo voy a salir a la ciudad—volví a mentir sollozando esta vez.
Nos dimos un precioso y larguísimo abrazo lleno de amor y agradecimiento.
—Nos vemos en un rato, ¿vale? —le dije guiñándole un ojo.
—Lo sé, corazón —asintió entre lágrimas—. Voy a bajar al gimnasio. Hasta luego.
Eché un último vistazo a aquella habitación y enseguida vinieron a buscarme.
Julia estaba en la puerta con otro agente que no conocía.
La tensión se mascaba en el ambiente. Me acompañaron al ascensor y desde él, observé como Frank y Tom estaban esperando abajo.
Un movimiento extraño del agente desconocido me alarmó, y antes de poder reaccionar, estaba encañonado la sien de Julia con una pistola negra con silenciador.
—Vas a venir conmigo —dijo dirigiéndose a mí.
De reojo pude ver a Frank y a Tom alejarse del ascensor. “¡No!” pensé y recordé el botón de pánico de mi anillo. Lo presioné contra la pared y Frank reaccionó volviendo sobre sus pasos. Aquel individuo bajó el arma por la espalda de Julia que permanecía inmóvil.
—Actuar con normalidad —espetó mientras las puertas del ascensor se abrían.
Una bala penetró justo en medio de su frente antes de que las puertas de salida estuvieran abiertas del todo, y su cuerpo cayó como un árbol pesado dejando una huella de sangre creciente a mis pies que inmovilizó mis pasos.
Sentí como Julia agarraba mis hombros por detrás y me obligaba a salir del habitáculo para correr hacia el vehículo que Tom estaba arrancando.
Subimos las escaleras de acceso a toda velocidad.
Frank solo hablaba por un pinganillo exigiendo saber que había pasado y observando a su alrededor y al cielo con ansiedad, sabiendo que algo muy malo estaba ocurriendo.
Yo seguía en shock. No reaccionaba a nada.
Era como estar en medio de una película de acción siendo mera espectadora.
Salimos de allí a toda velocidad. “No hay amenaza aérea” dijo Frank.
Me alivió e inmediatamente pensé en mi tía.
Recé mentalmente porque estuviera bien, pero no me atreví a preguntarlo.
La tensión era enorme. Mi corazón latía angustiado, jamás había sentido tanto miedo, me paralizaba.
En unos minutos llegamos a un aeródromo.
Nos esperaba un avión privado similar al que nos trajo.
Frank bajó primero. “Esperad aquí hasta que yo os diga” dijo antes de cerrar la puerta.
Corrió hacia los agentes que custodiaban el avión y nos hizo una señal.
Corrimos hacia él que se sentó a los mandos secundado por Tom y en unos segundos estábamos despegando.
Cuando alcanzamos la altitud deseada Frank vino a nuestros asientos.
—¡Qué coño ha pasado, Julia! —gritó.
—No lo sé, no lo sé…Félix se ha vuelto loco.
—No lo entiendo. Donde estaba Héctor, ¡¿porque ha tenido Félix acceso a Mia?! ¡Habéis comprometido su seguridad y la de la misión! —gritó de nuevo Frank —. No puedo permitir esto. Julia quedas relevada de tu puesto—añadió.
—Si, señor —contestó Julia con lágrimas en los ojos—. Lo siento, señor.
Julia se volvió hacia mí.
—Lo siento, Mía.
No pude contestar, seguía sin reaccionar.
—¿Estás bien? —dijo Frank retirando un mechón de mi pelo tras la oreja con ternura.
—Está… Muerto—balbuceé—, muerto. Le has matado.
Por fin comencé a llorar. Lo hacía como una niña sin saber muy bien porque ni cómo parar. Estaba impresionada, asustada y muy preocupada por mi tía. Entendí la fragilidad del ser humano, de la vida, la importancia de cada minuto.
—Estás temblando, Mía. Tranquilízate por favor—añadió Frank mientras ordenaba a Julia ir a por una manta y un calmante.
Poco a poco la pastilla hizo su efecto, me quedé dormida.
Una sensación de angustia se apoderó de mi al despertar.