CAPÍTULO 7. WELLINGTON #4
—¡Solo el secuestro de mi hija! —vociferó mi padre enfurecido— ¿Cómo coño ha pasado esto Frank? ¿No era seguro?
—Dije relativamente seguro. No sé cómo ha pasado, Eric.
Lo siento. Nunca hay riesgo cero, lo sabes, pero Mía lo necesitaba.
Voy a averiguar qué ha ocurrido y a protegerla con mi vida.
Te prometo que estará bien —añadió mirándome preocupado—.
Nos mantendremos aquí mientras hacemos las comprobaciones necesarias antes de iniciar la vuelta a casa.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando, Frank? —preguntó mi padre.
—No lo sé. Días, puede que semanas, quizá más. No correré riesgos hasta estar convencidos de que movernos es seguro.
Me debatía entre el miedo de saber que estaba en riesgo mi vida, la preocupación por la seguridad de mi padre, la investigación y el júbilo de saber que estaría protegida personalmente por Frank.
Veinticuatro horas. Anticipándose a mis pensamientos Frank añadió que estaríamos conectados varias horas al día para poder seguir con la investigación que había dejado en pausa por venir a Nueva Zelanda.
—Os voy a dejar intimidad para que habléis —dijo Frank mientras se levantaba— Estaré en la puerta —añadió tocándome el hombro.
Miré a mi padre en la pantalla, su preocupación la traspasaba.
—Lo siento, papá. Esto es culpa mía —dije cabizbaja.
—No lo es —dijo tras un momento de reflexión—. Es cierto que necesitabas este viaje. No existe riesgo cero. Todos lo sabíamos y ahora tenemos que extremar las precauciones para que todo se quede en una anécdota.
Ambos tratamos de tranquilizarnos mutuamente, pero la tensión era evidente.
—No te preocupes. No saldremos de aquí, estaré a salvo.
—Lo siento mucho por ti, cielo. Espero que al menos hayas disfrutado, aunque sea un poquito.
Trataba de interesarse por mis vivencias, pero su mente estaba demasiado preocupada para escucharlas. Intenté concentrarme en lo vivido hasta aquel inesperado giro que había dado mi vida hacía tan solo un momento.
—Hoy he estado en una playa. He visto el mar y ¡leones marinos! —dije entusiasmada olvidando la amenaza que se cernía sobre todos— Está siendo increíble. Estar con la tía, viajar… He llegado a sentirme casi normal. Gracias, papá.
—Tú no eres normal cariño, eres única. Te quiero muchísimo, lo sabes, ¿verdad?
—Claro que sí, igual que yo a ti. No sabes cuánto.
Al colgar lloré, lloré como una loca. No sabía exactamente por qué, habían sido muchas emociones y muy intensas en poco tiempo. Era una situación de difícil manejo. Me costaba procesarlo, me costaba respirar.
—Mía —dijo Frank a mi espalda— Tenemos que hablar.
—Esa es la frase que usan en las películas cuando algo va mal— contesté quitándole hierro al serio asunto que sabía que iba a comentar.
—Mía…—suspiró.
Se acercó pero guardando una distancia y un tono solemne.
Tenerle tan cerca despertaba de nuevo mi deseo.
Era como si pudiera sentir mi pulso en la boca.
Jamás creí que Frank Ferguson pudiera sentir interés por mí.
Era un tipo serio, bastante distante, aunque siempre educado.
Destilaba autoridad, liderazgo. Sus pensamientos eran difíciles de adivinar y, sin embargo, ¡me había besado!
Me había mostrado una parte íntima de su vida y ¡me había besado!
, allí mismo, hacía solo unos minutos… Me enloquecía.
—Frank —le dije sin saber cómo continuar— yo… No sé ni que decir —reí nerviosa.
—Mía, siento mucho lo de antes. Ha sido un grave error. Nunca volverá a ocurrir. Te ruego que me disculpes.
—Pero…
—No podemos perder tiempo hablando de ninguna otra cosa que no sea tu máxima seguridad.
Por favor entiéndelo —dijo cortando mi incipiente réplica—.
Desde ahora, no habrá salidas. Permanecerás en la casa, dentro de la casa —especificó—, pero podrás estar con tu tía, trabajar y hacer uso de las instalaciones, siempre que lo avises con antelación. Yo estaré cerca.
Salió de la sala dejándome sola con la gestión de todos esos sentimientos.
Sus palabras eran ahora las mías. «Dios mío, cómo ha pasado esto».
Había dudas, incredulidad, sorpresa, amenazas reales, preocupación, pero mi cuerpo estaba como desconectado de todo.
Seguía inmersa en las sensaciones de aquel fugaz contacto.
Me dolían las palabras de Frank, no sabía si quería reír o llorar, sabía que estaba en peligro, y sin embargo era como si no fuese conmigo.
Frank Ferguson era vulnerable, igual que yo, igual que todo el mundo.
Y no podía olvidar, ni pretender que yo olvidara aquello.
Era una científica, y ese beso era un hecho objetivo y probado.
Había sucedido. ¡Por supuesto que había sucedido!
Supongo que no tenía previsto aquel acontecimiento, yo tampoco, pero ahora era real.
Julia, con su entrada en la sala, me ayudó a salir de aquel laberinto acompañándome de nuevo al apartamento.
—Debes permanecer aquí hasta nueva orden.
Lo acepté sin más. Aspiré profundo y entré.