CAPÍTULO 7. WELLINGTON #3
—Mía, he estado a vuestro cargo desde hace muchos años. Creo que sabes tu importancia en esta investigación, eres su futuro. No es una vida fácil, pero es un sacrificio que merece la pena. ¿Lo crees así?
Asentí. Me hipnotizaba su voz pronunciando mi nombre, su aroma, su mirada clavada en mí sin atisbo de dudas.
—Tú padre y tú habéis sido mi principal objetivo desde hace diez años. He visto crecer el proyecto, cada avance, a ti… Habéis sido mi única prioridad desde que —hizo una pausa para aspirar profundo antes de proseguir— asesinaron a mi familia.
—¿Qué? —pregunté doblemente atónita.
Nunca pensé que Frank Ferguson pudiera contarme nada personal y ni mucho menos imaginé ese pasado en común con él.
Aprecié su debilidad. Él también tenía una familia y la perdió, y ahora se dedicaba en exclusiva a esta misión.
Había entregado su vida voluntariamente por un fin mayor, incluso habiendo tenido elección.
—Si, yo también tuve una mujer, y un hijo, Ian —relató—.
Tras varios años encabezando misiones antiterroristas, me asignaron un caso de alto riesgo.
Unos científicos habían descubierto una posible cura para enfermedades neurodegenerativas, pero en sus ensayos probaron sin querer la posibilidad del control neuronal.
Era posible borrar recuerdos, pero también crearlos.
De cara al mundo aquel experimento desapareció, pero tras unos años en suspenso se encontraron fondos para retomarlo en secreto.
Se construyó un laboratorio clandestino en un lugar deshabitado en medio de las montañas y os trasladasteis allí.
Me incorporé al proyecto en el centro de Wellington y pasé a coordinarlo tras el atentado que se llevó a tu madre y a tu hermano.
Era el máximo descubrimiento científico quizá de la humanidad, pero también un arma de doble filo.
En un año me convertí en el director asignado a la misión de protección.
El día que esos asesinos os visitaron en vuestra casa estaba en el funeral de mi familia.
Parte de mi equipo acudió también para apoyarme.
Aprovecharon esa circunstancia para organizar la visita a vuestra casa destapando a un equipo infiltrado que permitió el aterrizaje de su helicóptero.
Por eso soy desconfiado. Ha habido demasiadas traiciones en mi vida.
Su gesto se volvió hosco y en sus ojos vidriosos podía leer el mismo dolor que yo sentía.
—Lo siento muchísimo Frank —dije tratando de no llorar sin conseguirlo.
—Desde entonces, evitar que el experimento caiga en manos equivocadas es mi única prioridad. Tú y tu padre sois mi única preocupación. No debería decirlo, ni siquiera sentirlo, pero os considero como parte de mi familia.
Su mano se dirigió hacia mi hombro y lo acarició con distancia.
Sonreí temblorosa mientras un escalofrío recorría mi cuerpo al sentir su piel en la mía.
Quería abrazarle con tantas fuerzas que no comprendo como pude reprimirme.
Todo en él me resultaba irresistible, y ahora que conocía un poco más de su historia, esos sentimientos se afianzaban aún más en mi interior.
Era una sensación increíble, le deseaba descontroladamente.
No sabía cómo evitarlo ni disimularlo y recordé que muy probablemente estuvieran observándonos.
—¿Pueden vernos aquí? —pregunté tímida.
—En esta sala, no.
Me clavó aquella mirada, privándome de una respiración normal.
Temí que notara el efecto que producía en mí.
Era evidente. El silencio tenso que se había formado me desconcertaba y contrastaba con su aparente tranquilidad.
Intenté leer en sus ojos si era capaz de entender los míos y sonrió cogiendo mis manos para tranquilizarme.
—Es normal que estés nerviosa, Mía. No tienes que disimularlo. Son muchas emociones nuevas. Pero quiero que confíes en mí y en el equipo. Todo va a estar bien.
Solo pude asentir. Tenía mil dudas, cientos de preguntas, sentimientos encontrados peleando por ocupar mi estómago primero y no supe articular palabra.
—¿Tienes alguna duda? —preguntó.
Sentía ternura en sus palabras. Percibía en él algo distinto que en los demás. Era curiosidad, seguro, pero había algo diferente, algo más.
—No —dije con tremenda dificultad.
—Entonces, te explicaré el plan de mañana hasta que llame tú padre.
Tenía cientos de dudas, pero no podía expresarme con normalidad estando a solas con él.
Mientras hablaba, observaba cada gesto, sus ojos, sus labios al pronunciar aquellas palabras que mi cerebro ignoraba.
Solo podía mirarle. Era pura atracción, puro deseo el que me despertaba cada célula de su cuerpo.
Quería que aquel momento fuera eterno, poder observarle sin tiempo, sin miedos.
Poco a poco, fui tranquilizándome y me permití hacerlo.
Era hipnótico. Probablemente, la avidez de mi mirada, le incomodara, pero no esperaba aquella reacción...
En un momento dado, Frank, se levantó de la mesa y guardó un momento de silencio mientras miraba por el ventanal.
—¿Qué ocurre? —pregunté extrañada. —¿He hecho algo mal?
No reaccionaba, así que me levanté y me acerqué a él.
Le toqué en el hombro y mantuve mi mano en él.
Era fuerte, duro… Sentí que mis rodillas se aflojaban cuando se giró hacia mí y, retirando el pelo de mi mejilla, sostuvo mi cara entre sus manos y me besó.
Un fogonazo atravesó mi estómago. Estaba atónita.
No entendía nada de amor ni de sexo, pero ese beso me hizo sentir el mundo entero en un segundo.
Nada, ni la literatura, ni el cine, ni siquiera el amor por mi familia y el proyecto, ni el odio a Kellan Lowe…
Se asimilaban a aquel sentimiento. La fuerza con la que me invadió era inusitada.
Oleadas de adrenalina sacudían mi estómago y mi sed por él era infinita.
De pronto, era muy consciente de mi cuerpo, sentía mi pecho, sentía mis labios, un calor extraño me invadía y solo podía temblar.
Aquel beso consiguió evadirme de la habitación, de la vida, del mundo.
Fue lo mejor que me había sucedido nunca, pero duró poco.
Como un acto reflejo, Frank se alejó de mi visiblemente aturdido.
—Dios mío —exclamó como si acabara de retomar la consciencia—. No sé cómo ha podido pasarme esto. Lo siento, Mía. Lo siento muchísimo. Dios mío —repetía—. No ha sido profesional por mi parte. No sé cómo me he permitido hacerlo, perdóname, por favor —repitió con los ojos clavados en el infinito.
—No pasa nada —dije temblorosa— de verdad. Está todo bien.
—Lo siento tanto, Mía. Por favor, perdóname. No se repetirá. Te doy mi palabra —añadió.
—Frank, yo no lo siento —añadí temblando y negando con la cabeza—. No lo siento en absoluto.
—Mía…
La videollamada de mi padre se anticipó e interrumpió aquel contradictorio momento. Visiblemente nerviosos, nos sentamos para hablar con él.
—¡Hola, cariño! —exclamó mi padre al otro lado del mundo. —Estás más guapa que nunca. ¿Qué tal te está sentando el viaje?
—¡Papá! —respondí inquieta y vigorosa —Es…Es la mejor experiencia de mi vida. Soy tremendamente feliz —contesté liberando una lágrima de pura tensión.
—Y cuéntame, ¿cómo está tu tía? ¿No estás con ella?
—Estoy con Frank Ferguson, papá.
—Hola Eric —dijo Frank acercando su silla a la mía.
—¿Frank? ¿Va todo bien? —preguntó mi padre ante su presencia inesperada.
Se respetaban. Habían pasado mucho juntos.
Tenían una edad parecida y sus vidas estaban unidas para siempre.
Era inusual que Frank Ferguson se relacionara con sus protegidos en primera persona y, a pesar de que llevaba años observándonos, el contacto físico había sido limitado.
Hasta ahora. Evité una sonrisa de pura ilusión mordiéndome el labio con fuerza y traté de centrarme en la conversación.
—Eric, he venido a ver a Mía porque se ha filtrado su presencia aquí. Estamos averiguando cómo es posible que haya ocurrido esto, pero tenemos una amenaza real.
Mi ensueño se transformó radicalmente.
—¡¿Qué?! —exclamó mi padre horrorizado— ¡Traedla a casa inmediatamente!
—Ahora mismo no podemos, Eric. Sería demasiado riesgo. He venido para ocuparme personalmente de su seguridad. Una unidad de emergencia está reforzando a las habituales en tu ubicación. No hay riesgo para ti.