La verdad imposible CAPÍTULO 8. MÍA
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CAPÍTULO 8. MÍA

M ía!,¿estás bien? —exclamó mi tía corriendo hacia mí.

​ —Sí —respondí calmada—. ¿Así que ya te lo han dicho?

​ —Sí, han venido a revisar el apartamento. Me han dado esto —dijo mostrando un aparato—; es por si ocurre algo. Mía, estoy asustada. No sé qué haría si os pasara algo a tu padre o a ti.

​ —Estaremos bien, tía. Confía en el equipo. Además, estamos juntas. Y Frank se quedará con nosotras —afirmé esperando que no se notara mi sofoco al nombrarle.

​ Pensé en mi padre. Él estaba solo y seguramente intranquilo.

Lo imaginé sin dejar de trabajar, enfrascado en comprobaciones e hipótesis.

Estábamos alcanzando hitos importantes en la investigación y sentí nostalgia.

Incapaz de dormir, luchaba por entender cuál era mi camino o más bien, cuál debía ser.

Solo tenía claras dos cosas, no abandonaría la investigación —por lo que tendría que volver— y estaba total e irremediablemente enamorada de Frank Ferguson.

​ Tras varias horas divagando, decidí levantarme.

​ —¡Mía! Me has asustado —dijo mi tía al verme en el sofá en penumbra.

​ —No podía dormir. ¿Quieres un café? —pregunté levantando el mío.

​ —Claro. ¿Cómo te sientes, cariño? —dijo sentándose a mi lado tomándome la rodilla.

​ —No lo sé. No sé cómo sentirme, tía. Sé que debo volver; quiero volver —afirmé entre lágrimas—, pero en este viaje he descubierto tantas cosas maravillosas que no repetiré nunca más… Cuesta aceptarlo —sollocé—… ¿Cómo estás tú?

​ —Orgullosa de ti. Te has convertido en la mejor persona que conozco. Tu madre estaría feliz.

​ —Cuéntame cosas de ella… y de ti. ¿Cómo os conocisteis? —dije mientras me acurrucaba a su lado.

​ —Fue hace mucho tiempo. Parece que hayan pasado tres vidas —suspiró—.

Tu madre era mi mejor amiga. Nos conocimos en la Universidad, era la mejor estudiante con amplia diferencia.

Cuando el resto nos matábamos por aprobar, a veces, sin conseguirlo, ella sacaba nueves y dieces como si tal cosa.

Era preciosa, como tú. Has heredado sus ojos, su bondad y su inteligencia.

Aunque ella era más testaruda —rio—. Lo pasábamos genial, podía sacar una matrícula de honor y a la vez ser la chica más popular y divertida de toda la facultad.

Despertaba la admiración de todos: alumnos, profesores, todos estábamos locos por ella.

Terminó la primera de su promoción; de hecho, obtuvo las mejores calificaciones de toda la historia de esa institución, un pleno de matrículas de honor, y se quedó en el departamento de investigación de la universidad.

Se especializó en ingeniería genética y, Harvard no tardó en hacerle una oferta.

¡Harvard! Estaba pletórica. Quería cambiar el mundo.

Y lo hizo. Cumplió sus sueños, Mía. Fue muy feliz.

​ —Ojalá estuviera aquí —añadí con una increíble añoranza.

​ —Está aquí cariño. Está en ti. En el laboratorio, en mis recuerdos. Ella inició todo esto y sabía que sería algo grande, una revolución. Puedes estar segura.

​ —¿Como algo que puede suponer tanto bien es capaz de despertar tanto mal? —pregunté sollozando.

​ —El equilibrio entre el bien y el mal es algo muy delicado, cariño. Pero el uno sin el otro no existiría. Se necesitan. Un mundo sin bien ni mal sería anodino. Nada merecería la pena. No habría sentimiento alguno, ni avances en ningún sentido. No habría amor. Ni pasión.

​ Esas palabras y el nombre Frank eran inseparables para mí. Un pinchazo me sacudió y reprimí las ganas que tenía de contarle todo lo ocurrido.

​ —¿Como fue el amor para ti, tía?

​ —Como es —sonrió—. El amor no se acaba nunca; está presente en todo. No solo es romántico: también existe el amor a la familia, a los amigos, a grandes objetivos, a muchas más cosas. Ese es el que ahora guía mis pasos. Y es el más fuerte, el romántico es demasiado complicado.

​ —Pero no debería serlo. Nada debería ser tan complicado—añadí triste—. Quizá Lucas hizo lo correcto. Quizá deberíamos desaparecer.

​ —Cuando el proyecto de Rangipo se desarticuló, tú volviste con tus padres y nosotros vinimos aquí.

Lucas tomaba clases virtuales, pero no era un buen estudiante.

Le gustaban más el deporte. Podía estar horas en el gimnasio nadando y jugando al baloncesto o viendo series y películas que le hacían preguntarse por qué él no podía apenas salir.

Se rebelaba contra este tipo de vida y empezó a tener un carácter demasiado agresivo.

Cuando Frank tomó el control de la unidad encargada de nuestra protección, le pedí el traslado a la ciudad.

Era peligroso. Éramos elementos muy deseables como baza para chantajes.

Había muchos intereses en juego. Aguantamos unos años más aquí, y cuando se fue al internado, me habilitaron un piso en las afueras de Wellington.

Tenía vigilancia veinticuatro horas. Cada paso que daba estaba controlado.

Lucas no quería eso, no se adaptaba ni a ello ni a nada.

Dejó de venir en las vacaciones, prefería estar en el internado en Suiza.

Era compañero de príncipes e hijos de multimillonarios de todo el mundo.

La seguridad estaba asegurada, o eso me dijeron.

Dos veces al año me desplazaba a verle. Estaba muy cerca de Los Alpes e, incluso una vez, esquiamos juntos, pero cuando cumplió diecisiete volvió para estudiar en la universidad con la condición de asistir a clases presenciales.

Y un día, desapareció. Así, sin más. Sus compañeros dijeron que llevaba un tiempo actuando raro y que su sueño era irse a algún lugar donde nadie le conociera ni vigilara.

Así que quizá esté en la selva o en Nueva York con otro nombre. No lo sé.

​ —Lo siento muchísimo, tía —dije—. Tiene que ser tan doloroso para ti.

​ No sabía si sentía admiración o reprobación hacia a mi primo.

Podía entender su deseo de ser anónimo, de vivir tranquilo, como él quisiera, pero sus decisiones deshacían el corazón de una madre que había sufrido en exceso por un objetivo mayor que su propia felicidad.

Había recibido demasiados mazazos y este era el más difícil de asimilar.

​ —Quiero pensar que se acuerda de mí. No puedo culparle, aunque sueño con abrazarle algún día, cuando todo esto pase.

​ —¿Cuándo será eso? —pregunté.

​ —Cuando la investigación tenga datos concluyentes y probados. No solo en animales.

​ Una llamada interrumpió mi siguiente pregunta. Estaba claro que nos escuchaban y la conversación tocaba temas prohibidos. La expresión de mi tía confirmó mis sospechas.

​ —Cariño, vamos a desayunar —dijo resignada—. Se hace tarde.

​ Pasaban los días y nadie nos informaba de nada, al menos a mí.

Vivía en un absoluto desconocimiento de lo que sucedía a mi alrededor.

Si hacía preguntas o la conversación resultaba demasiado reveladora, llegaba la odiosa llamada que cortaba cualquier interacción de raíz.

Estaba harta de aquellas llamadas, de todo el secretismo que me rodeaba.

Si yo era parte de la investigación, su futuro, porque no podía conocer todo lo que le afectaba.

Mi padre sabía más que yo, mi tía y por supuesto Frank y el equipo.

Todos tenían más información y no creía que fuera justo.

Necesitaba saber más. ¿Podía haber un final? Exigía saberlo y debía ser ya.

​ Aproveché la ducha de mi tía para abrir la puerta y pedir al agente de guardia una entrevista con Frank.

​ —No puedo moverme de aquí —respondió sin mirarme— Y usted tampoco, señorita —añadió serio.

​ —Si no avisa ahora mismo a Frank Ferguson, se va a arrepentir —exclamé alzando la voz más de lo debido.

​ —Cálmese, señorita, no está en condiciones de exigir nada.

​ —¿Cómo dices? —pregunté iracunda.

​ Antes de que pudiera enervarme más, mi teléfono sonó. Era Frank.

​ —Espérame en la sala 3.

​ El recuerdo de aquella sala ponía mi piel de gallina, pero tenía que ser fuerte.

Había mucho de qué hablar. Hasta la conversación con mi tía, nunca creí que esta forma de vida pudiera cambiar.

«Cuando la investigación tenga datos concluyentes y probados.

No solo en animales» ¿Significaba que debía probarse en humanos?

​ —Hola, Mía.

​ Un escalofrío recorrió mi espalda.

​ —Hola, Frank —contesté tomando aire para calmar mis ansias de tirarme en sus brazos—.

Tenemos que hablar de la investigación. Quiero saber más, quiero saberlo todo.

Explícame cuales son las fases, los avances previstos en ellas y cuándo terminará.

Creo que merezco conocer toda la información y más teniendo en cuenta que soy tan parte de ello como los demás. Quizá más.

​ —Tienes razón, Mía. Mereces saberlo.

​ —Entonces, ¿por qué no lo sé? —interrumpí enfadada.

​ —Es complicado.

​ —¡Pues explícamelo, Frank!

​ —Creo que debería estar tu padre presente —dijo mirando al suelo—Quizá deberíamos esperar a la videollamada de las cinco.

​ —¡No quiero esperar a las cinco! ¿Por qué no puedes contármelo ahora? —pregunté con desesperación— ¡¿Porque nadie puede llegar hasta el final en nada?! ¡Estoy harta! Estoy harta de las llamadas, harta de las interrupciones, harta de tanto misterio. Exijo saberlo…necesito saberlo.

​ —Confía en mí, Mía. Debemos esperar.

​ Me derrumbé.

​ —No puedo más —lloré—, no puedo más…

​ Sentí que se acercaba a mí, pero evitaba el contacto. Esta vez fui yo la que le besé.

​ —No puedo, Mía —dijo apartándome—, no puede ser. No puedo darte esto.

​ —Entonces necesito respuestas Frank —repetí visiblemente enfadada—, esas si puedes dármelas.

​ —No, sin tu padre.

​ Me fui de aquella sala incapaz de controlar la rabia.

Triste, enfadada, incrédula. Me sentía estúpida.

Ingenua. Necesitaba liberar aquella energía de alguna forma y aquel puñetazo contra la puerta desde luego no fue la mejor idea.

Tomé un calmante que me hizo dormir hasta las cinco menos cinco.

Hora a la que me puse el despertador para hablar con mi padre.

​ A la hora señalada Frank, mi tía y yo conectamos con Eric.