CAPÍTULO 8. MÍA #2
—Hola, papá—dije reconociendo de inmediato la fuerza de ese amor paterno filial que describía mi tía.
—Hola, cariño, ¿Cómo estás? ¿Va todo bien?
Podría haberle dicho que sí y posponer el interrogatorio al que le quería someter, evitarle más preocupaciones.
Estábamos distanciados, había un peligro real por la filtración de mi viaje en esferas vigiladas y el director de la unidad responsable de nuestra seguridad, no se separaba de mí, aunque mantenía las distancias.
Tenía que ser algo muy difícil para mi padre, pero Frank intervino animándome a plantear las cuestiones que tanto me aturdían.
—Eric, ¿cómo estás? —dijo sin opción a respuesta— Te hemos llamado porque Mía tiene algunas preguntas que yo no puedo responder sin tu aprobación.
Su expresión se endureció.
—¿No podemos hablar esto en privado, Frank? —preguntó mi padre visiblemente irritado.
—Papá… ¡No! No podéis seguir ocultándome cosas cuando yo soy parte de esto.
Soy adulta, trabajo en la investigación, perdí a mi madre, a mi hermano y mi libertad por ello, y creo que merezco saber toda la información ¡Toda!
¿Quiero saber qué son las fases? ¿Cuántas hay y cuáles son los hitos que se deben alcanzar en cada una?
—Mía, es más complicado que eso, cariño.
—Bien, pues explicádmelo. Empezad por donde queráis. Tengo todo el tiempo del mundo.
Hubo unos instantes de tenso silencio.
Observé que la frente de mi padre empezaba a transpirar y comenzó a tocarse el pelo como cada vez que estaba nervioso o preocupado.
Miró varias veces a la pantalla fijando sus ojos en los de mi tía primero y, después, en Frank.
Por último, me miró y, no sin esfuerzo, comenzó a hablar.
—Llevábamos un año en el laboratorio de Rangipo.
Éramos seis científicos. Tu madre estaba embarazada y se obsesionó con descartar cualquier indicio de futura enfermedad degenerativa en el feto.
En el tercer trimestre se le detectó hidrocefalia.
Paulina se volvió loca, comenzó a investigar por su cuenta y encontró un ensayo que preveía la posibilidad de curar la enfermedad sustituyendo las células dañadas de la corteza cerebral por células madre mediante cirugía en el período fetal.
Estaba decidida a realizar la operación y entonces Kellan nos hizo una propuesta.
—¿Qué propuesta? —pregunté ingenua durante la pausa que hizo mi padre—. ¿Qué os propuso, papá? —insistí ante su silencio.
—Nos propuso experimentar con el feto.
A la vez que se le implantaban células madre para el tratamiento de la hidrocefalia, se planteó la inserción de moléculas de chlamydomonas en grupos de neuronas para sensibilizarlas a la luz activando o inhibiendo sus funciones.
Sería el primer caso y debería mantenerse en secreto.
Mis manos cubrieron mi boca involuntariamente mientras una lágrima resbalaba por la mejilla de mi padre.
—Era peligroso, estaba claramente prohibido por el Código de Nuremberg y la Declaración de Helsinki, además de por cualquier otra legislación nacional o internacional al respecto.
Contravenía todas las normas éticas, era una abominación a ojos del mundo, incluso del científico, y conllevaba numerosos peligros para el feto y para la madre, pero Paulina aceptó.
No pude convencerla de lo contrario. No supe —lloró haciendo un pequeño receso para beber agua y secarse la cara—.
El primer día de mayo se realizó con éxito la intervención programando una cesárea para el mes siguiente.
El niño nació sano, normal salvo por el implante que hicimos pasar por un implante coclear, no sé bien por qué, quizá para calmar nuestro sentimiento de culpabilidad.
Tu madre era la más convencida de la experimentación, pero cuando llegó la hora de comenzar con las pruebas, algo cambió.
No soportaba ver a su hijo como una cobaya y quiso volverse atrás.
Hubo graves desavenencias con los patrocinadores del proyecto y decidimos abandonar —negó con la cabeza—, pero no nos dejaron ir.
Blindaron el laboratorio con seguridad y personal armado y nos retuvieron contra nuestra voluntad.
Nos arrebataron a Allan para probar las teorías optogenéticas con él.
Paulina solo lloraba, se culpaba por haberlo permitido y a pesar de que continuábamos con el trabajo, no rendía, no avanzábamos y no sabíamos qué grupos de neuronas trataban de manipular en nuestro hijo ni con qué intención.
Un día Karl, el genetista del equipo, nos entregó una nota.
Efectivamente estaban tratando de probar el control neuronal.
¡En un bebé! Ni siquiera tenía el cerebro desarrollado, pero aun así querían demostrar que podían implantar recuerdos no vividos y generar una respuesta condicionada a estímulos relativos a ellos.
Dominar la mente desde el nacimiento para crear un ejército de siervos sin libre albedrío.
Máquinas al servicio de poderes ansiosos por dominar el mundo bajo premisas erróneas… Dios mío —gimió—. Dios mío, perdónanos.
Hubo un silencio ensordecedor. Mi padre, mi tía y yo llorábamos sin poder evitarlo, y Frank tenía una expresión afectada y solemne. No sabía cómo sentirme, qué decir ante aquello.
—¿Cómo conseguisteis salir de allí? —conseguí preguntar.
—Karl nos ayudó, acudió personalmente a un colega en Australia, el Dr. Williams, director de la Asociación Médica Australiana y miembro constituyente de la Asociación Médica Mundial que en colaboración con la OTAN crearon una unidad destinada a acabar con la experimentación del laboratorio y la protección de nuestra familia—dijo mientras dedicaba una mirada a la derecha— Hoy la dirige Frank.
—¿Y cómo es que podemos seguir hoy con la investigación? —pregunté.
—Se paró durante un tiempo —contestó Frank— Se evaluó con urgencia todo el proyecto y no hubo un acuerdo claro.
Algunos de los miembros apoyaban la continuación en nombre de la ciencia, había grandes beneficios proyectados, enfermedades incurables, traumas, anomalías genéticas y un sinfín de patologías podrían desaparecer gracias a esta nueva ciencia, pero en el otro lado estaban los “peros” éticos, graves peligros que de avanzar en una dirección inadecuada podrían suponer un caos.
Crear enfermedades en pacientes sanos, lesiones, vivencias irreales, odios infundados e incluso control de las reacciones y la voluntad de los sujetos.
Oficialmente se desestimó el proyecto. El laboratorio de Rangipo quedó reducido a cenizas y os trasladamos a vuestra casa.
—¿Entonces, quién construyó nuestro laboratorio?
—Una comisión escindida de la Asociación Médica Mundial se hizo con fondos internacionales destinados a continuar con la investigación bajo estrictas medidas de seguridad. Por eso podemos ver y escuchar todo lo que ocurre en ese laboratorio.
—Para que no nos torzamos —murmuré.
—El dinero corrompe, Mía—añadió mi padre.
—Por eso asesinaron a mamá y a Allan.
—Querían a tu hermano. Su intención era secuestrarlo, pero aquella mañana llovía, nuestro coche patinó golpeando lateralmente con aquel camión. Murieron en el acto —aclaró.
—¿Quién… Quién los quería? —sollocé.
—Kellan —dijo mi tía interviniendo por primera vez—. Nos engañó a todos. Incluso a sus socios iniciales. Quiero creer que la idea del poder le corrompió con el tiempo y que Rangipo se creó sin malas intenciones, pero ya no estoy segura.
Mi cabeza era un hervidero de preguntas y sentimientos.
Me costaba asimilarlo todo. Me levanté de la silla y avancé hasta la ventana.
Un manto verde cubría aquellas lomas como una espesa alfombra.
Desde allí parecía una sola cosa, pero la formaban miles de árboles.
Unos sanos, otros secos, otros infestados de insectos, otros muertos…
Supongo que con nuestro experimento había que hacer lo mismo.
Tomar distancia, mirarlo desde arriba. Entenderlo en su totalidad sin fijar la atención en las partes.
Entonces como aquel bosque, serviría realmente para algo.
Un solo árbol no significaba nada, era el conjunto el que generaba los beneficios, las ventajas, el bien, que, sin lugar a duda, debía prevalecer sobre el mal.
—¿Consiguieron demostrar algo con Allan? —pregunté sin separar la cabeza del cristal.
—No llegamos a saberlo —respondió mi padre.
—¿Nunca se volvió a experimentar en seres humanos? —insistí.
—Nadie más en el mundo tiene la tecnología y conocimientos necesarios para ello —contestó Frank —. Solo vosotros.
—¿Cuándo podré volver a casa?
—Ahora no sería seguro, Mía—dijo Frank dirigiéndose hacia mí— Necesitaremos mínimo un mes más.
Volví a mi sitio delante de la pantalla.
—¿Nunca pensasteis en usarme a mí?
—No —contestó mi padre tajante.
—Puede que debamos hacerlo —dije firme— Quiero volver y quiero ser sujeto de la experimentación.
—No haremos eso, Mía. Olvídate —se apresuró a afirmar.
—Papá, mi vida no es normal, nunca lo será. Debemos experimentar en humanos, todos lo sabemos. Esta noche redactaré mi voluntad —afirmé contundente.
Las penetrantes miradas que atravesaban la pantalla me hacían sospechar que aún no me lo habían contado todo. Pero, no necesitaba saber más. Estaba decidida a avanzar de verdad sobre el proyecto, y no había otra alternativa.